La tontuna de la carne

“Si bien la ley natural está impresa en el corazón del hombre de manera imborrable, muchas veces sus conductas son contrarias a la naturaleza y al dictamen de la razón. Y esto es la causa de los desórdenes psicopatológicos, de las enfermedades psíquicas o enfermedades del alma” señalaba, en su día, Zelmira Seligmann, psicóloga y doctora en Filosofía por la Universidad Pontificia Regina Apostolorum de Roma.

La juventud, en particular, es una fuente inagotable de estos desarreglos, al experimentarse en este periodo de la vida un tipo de conductas a menudo contrarias a la plenitud humana; y es que “cuando eres joven -tal y como comenta el anciano Sylvestre en los primeras compases de la novela El ardor de la sangre, de Irène Némirovsky- eres tan impaciente…, que cada día que pasa y que has perdido para el amor es una tragedia”. La rebelión de la carne hace cualquier espera imposible y obliga, con frecuencia, a tomar cualquier atajo con tal de adentrarse en esos sucedáneos de felicidad que, sustentados en la satisfacción de lo prohibido, provocan el gozo de las cosas con un júbilo diabólico. En esta bella parábola de la primacía de los sentidos, la escritora ucraniana de origen judío certifica, con su magnífica prosa, cómo en estas edades los corazones se ven con mayor facilidad expuestos a embriagarse con el licor de las falsas sabidurías.

tontuna carneEste desorden de los afectos, no sólo incapacita al joven a ejercitar la virtud de la castidad, sino que también da alas a un variado abanico de errores, tal y como lo subraya la autora de la mencionada novela por boca de su protagonista: “el corazón es insaciable; el corazón necesita amar, desesperarse, arder en cualquier fuego… Eso era lo que queríamos. Arder, consumirnos, devorar nuestros días como el fuego devora los bosques”. En ese estado de ofuscación espiritual, el hombre está a merced de sus gustos encontrándose incapaz para ejercitar otras muchas virtudes, tales como la prudencia o la fortaleza; desatendiendo obligaciones familiares, sociales y, por supuesto, religiosas. Para amar hay que darse, para darse hay que poseerse; una persona que no se posee, nunca tendrá dominio de sí mientras no controle adecuadamente sus pasiones.

La juventud es una etapa de la vida en la que la hipertrofia del corazón acecha como león rugiente, tratando de engullir, por cualquier medio, el componente de racionalidad que es propio de todo ser humano. Se trata de un periodo propicio en el que la afectividad desordenada puede llegar a enmudecer y silenciar las potencias del alma, ocasionando catástrofes difíciles de recomponer.

Hoy en día, en plena exaltación del homo sentimentalis, este peligro es mayor que nunca. De ahí la urgente tarea de sancionar cada una de las experiencias afectivas si no se quiere ser arrastrado como “bola del desierto” por los vientos huracanados de las pasiones. Ello no significa, de ninguna de las maneras, negar la importancia de lo sentimientos, reduciendo de esta manera la vida a algo “frío y seco”. El hombre ha sido creado para la felicidad, y ésta es la que da razón de todos los demás bienes. La felicidad tiene lugar en la esfera afectiva y el único modo de experimentarla es sentirla. Pero ello no puede llevar al hombre a lo puramente instintivo, apartándole de la más elemental racionalidad.

La literatura, y sólo es digna de calificarse como tal aquella que nos hace mejores seres humanos, exalta la verdad y sirve, en muchos casos, para explorar de modo inmejorable la existencia de cada persona. Así pues, se puede recurrir de nuevo a ella para diseccionar y ejemplificar un paso más en este tobogán de la irracionalidad en el que se desliza la naturaleza herida del ser humano, y que hace de la etapa juvenil un campo minado por las tentaciones. Otro dramaturgo judío del pasado siglo, Arthur Schnitzler, nos ilustra en su novela Médico de balneario cómo el despropósito no se para en los límites comentados, sino que estas actitudes irreflexivas pueden llegar mucho más lejos, hasta el punto de ser alentadas y jadeadas por los seres más queridos de las víctimas. El novelista vienés refleja en esta narración un instante en el que presenta al doctor Graesler sincerándose con el padre de la mujer a la cual pretende, afirmando que la misma “tiene un alma verdaderamente pura”; elogio que no parece ser del todo del gusto del propio padre de la agasajada: “¡En efecto, la tiene!, le contesta. Pero qué significa eso, amigo mío, frente al inmenso provecho de conocer la vida en todos sus altibajos. ¿No es mejor esto que preservar la pureza del alma?”. Para preguntarse acto seguido: ¿Es mejor vivir y conocer la vida con todas sus experiencias, devaneos, dolores, tropiezos y errores -y placeres y alegrías, claro- o mantenerse siempre en un centro de gravedad, inocencia, equilibrio, virtud, serenidad y quién sabe si coherencia?” La duda ofende, y más viniendo de un ser querido.

El escritor austriaco, con su acostumbrada habilidad para auscultar la psicología de sus personajes, no hace otra cosa que describir con asombrosa realidad un modo de proceder frecuente en la sociedad de nuestros días. Pero aún siendo visionaria esta circunstancia que nos plantea, el autor no llega a redondear lo que es la complejidad del tema y prefiere dejarlo abierto a diversas interpretaciones, las cuales parecen ser más del agrado del que fuera uno de sus más conspicuos admiradores: Sigmund Freud, el cual sostenía que, puesto que la felicidad es inalcanzable en este mundo, debemos huir de la infelicidad obrando lo prohibido, siguiendo los impulsos perversos, pues la satisfacción que se experimenta al realizar nuestras pulsiones es mayor que la que nos proporciona el instinto dominado. A esto es lo que muchos “ciegos” llaman “vivir intensamente”.

No es de extrañar que sea la propia Irène Némirovsky -convertida al catolicismo en el año 1939, dos años antes de escribir la obra citada y tres de que fuera ejecutada en Auschwitz- se sirva, de nuevo, del anciano Sylvestre para terminar por desvelar ese espejismo en el que quedan sumidas las almas alimentadas únicamente por el fuego de la mundanidad: “Pero a los veinte años, ¡cómo ardía! ¿Cómo prende en nosotros ese fuego? En unos años, en unos meses, a veces en unas horas, lo devora todo y después se extingue. Después puedes enumerar sus destrozos. Te ves atado a una mujer a la que ya no quieres, o arruinado, como yo; o, si has nacido para ser tendero y te has empeñado en ser pintor en París, acabas tus días en el hospital. ¿Quién no ha visto su vida extrañamente deformada y torcida por ese fuego en un sentido contrario a su naturaleza profunda?”. ¿Cuántos de esos incontables adictos al “carrusel de las grandes sensaciones” serían capaces de, al cabo del tiempo, arrojar de su cuerpo estas amargas revelaciones? Pocos, tal vez un par de ellos, se sincerarían con estas u otras palabras, reflejo de una vida arruinada por seguir dictados contrarios a los marcados por la ley natural.

La grandeza de la literatura nos permite asistir como testigos de excepción a la tragedia de estos seres devorados por el imperio de los sentidos y contemplar cómo el hombre, al verse sometido al vicio, que es lo contrario a la virtud, contradice la ley natural hasta el punto de poder decirse de él que “ha perdido la razón”. La rebelión de la carne le aparta de un actuar razonable, haciéndole comportarse como un insensato que sigue con más facilidad sus inclinaciones carnales que la voluntad de Dios. En lenguaje llano: hace que el hombre se comporte como un verdadero tonto. No debería a nadie sorprender, pues, la presencia del arcaísmo alemán “Blödigkeit” (vocablo que se podría traducir de una manera estricta por “tontuna”, atendiendo a la procedencia de su raíz “blöd”, “tonto”) empleado en el motete de Bach El Espíritu ayuda nuestra debilidad: “O Herr, durch dein Kraft uns bereit. Und stärk des Fleisches Blödigkeit” (Oh Señor, con tu poder prepáranos y fortalece la debilidad de la carne). O lo que es lo mismo, en un lenguaje coloquial y sencillo: líbranos Señor de la tontuna de la carne.

Irène Némirovsky, a diferencia de Schnitzler, quiso ir más lejos aún al retratar el alma desasosegada del viejo Sylvestre, dando una tercera vuelta de rosca al asunto que nos ocupa, al exponer con crudeza la situación en la que el hombre,en vez de arrepentirse por el mal realizado, insiste en reafirmarse en sus errores pasados: “Prefiero mi locura pasada a toda la sabiduría”, dice el personaje en cuestión. Situación que no por irracional deja de ser frecuente a tenor de las abundantes referencias que aparecen en nuestro refranero: “Que me quiten lo bailado”, “Quien no las corre de joven las corre de viejo”, etc. Dicho comportamiento desnortado sólo puede venir de la mano de un profundo encastillamiento en la soberbia de aquellos que no les queda de Dios sino una vaga referencia. Con razón decía san Agustín que errar es humano, pero insistir en el error es diabólico. En estos casos que, por desgracia, son tan corrientes en nuestros días, el demonio se encarga de hacernos ver que sus mentiras son la mejor realidad; convirtiéndonos, tal y como nos lo recordaba hace poco Monseñor José Ignacio Munilla, en auténticos tontos.

Obrar lo prohibido, huyendo de un Bien Supremo que sabemos que existe y que nos hace felices en la medida en que se va participando de Él, aleja al hombre de su plenitud y le sumerge en la desesperación. Ampararse en el gran sofisma de que el sentimiento de felicidad experimentado mediante la satisfacción de una pulsión es superior al que se siente por el instinto dominado es una grave equivocación que, antes que tarde, se termina por pagar. Pues, no solamente se pone en juego la vida eterna sino también la salud mental y espiritual de aquellos que así proceden. Vivir como víctima constante de una afectividad desordenada es mucho más duro que mortificar y santificar el sentido. Lo contrastamos cada día con sólo observar la vida terriblemente desgraciada de alguno de nuestros seres más allegados. Y si éste no fuera el caso, ahí están las amargas confesiones del personaje de Némirovsky que desde la ficción nos muestra con crudeza la realidad: “Miro a mi casa y me quedo aterrado. ¿Soy yo, tan ambicioso, tan activo antaño, quién puede vivir así, arrastrándose día tras día de la cama a la mesa y otra vez de la mesa a la cama? ¿Cómo puedo vivir así? Ya no existo. Ya no pienso en nada. Aquí no hay periódicos ni libros. Me duermo en el rincón de la chimenea. Me fumo una pipa. Acaricio al perro. Hablo con la criada. Y ya está, no hay más. ¡Vuelve juventud mía, vuelve!”.

La literatura nos cuenta las mismas historias sobre el origen y el destino del hombre, ubicándolas en distintas circunstancias de espacio y tiempo. Nos narra, a pesar de ser una ficción, experiencias reales como la del hombre abandonado al desenfreno de su concupiscencia que acaba arrastrando su espíritu por las consecuencias de la insoportable carga del nihilismo. ¿Quién, ajeno a las garras del Maligno, podría decir que ese comportamiento merece la pena?, o como argüía Evagrio Pontico: “A una teoría se puede responder con una teoría. Pero, ¿quién podrá impugnar toda una vida?”. ¿Quién podrá optar en su sano juicio por una vida que no tenga por más fin que el de arrastrarse de la cama a la mesa y de la mesa a la cama?

En consecuencia, la tabla de salvación para salir a flote en este océano de nostalgia y sufrimiento, tal como la expresa la doctora Zelmira Seligmann, vendrá dada por insistir en el camino de la santidad: “El hombre con la gracia habitual ya no obrará gravemente contra el dictamen de la razón, aunque todavía no podrá abstenerse de todos los movimientos interiores de la sensualidad. Porque la gracia no sólo perfecciona la naturaleza del hombre haciendo que pueda cumplir plenamente con el bien connatural, sino que además la eleva sobre su condición natural, para hacerla participar de los bienes divinos”.

Vivir con intensidad la vida no consiste en otra cosa que identificarnos con la voluntad de Dios en cada momento. Vivir con ardor nuestra existencia es, en definitiva, “ir más allá de los días, / y trascender el dolor y la queja y el síncope, /y demorarse en el adagio donde está la alegría. /Sin ni siquiera esconderse/tras el camuflaje del trabajo o de los libros. / Vivir la vida es aprender a poner cada beso en su sitio” (Guillermo Urbizu). Sólo frecuentando los sacramentos seremos capaces de poner el corazón en el sitio que de verdad le corresponde.

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