La reunión del G-8: buenos acuerdos que deben cumplirse

Es muy posible que organismos como el G-8 no respondan a la actual situación del mundo, donde difícilmente se pueden establecer compromi…

Forum Libertas

Es muy posible que organismos como el G-8 no respondan a la actual situación del mundo, donde difícilmente se pueden establecer compromisos económicos sin contar con las potencias emergentes de China, India, Brasil e incluso México. Por otra parte, se requiere la presencia de todos los continentes, y África debería estar así mismo representada. En cualquier caso, sea un futuro G-20, o G-30 o lo que sea, es importante avanzar en una mejor gobernanza de los grandes parámetros de la economía mundial, porque a un mercado globalizado, especialmente el financiero, debe responder un orden financiero de esta dimensión. Esto es, en otras palabras, lo que reclama el Papa en su encíclica Caritas in veritate.

La reunión celebrada en L’Aquila, en Italia, ha alcanzado acuerdos que no deben minimizarse y menos todavía olvidarse porque son importantes. En este sentido, hay que apuntar que la organización de la reunión y la preparación previa del gobierno italiano ha sido unmodelo de eficacia realzado por todos los asistentes, incluido Zapatero, e incluso por los más acérrimos adversarios internacionales de Berlusconi, como parte de la prensa económica anglosajona.
El G-8 ha tomado una decisión que solo un año atrás parecería inimaginable. Se trata de reducir el 80% de los gases responsables del cambio climático en el 2050. Esto como compromiso propio; y como propuesta a los países emergentes, la reducción de un 50%. Esto significa un cambio drástico, una situación del aprovisionamiento de energía y de otras medidas radicalmente nuevas. Piénsese por ejemplo que todavía hoy el 82% de las fuentes de energía que utiliza España son generadoras de dióxido de carbono, uno de los agentes del cambio -solo un punto menos que la situación existente hace diez años- y que las energías alternativas, además de su muy elevado coste, sólo representan un 7% del total. No es necesario decir que la transformación que debería sufrir España en los próximos 40 años es tan substancial si quiere cumplir con aquella reducción del 80% que cambia todo el tablero económico.
Tomarse en serio estos cambios y tener conciencia del compromiso por parte de los ciudadanos es el mejor camino para conseguir que se hagan realidad. Y, sobre todo, también porque, vía el ejemplo, los países en vías de desarrollo asuman también sus propias restricciones.
La evidencia del cambio climático es demasiado clara y contundente como para pensar que, a pesar de las reservas que puedan existir en determinados sectores, no debe considerarse como un importante reto, que además tendría un efecto saludable sobre las condiciones del mundo. La Iglesia Católica se mantiene cada vez más atenta a esta cuestión, y en la última encíclica, Caritas in veritate, el Papa precisa que “es necesaria la recta comprensión del medio ambiente”. Rechazando dos posiciones: “la que considera la naturaleza como más importante que la persona humana, y la posición contraria, la que mirar sólo a su simple aprovechamiento, porque el medio natural no es sólo materia disponible a nuestro gusto sino obra admirable del creador”.
También debe subrayarse el acuerdo de los países desarrollados para aportar catorce mil millones de euros, casi cuatro mil más de los previstos en un principio para el desarrollo agrícola, seguridad alimentaria (que es así como ahora denominan a la lucha contra el hambre) y nutrición. Se pueden criticar otros desequilibrios en el comercio internacional que dañan la capacidad productora de alimentos de muchos países como los africanos, pero es incuestionable que la cifra de ayuda alcanzada es un hito muy positivo, y sería estúpido negarlo.
Donde no se ha avanzado ha sido en la estrategia y los pasos a seguir sobre la crisis económica. Quedó todo en buenas palabras, excepto en la voluntad de desbloquear las negociaciones de la Ronda de Doha sobre el libre comercio. Que no exista una mayor sincronía tiene su lógica. Si ni tan siquiera los países de la UE coinciden en una política común, es impensable que pueda llegarse a un acuerdo en un ámbito mucho más amplio como es el G-8.
En todo caso un balance que debe valorarse, y que solo necesita de una condición para ser bueno: que se cumpla.
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