La religión del progreso

La dominación de la naturaleza es uno de los preceptos fundamentales de la denominada religión del progreso. Esta religión, fund…

La dominación de la naturaleza es uno de los preceptos fundamentales de la denominada religión del progreso.

Esta religión, fundada en el empirismo, en el cientismo y en el positivismo, condena cualquier saber tradicional o interior por indemostrable, eleva a sus altares principales a la técnica y a la economía, tiene sus templosen los grandes bancos y corporaciones financieras y considera al ser humano como un dios menor, dueño del mundo y de todos los recursos naturales que hay en él. Lo concibe como una entidad separada del mismo y creador, con derecho a explotarlo hasta su extenuación. Esta doctrina, se hace cómplice con otras creencias, sean religiosas o laicas, y a través del incesante machaqueo de los medios de comunicación, penetra en la consciencia de la ciudadanía.

Al sentirse desligado de los otros seres del mundo, el ser humano exacerba su individualismo y su egoísmo de especie. El optimismo tecnológico esconde, tras su optimismo, el temor a parar el tren, no sólo por egoísmo, sino porque no conoce otra vía que el crecimiento para mantenerlo en marcha. La consecuencia de tal culto es que olvidamos que formamos parte de un Todo que no nos pertenece y que debemos legar a las generaciones venideras. Olvidamos, igualmente, observar las cosas más básicas y sencillas de la naturaleza. Sólo cuenta crecer; es decir, producir y consumir objetos, lo más aceleradamente posible.
Frente a tal religión falaz, es necesario transformar la noción de crecimiento. En una sociedad sana debería producirse un cambio del crecimiento económico al cultural, lo mismo que en el plano personal se requiere de un cambio desde el crecimiento físico hasta el espiritual. Todos los seres humanos nos enfrentamos, en el presente, a este examen de madurez. Tenemos responsabilidad en el cuidado del equilibrio global del planeta. Debemos hacer despertar esa nueva consciencia global, pues la tierra no nos pertenece. Es el ser humano el que pertenece a la tierra.
El conocimiento que necesitamos para alcanzar esta madurez no se halla sólo en la literatura, en las artes, en las humanidades y en las ciencias, sin que también en la meditación y en la contemplación. La naturaleza, como dice Dahlke, es un libro que enseña a quienes están dispuestos a leer en él. Observando y conociendo la naturaleza podemos retornar, reencontrar nuestro origen y el sentido de unidad. No se trata de volver a las cavernas, de negar el confort y el bienestar que aporta la tecnología, pero sí de pensar un uso racional y austero de la misma, una gestión que tenga en cuenta la justicia distributiva y el futuro de la humanidad en el planeta. Resulta esencial empezar a cultivar una consciencia global y superar las formas de provincianismo ético y político que caracterizan los tiempos actuales.
Para alcanzar tal camino, resulta esencial recuperar la idea de creación, la concepción de la naturaleza como algo unitario, bello y sobre todo, como un don que no puede ser concebido bajo la noción de propiedad. La idea de interdependencia y de fragilidad es constitutiva a la creación. Todos los seres están directa o indirectamente relacionados, por lo que, la crisis de una parte afecta al Todo. La naturaleza no es un pozo sin fondo; es frágil y, por lo tanto, se impone la necesidad de articular una ética del cuidado del mundo.
Frente a la religión del progreso resulta esencial recuperar el sentido de pertenencia a la creación y avivar el valor de la responsabilidad global.
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