La toma de la Pastilla, con “P”

La revolución de los sesenta ha desembocado en la cultura de la muerte, una sofisticada eliminación de vidas humanas en los vientres maternos con la técnica del bisturí

pastilla

Sí, digo bien al decir pastilla y no Bastilla. Las revoluciones prometen oasis de bienestar, inhibición de tópicos, liberación de roles tiránicos. En este caso me refiero a la revolución sexual de los años sesenta, la de “haz el amor y no la guerra”, ostentadora de una procacidad carente de prejuicios. Gracias a su empuje contraceptivo, hoy se ha conquistado, entre otras cosas, el suicidio demográfico.

La promiscua revolución del amor, del pachuli, del hachís, cuyo principio activo fue la píldora anticonceptiva, no olía a humo de cañones ni se batía con sables. Pero causó estragos al ser tan permisiva como osada. Alteró el concepto procreativo de la unión marital, elevándolo a la categoría de pasatiempo carnal. El acto sexual conyugal, abierto a la vida, derivó en un hábito de satisfacción física y personal. El sexo se declaró un instrumento idolatrado de excitación y gratificación estrictamente genital, basado en el credo del amor libre, y avalado por un hedonismo obstinado.

En su obra Herejes, G.K. Chesterton vaticinó que “el vicio de la concepción moderna del progreso mental, es que siempre tiene una relación con romper límites, eliminar fronteras, deshacerse de dogmas”. Acertadamente decía que el progreso, bien entendido, tiene un significado muy digno y legítimo. Sin embargo, cuando se usa en oposición a ideales morales determinados, resulta absurdo.

Con todo, actualmente la geografía española goza de programas bien detallados, bajo la competencia de las Comunidades Autónomas, acerca de la atención anticonceptiva, documentos elaborados en el marco de la estrategia de salud sexual y reproductiva del Ministerio de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad. También existen numerosos centros donde se perpetran abortos, los que eufemísticamente se denominan interrupciones del embarazo.

Todas las revoluciones se han teñido de sangre: la francesa con la guillotina, la bolchevique a golpe de fusil. La revolución de los sesenta ha desembocado en la cultura de la muerte, una sofisticada eliminación de vidas humanas en los vientres maternos con la técnica del bisturí. Asimismo, nos ha contaminado un atroz relativismo (vientres de alquiler, fecundación in vitro, bancos de óvulos y de esperma…), nos ha seducido una ambigua y lábil ideología de género que, intolerante, censura el legítimo ejercicio a disentir. La democracia occidental está sitiada falazmente por el poder del pensamiento único, donde las sociedades se degradan al compás de un silente caos.

El resultado, una guerra abierta entre sexos, de hombres contra mujeres y viceversa; infidelidades que arruinan hogares; jóvenes y adolescentes manipulables y conformistas; ausencia de responsabilidades; odio y animadversión; gobiernos pusilánimes doblegados ante el poder fáctico de lobbys infalibles; derechos apócrifos que violan libertades públicas y derechos fundamentales. Una conspiración forjada para descomponer la autenticidad de la familia como sostén de la humanidad.

Tras más de medio siglo de revolución glamurosa, la realidad muestra la profunda crisis de identidad que sufre la sociedad. Ojalá se amotinen el sentido común y el raciocinio para que, juiciosamente, sometan el caciquismo ideológico y sepulten el hartazgo de lo políticamente correcto, con objeto de restituir el genuino valor de la libertad. Nos jugamos nuestro presente, nos jugamos el futuro de nuestros hijos.

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