La valentía del perdón

Es mayor quien perdona con sencillez y sinceridad que quien realiza una gran hazaña: Es más grande quien se vence a sí mismo y es…

Es mayor quien perdona con sencillez y sinceridad que quien realiza una gran hazaña: Es más grande quien se vence a sí mismo y es humilde y responde con bien al mal que quien realiza un portento o quien vence a miles de enemigos físicos.

“El perdón podría parecer una debilidad. En realidad, tanto para concederlo como para aceptarlo, hace falta una gran fuerza espiritual y una valentía moral a toda prueba. Lejos de ser menoscabo para la persona, el perdón la lleva hacia una humanidad más plena y más rica, capaz de reflejar en sí misma un rayo del esplendor del Creador” (Juan Pablo II, Jornada Mundial de la Paz, 2002).

Si tenemos conciencia de ser pecadores y de que Dios nos ha perdonado y ha tenido una misericordia infinita con nosotros, nos inclinaremos de modo natural a perdonar a quienes nos han faltado.

Un ejemplo de perdón y amor a sus enemigos nos lo da el mártir de la objeción de conciencia en tiempos de los nazis, Franz Jägerstätter, quien habiendo sido condenado a muerte dice a su familia que cualquier hombre mientras está con vida, aun el mayor criminal, puede arrepentirse y salvarse, y que nosotros hemos de rezar para que así sea sin dejarnos llevar por sentimientos de venganza.

El perdón es como luz luminosa en la niebla de nuestra sociedad, que en vano buscará la paz si rechaza el bálsamo del perdón. Sin perdón, la mayor justicia humana puede convertirse en la mayor injusticia.

Por otra parte, aunque nos cueste, qué liberación interior supone amar a todos, incluso a quienes nos ofenden, qué luz en el alma de quien ruega por sus enemigos y hace bien a quien le perjudica. Nos llama el Señor a ser, a imagen de Dios, buenos con todos, “como vuestro Padre celestial que hace salir el sol sobre justos e injustos”. Pues “si sólo amáis a los que os aman ¿qué recompensa merecéis?”.

Limitadas son nuestras fuerzas, pero, si tratamos de rogar por quienes nos odian y pedimos a la vez fuerzas al Señor para perdonar como Él perdona, poco a poco nuestro espíritu se transformará y entraremos en una nueva región caldeada por los rayos benéficos y pacíficos del amor.

Nos sentiremos liberados y bienaventurados si vencemos en esta auténtica batalla en que se trata de vencernos a nosotros mismos y no a huestes de guerreros externos. Nuestra naturaleza humana está maleada y fácilmente se inclina por el rencor y la venganza, pero con ayuda de lo alto podemos superar estas inclinaciones que nos envilecerían y nos quitarían la paz, al tiempo que impedirían que colaboráramos a salvar a nuestros hermanos “que no saben lo que hacen”.

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