La renuncia de Benedicto XVI: todo es muy sencillo

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La renuncia de Benedicto XVI ha desatado un mar de especulaciones que no tienen ningún tipo de fundamento. Son aquéllas que la justifican presentando gravísimas disensiones en el seno de la curia, maniobras turbias y turbulentas o manos negras. Todo un género literario en sí mismo que El Código Da Vinci elevó a nivel de best seller y que tiene por desgracia muchos seguidores entre aquellos que tienen la obligación deontológica de hacer de periodistas, es decir de informar sobre los hechos. Cualquier persona mayor de 75 años, no digamos ya de 80, conoce bien en su propia memoria las limitaciones que impone la edad. Poco a poco nuestras capacidades se limitan y deterioran, sobre todo las que tienen una mayor dimensión física: nuestra capacidad de movernos, de valernos por nosotros mismos, de algo tan sencillo como agacharnos o la fatiga que impide realizar trabajos con continuidad y mucho más con obligación.

La actividad de un Santo Padre es muy dura, por los tiempos de dedicación, por la complejidad y por la naturaleza de las cuestiones que trata. Porque se mezclan cuestiones prácticas con dimensiones religiosas, espirituales, y esto, no hace falta pensar mucho, ha de ser agotador. En definitiva el líder político, que no deja de ser un simple profesional, se retira a su casa con su familia, se reúne con sus amigos, sale a comer, se toma unas vacaciones que lo alejan de sus tareas y, en cualquier caso, vive con mayor o menor intensidad los problemas, pero le queda la reserva de que nada o casi nada de lo que está haciendo tiene una trascendencia definitiva. Y, cuando no es así, aquel hombre vive sujeto a tensiones que están en el límite de lo soportable. Pues este es el estado normal de un Papa, sobre todo en nuestros tiempos y más en Europa, y de hecho en Occidente, donde existe toda una gran operación de acoso y derribo de la Iglesia porque es la única gran realidad que todavía aguanta ante los intereses de la razón instrumental, del poder del mercado, del dinero y del sexo como elementos definidores del sentido de la vida humana.

El esfuerzo que se necesita para realizar esta tarea es ingente y Benedicto XVI lo ha venido realizando, y muy bien, durante ocho años, a pesar de que cuando lo eligieron ya era una persona situada en la plenitud de la ancianidad. Que ahora haya decidido renunciar para dejar paso a un nuevo Papa es una manifestación de humildad y de razonabilidad, algo muy inherente a su forma de pensar. Porque él ha sido siempre un hombre humilde y razonable.

Juan Pablo II escogió otro camino también extraordinario, el del sacrificio. Expresó con su vida algo que resulta tremendamente ininteligible para la sociedad desvinculada: que hay cosas, ideas, valores, por los que vale la pena sacrificarse y sufrir hasta el último aliento. Esto, que para muchos es incomprensible, es un fundamente imprescindible en toda sociedad, sobre todo cuando van mal dadas. Fue otra forma de dar testimonio, porque no hay solo una manera, un solo patrón. Esta es una sociedad que nos querría a todos domesticados, uniformizados, con pautas de conducta únicas.

Se admite con facilidad que no hay una forma estereotipada de liderazgo, y cuesta aceptar que en la Iglesia esta norma también existe y que Benedicto XVI lidera de una forma diferente a la de Juan Pablo II. No es tan difícil de entender si quien escucha utiliza ante todo la razón y no el sectarismo.

Josep Miró i Ardèvol, presidente de E-Cristians y miembro del Consejo Pontificio para los Laicos

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