La sociedad española, con todo su tejido asociativo, entra en declive

El estadounidense Robert D. Putnam, profesor de Ciencias Políticas y uno de los grandes expertos en el estudio del capital social (la capacidad de aso…

El estadounidense Robert D. Putnam, profesor de Ciencias Políticas y uno de los grandes expertos en el estudio del capital social (la capacidad de asociarse y relacionarse entre las personas), asegura que España está entrando en un declive en esta cuestión, como ya empezó a suceder en Estados Unidos a partir de los años 70. El capital social puede definirse como un conjunto de normas o valores informales que comparten los miembros de un grupo y que permiten su cooperación. Pero esas normas que producen capital social incluyen de forma destacada virtudes como la verdad, el cumplimiento de las obligaciones y la reciprocidad. Así lo destaca Francis Fukuyama en su libro La gran ruptura y lo recoge de alguna manera Putnam en una entrevista publicada por el diario LA VANGUARDIA en su última página del pasado 3 de julio. “La policía tiene demostrado que la delincuencia desciende espectacularmente en los barrios donde cada vecino conoce el nombre de pila de los demás”, explica.

Putnam, autor de muchos trabajos donde plantea que los seres humanos “estamos cada vez más solos”, recuerda que el aislamiento social es un factor de riesgo grave. Concretamente afirma que los científicos han demostrado que las relaciones sociales alcanzan “importantes áreas neuronales y alargan la vida, mejoran nuestro cerebro y nos dan satisfacción personal”. Sobre la fragmentación de la oferta televisiva y de los medios de masas, dice que “el individualismo consumista nos conduce a vidas en las que los planes, los objetivos y los resultados sólo se pueden disfrutar en soledad”. Putnam, que es asesor de la Casa Blanca y fue nombrado por el presidente de Estados Unidos para presidir una comisión federal, lamenta que “en España y la Unión Europea hay cada vez menos afiliación sindical, política y religiosa”.

Por otro lado, las reflexiones sobre el capital social tienen otros enfoques, como el de su propia ausencia evaluada a través de los parámetros tradicionales de disfunción, por ejemplo la delincuencia, las rupturas familiares, el consumo de drogas, los pleitos, los suicidios o la evasión de impuestos. Se parte del supuesto de que, como el capital social refleja la existencia de normas cooperativas, la desviación social refleja automáticamente una falta de ese capital social.

El capital social, en cualquier caso, parte de unos fundamentos antropológicos y sociales bien establecidos: Por un lado, el ser humano es una realidad única y, por otro, es un ser que sólo se desarrolla en coexistencia con otros. Por tanto, la persona sólo se desarrolla como individuo en el contexto de las relaciones sociales. En definitiva, el capital social se produce en función de la extensión, la intensidad y el sistema de valores, siempre que constituyan un marco de las relaciones interpersonales. Se refiere a las relaciones entre individuos y redes sociales teniendo en cuenta las normas de reciprocidad y honradez que surgen de ellas.

Vida compartida: vinculación

El capital social, que agrupa todas las relaciones activas entre las personas (confianza, comprensión mutua y comportamientos y valores compartidos que impulsan la cooperación), permite a los ciudadanos resolver más fácilmente problemas colectivos. Las personas, que se sienten con frecuencia más satisfechas si cooperan, desarrollan o mantienen rasgos de carácter beneficiosos para el resto de la sociedad cuando tienen relaciones activas y de confianza con los demás, tanto miembros de la familia como amigos o compañeros.

Estamos hablando, por tanto, de la antítesis de la sociedad de la desvinculación. Decir “capital social” es referirse a “la vinculación social”. Cuando el capital social es alto, los espacios públicos son más limpios, la gente es más amable y las calles más seguras. Por el contrario, los lugares que tienden a presentar índices más altos de criminalidad son aquellos en los que las personas no participan en organizaciones de la comunidad, no supervisan a los más jóvenes y no están unidos (vinculados) por redes de amigos. Cada vez son más los investigadores que sostienen que, allí donde la confianza y las redes sociales florecen, los individuos, las empresas, los barrios e incluso las naciones prosperan económicamente. La gran influencia del capital social en el progreso de las comunidades humanas demuestra que lo que se considera moralmente negativo lo es de verdad por sus efectos.

Y en España, tenemos buenos ejemplos de este planteamiento defendido por muchos investigadores. La crisis de la familia (1 de cada 2 matrimonios se rompen), la crisis de la escuela pública (por una falta de valores y de sentido de la responsabilidad), la trivialización de la sexualidad (aumento de embarazos en adolescentes, más abortos, etc.), el aumento de la delincuencia especialmente por parte de adolescentes y jóvenes (cada vez encontramos edades más tempranas en este punto) y la propia violencia doméstica son solamente algunas muestras de la pérdida de capital social que afecta a España. Es un declive que debe hacer reflexionar a todos.

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