La Tele en la que creo

Hace 5 años que formo parte del Consejo de Administración de RTVE. Nuestro mandato era por 6 años, pero la ley preveía una…

Hace 5 años que formo parte del Consejo de Administración de RTVE. Nuestro mandato era por 6 años, pero la ley preveía una renovación parcial a los tres años de la mitad del Consejo. No se hizo cuando tocaba, supongo que por dificultades de encontrar consenso entre las fuerzas parlamentarias. Después dimitió el presidente Luis Fernández, cuando se modificó la ley de financiación para eliminar la publicidad de TVE. Se nombró Alberto Oliart, que también dimitió hace unos meses. El Consejo decidió entonces asumir las competencias de gestión de la Corporación y nombrar un presidente rotatorio cada mes hasta que el Congreso de los Diputados nombrara un nuevo presidente, ya que había elecciones por delante y era difícil llegar a un acuerdo, imprescindible, entre PP y PSOE. Después dimitió, en mi opinión injustamente, uno de los once consejeros restantes, propuesto por CCOO, ya que su sindicato le forzó a presentar la renuncia por el llamado affaire del iNews, del que ya hablé en su día en este blog. Parecía el libro del Agata Christie, Los diez negritos.

En noviembre, el PP gana las elecciones por mayoría absoluta, pero el PSOE debe celebrar un Congreso para elegir nuevo Secretario General, por lo que de momento no hay posibilidad de pactar un presidente ejecutivo por el consenso exigido por la ley. Llega el mes de febrero, y siguiendo el turno correspondiente, soy nombrado presidente del Consejo de RTVE. Sin embargo, el PP acuerda una serie de medidas para rebajar el déficit entre las que un recorte de 200 millones para el 2012 a la subvención de RTVE sobre los 1.200 millones de su presupuesto. Una tercera parte aproximadamente de este presupuesto corresponde a gastos de personal, otro tercio a compras y servicios generales y el resto para programas. Una televisión no puede improvisar sus productos, por lo tanto, el presupuesto por programas está comprometido en la mayor parte con mucha antelación. El margen es muy estrecho, es imposible llegar a recortar 200 millones por el mismo ejercicio. Además, 2012 es año olímpico, y los Juegos tienen un coste muy elevado, más de 70 millones, ya comprometido o desembolsado. Hay contratos en vigor con productoras, con profesionales, que se pueden intentar renegociar, pero que no se pueden rescindir unilateralmente. Hay una posibilidad abierta todavía, que es repercutir el IVA, una medida que se dejó de aplicar cuando se eliminó la publicidad. Sería una posible solución, ya que el impacto económico de esta medida supera los 100 millones de euros. Y yo me encuentro que durante este mes tenemos que tomar una serie de decisiones muy duras para evitar llegar a final del ejercicio de 2012 con un déficit que la ley no nos permite. Dicho todo esto, quiero exponer en qué modelo de televisión pública (en este caso estatal) yo creo.

Creo en una televisión de calidad, que priorice los contenidos por encima de las audiencias. Esto no quiere decir renunciar al liderazgo, pero tampoco obsesionarse cada mañana con los datos de Kantar a ver si hemos ganado en una décima a la competencia. El día que se suprimió la publicidad se empezó a cambiar el modelo. Ya no competimos por el pastel publicitario, y eso no quiere decir, ni mucho menos, convertirse en minoritarios, como ocurre en las televisiones públicas en EE.UU, pero sí quiere decir que hay que cambiar el chip y que por ejemplo, programas como Informe Semanal o debates como 59 segundos los emitirá la televisión pública aunque sus audiencias no sean millonarias ni se sitúen entre los 10 programas más vistos del día. Y debemos tener unos servicios informativos de calidad, neutrales (que no es exactamente lo mismo que independientes: todo el mundo estaría de acuerdo en que una televisión no puede emitir contenidos sexistas, por ejemplo, y en cambio, en nombre de la independencia, un periodista podría reivindicar su derecho a orientar una información de manera sesgada y darle un matiz machista, por poner un caso extremo), con corresponsales allí donde sea necesario, con recursos suficientes para garantizar que el espectador tendrá la mejor información lo antes posible.

Creo en la función social de la televisión, en el servicio público que debe ejercer. Por eso la televisión pública debe emitir programación infantil y respetar los horarios de protección y los códigos de autorregulación. Y dar la voz a quienes no la tienen, los discapacitados, a las ONG, a través del derecho de acceso, y emitir las series y películas en versión dual (una manera fantástica de practicar idiomas) y subtituladas para sordos. Y denunciar las situaciones de pobreza y de injusticia social, fui uno de los últimos alumnos de la Mercè Vilaret en la UAB, y ella lo tenía clarísimo, especialmente en tiempos de crisis. Pero también debe servir para explicar con pedagogía las medidas que toma un gobierno para combatir esta crisis.

Creo en una televisión pública que vaya más allá del mundo del fútbol, está el tenis, el baloncesto, y otros deportes no tan mayoritarios que no interesan comercialmente a otras televisiones, y quizás en tiempos de recortes (cuando había publicidad se podía justificar y se mantendrán los contratos en vigor) no tiene sentido renovar contratos millonarios para emitir fútbol en abierto. La gente está acostumbrada a pagar por ver el fútbol, o ir al bar de la esquina y beber unas cervezas mientras ve el partido con los amigos. Lo que no tiene sentido es que se recorte en sanidad y en educación y en cambio la televisión pública quede al margen. Pero tampoco tendría sentido recortar en educación y cargarse la escuela pública, por lo tanto creo en un modelo de televisión pública similar al actual, aunque haya que rebajar su presupuesto, eso sí, con tiempo por delante para aplicar la nueva política.

También creo en que una televisión pública tiene que entretener. Y emitir buenas películas sin interrupciones. Y una parte del entretenimiento, especialmente la ficción, hay que buscarla en el mercado, en las productoras externas. Pero con precios competitivos y ajustados a los momentos en que vivimos. Y otra parte se puede hacer con producción propia, con gente de plantilla, no hay que hacer grandes fichajes de estrellas de fuera, hay que buscar y formar el talento dentro de la empresa, hacer para que está, hacer concursos de ideas, y muchos de los programas que se han hecho en el pasado con producción externa (como era el caso de España Directo, por ejemplo) se pueden hacer con producción interna (+ Gente).

Creo en la importancia de la televisión, en su presencia masiva en nuestras vidas, dentro de nuestras casas, lo que representa TVE, por ejemplo, para mucha gente de mi generación y de las anteriores. Y es cierto que los tiempos están cambiando, y la manera de consumir televisión, por eso creo que también hay una fuerte presencia en la red, tener una web de tanta calidad como RTVE.es, que no es sólo una web corporativa sino que es un auténtico medio de comunicación de masas con una capacidad de inmediatez que ni la televisión, ni siquiera la radio tienen. Y creo por supuesto, en una radio pública de calidad, y ya la tenemos.

Y creo en un modelo de televisión estatal que respete la pluralidad cultural del Estado. Que tenga centros territoriales, que emita también en las lenguas cooficiales, que muestre la diversidad cultural del país al resto de comunidades. Y que no sea centralista ni uniformizadora.

Creo en todo esto, y creo que todo esto se puede hacer de manera gradual con una reducción importante de la subvención que la televisión pública recibe del Estado, totalmente lógica en tiempos de crisis. Pero esto no se puede hacer en un mes, ni en dos, ni mucho menos de un día para otro creando una alarma social innecesaria. Por eso necesitamos tiempo, y margen para poner en marcha otra televisión sin cambiar el modelo. Se puede hacer, basta un poco de tiempo.

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