La sinceridad

Un refrán popular afirma que "Cuando se dicen las verdades, se pierden las amistades". Aquí uno se tendría que pregunta…

Un refrán popular afirma que "Cuando se dicen las verdades, se pierden las amistades". Aquí uno se tendría que preguntar una cosa importante. ¿Qué amistades son esas que se pierden por oír las verdades? Por qué realmente cuando hay confianza plena podemos hablar de cualquier cosa sin que nadie se sienta ofendido. Pero en el fondo debiéramos preguntarnos: ¿Cómo hablamos? ¿Se dice tal vez la verdad con el afán de herir al otro? ¿O bien para tirarle en cara una actitud negativa? La sinceridad no debe herir nunca la sensibilidad del otro, si no que debe favorecer siempre un marco de buena convivencia. Con nuestra sinceridad mostramos nuestra manera de ser, con nuestras virtudes y nuestros defectos, defectos que no debemos tratar de esconder. En cambio, tratar de disimular los defectos de los demás, no sería una falta de sinceridad, si no mas bien, una cierta delicadeza, porqué no estamos llamados a ser jueces de nadie, y menos aun, fiscales de nadie. El consejo de Jesús, de "no juzguéis y no seréis juzgados" es el mejor camino para establecer un diálogo auténtico. Porqué no siempre cuando hablamos, dialogamos.

Con mucha frecuencia se trata de dos monólogos. Cada uno defendiendo sus propios intereses, sin escuchar las razones del otro, mirando de que manera le puedo llevar la contraria… esto no es diálogo, si no que es enfrentamiento. Por otra parte, disimular los defectos del otro, de forma sectaria, porque es de los nuestros, porque defiende mis intereses, eso no es delicadeza sino falta de sinceridad. La verdad es que hablamos mucho y dialogamos poco. Y en una sociedad plural, el diálogo es indispensable. El diálogo se inicia mejor escuchando y preguntando, que hablando. Preparar un clima de diálogo sincero y cordial, es una tarea que educa y pacifica. Si queremos ser una auténtica sociedad humana, no un conglomerado humano, hemos de ser unos auténticos artistas del diálogo, practicar la escucha profunda y saber entrar en el pensamiento del otro. Si nos encerramos en nuestra idea, el diálogo es imposible. A veces exigimos al otro, lo que nosotros no estamos dispuestos a hacer. Es imprescindible crear un clima cordial y confiado porque la confianza facilita el diálogo. En cambio la intransigencia y las posiciones inamovibles, son una muralla para el entendimiento recíproco. Pero entonces es cuando es más necesario el diálogo. Pero eso si, requiere delicadeza, paciencia y el firme propósito de no romperlo nunca. Si el orgullo y la arrogancia son una dificultad para dialogar, la sencillez y la humildad es la puerta que nos da vía libre a un diálogo fraternal.
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