La ‘Relatio post disceptationem’ de la III Asamblea del Sínodo, un error de método

Creo, una vez visto el contenido, que el resumen articulado de las intervenciones de los obispos en el Sínodo es un error que podía habe…

Creo, una vez visto el contenido, que el resumen articulado de las intervenciones de los obispos en el Sínodo es un error que podía haberse evitado fácilmente, pero que una vez cometido puede comportar consecuencias indeseables para toda la Iglesia. Es un error de método en la forma de comunicar que ha afectado a la naturaleza del contenido. Sabido es que la Relatio es una relación resumida de intervenciones, provisional y sin ningún valor ni doctrinal ni pastoral. Eso es en la buena teoría, pero en la práctica se ha convertido automáticamente en “doctrina” por su difusión y el uso sesgado que hacen muchos medios de comunicación, unos por ideología, otros por buscar la noticia. El resultado es que trasmite un texto muy postmoderno, desvinculado, en el sentido que más parece tratar de cuestiones excepcionales que del meollo del asunto, la familia cristiana.

El error grave radica en presentar la relación como un texto articulado y ordenado, sin autores, un texto de la “Iglesia”, en definitiva, en el que bucear buscando los puntos más conflictivos, como pueda ser el 50, referido a la homosexualidad. Un texto eclesial, que no de la Iglesia, que acude al recurso fácil de la interrogación en cuestiones polémicas, bien lógica y legítima como recurso oratorio en una intervención personal ante un auditorio determinado, pero inadecuada para emplearla y presentarla al pueblo de Dios.

También influye el origen del texto, exposiciones hechas por obispos y cardenales dirigidas a un auditorio de sus pares, para motivarlos en uno u otro sentido; es muy distinto al que se dirige la Relatio, la opinión pública católica y mundial.

No es la primera vez en este papado, en el que el método de comunicación elegido crea desconcierto, confusión, y por tanto problemas. Algunas de sus entrevistas con un periodista que no tomaba nota y las “reinventaba” en su memoria, constituyeron un precedente de comunicación inadecuada. La solución era sencilla: un resumen de cada intervención, realizado por cada autor y de una extensión máxima limitada y figurando bajo su nombre. De esta manera, la información habría sido más completa, conoceríamos el núcleo de lo que ha dicho cada obispo, y el contenido final no hubiera sido de “la Iglesia” sino de cada uno en concreto. También es posible que con este enfoque algunos habrían modulado más sus palabras.

Personalmente no tengo problemas con el contenido, pero si tengo muchos en relación a como se ha hecho, y sobre todo con sus consecuencias. Se ha abierto una brecha muy grande en manos de fuerzas e intereses externos a la Iglesia, por donde entrará a mansalva primero la confusión y el “gradualismo”, y de ahí la circulación al relativismo será fácil. Al final puede ser un gran paso en el sentido de que todo sea tan gradual, tan poco exigente, sin necesidad del drama humano de la fe, que la propia Encarnación, Revelación, y necesidad de la Iglesia como realidad escatológica, resulten de difícil comprensión porque hayan perdido parte del marco de referencia que ayuda a entender su necesidad. Ya no se necesita a Jesucristo -en el matrimonio, por ejemplo- cuando el simple actuar humano en cualquier tipo de relación, que implique acogida y apoyo mutuo, ya es perfectamente aceptable. Cuando todo es más o menos parecido, el espacio para el acontecimiento -exigencia como correspondencia- extraordinario desaparece.

El cristianismo tuvo un éxito increíble en los primeros siglos de su historia, cuando pasó de una minoría en un rincón del mundo a ser la mayoría del Imperio, y a ello contribuyó de forma decisiva -no única- una concepción moral clara y sencilla de explicar y practicada por los cristianos. La idea de fondo de la Iglesia creo que siempre ha sido la misma, desempeñada con mayor o menor acierto. Mantener alto el listón, el del camino de la santidad, y acoger siempre al pecador, al que no es capaz de saltarlo, es decir a todos nosotros, para prepararlo y ayudarlo una y otra vez a conseguirlo. La fe como vía de excelencia. La reconciliación y el perdón como vía para evitar que la dificultad se convierta en una losa. Ese ha sido el atractivo y la fuerza de la Iglesia, que necesita para que funcione bien de una condición de claridad como el agua pura, y de coherencia entre todas las partes de las exigencias, para mantener la belleza de su construcción equilibrada. No sería bueno cambiar de método cayendo en la tentación y fracaso anglicano: ir rebajando el listón presentando un indolente como si fuera el gran salto humano.

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