La utilidad de la música

No sirve para nada y es un arma poética. Son palabras textuales publicadas en una entrevista en el espacio La Contra de La Vanguardia el pasado…

No sirve para nada y es un arma poética. Son palabras textuales publicadas en una entrevista en el espacio La Contra de La Vanguardia el pasado19 de marzo. Íñigo Pirfano es filósofo y director de orquesta. Se declara católico. Vale la pena leer esta entrevista.

Lo que dice este joven director es que hoy la música no sirve en términos de utilidad y que como tal es poderosa. Lo dice una persona que estudió filosofía y en la actualidad afronta el reto de dirigir una orquesta de músicos profesionales.

La música, al igual que las distintas expresiones artísticas, al igual que la filosofía, no es medible en términos de utilidad. Existen músicos profesionales, que no es lo mismo. Existen personas brillantes que ejecutan con maestría el arte al que se aplican. Cuando decimos que la música no sirve para nada estamos afirmando que no es cuantificable en medidas de economía moderna productiva. ¿Es un arma poética? Si queremos sí. Y esa es su fuerza a lo largo de los siglos y en todas las culturas.

Es una habilidad del espíritu del ser humano que requiere don, paciencia, esfuerzo y aplicación, se obtengan o no, se obtengan más o menos, beneficios medibles como lucro económico.

Pintar es también en este sentido una actividad que no sirve. En realidad no es así. Las artes son disciplinas con muchas aplicaciones en la vida económica de los pueblos. Son actividades que son o pueden ser profesiones. Son actividades que ayudan en lo personal y en lo social. Son las más bellas expresiones culturales del hombre y de la mujer.

Están relacionadas entre sí. El aprendizaje siempre es personal. Al igual que el de un físico, matemático, ingeniero, médico, peón albañil o filósofo. Con la particularidad de que incluso en tiempos de no crisis es inexistente la bolsa de trabajo para músicos y todavía menos para filósofos. Ser músico no es un perfil RRHH de actividad económica.

Una obra de arte no se improvisa. Se ejecuta previo esfuerzo para deleite propio y ajeno. Es aportación a la humanidad. Su listón es la perfección aunque ésta sea limitada y no comparable con la santidad evangélica.

El problema surge cuando una actividad como la música se concibe como un voluntariado sin marcarse la autoexigencia propia de su aprendizaje con clase. A veces con dosis de individualismo narcisista y en muchos casos sin la referencia de la verdad, la belleza y la bondad como atributos divinos de referencia. Con ausencia de crítica ajena de un público que atiende y que pasa de querer entender que lo altruista también requiere una crítica personal en quien interpreta y otra ajena en quien escucha -constructivas las dos- para su mejora. Por lo general se ejecuta el arte a lo cómodo valorándose más la intención o buena fe en lo que se hace que el esfuerzo de quien lo hace tanto en su preparación como en la brillantez en su ejecución.

¿Quién es más católico? ¿Este director, la persona que canta desde un micro en misa y no sabe dirigir, la que lo hace con o sin micro guitarra en mano mediante esos cantos aparentemente litúrgicos que solo ella conoce, o aquel monje entendido en canto litúrgico que sin cantar consigue que el pueblo cante?

Todos somos hijos de Dios pero no todos demuestran el arte de la música para aburrimiento incluso en los templos de quienes siendo cristianos saben distinguir entre notas musicales y afinar en sus voces.

El problema surge con fuerza cuando de ella –la música- se hace una utilización mezquina. No me refiero solo a la explotación económica del artista, por ejemplo la discográfica. Me refiero también a esa deplorable actividad consistente en pedir sin pedir fastidiando en el metro y en la calle sin arte, don y maestría. De vez en cuando uno se topa en la calle con verdaderos músicos de la calle. No piden. Si les das aceptan. Es un placer detenerse para escucharles, darles y comprarles un CD.

Como es un placer en mayor o en menor medida pagar entrada –las hay para todos los bolsillos- para asistir a un concierto. En algunos países europeos eso funciona en la actualidad con normalidad.

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