La verdad como destino

Una de las habilidades del famoso Meeting de Rimini es colocar cada año en su frontispicio una frase de un potencial enorme. La de éste ha sido: “La v…

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Una de las habilidades del famoso Meeting de Rimini es colocar cada año en su frontispicio una frase de un potencial enorme. La de éste ha sido: La verdad es el destino para el que estamos hechos”. Es difícil aportar una mayor capacidad explosiva con tan pocas palabras.

Ahí es nada reclamar en este tiempo que nuestro destino manifiesto, como personas, es la verdad, y que por consiguiente, su búsqueda se encuentra en el eje que da sentido a nuestras vidas.

Es a través de esta concepción que la libertad cobra toda su dimensión, realizadora del ser humano. La libertad como fuerza de liberación porque está destinada a hacer posible ese encuentro con la verdad.

La libertad, entonces, deja de ser un producto más de supermercado donde su valor se mide por la multiplicidad de ofertas y rebajas, cuanto más numerosas y más baratas mejor, para reclamar la calidad. La libertad alcanza su pleno sentido si somos capaces de encontrar y construir el bien, la justicia y la belleza, que son expresiones de esa verdad.

Fieles a su pedagogía los promotores del gran encuentro de Rimini, Comunión y Liberación, afirman algo más: la verdad no es una formulación platónica, algo que se encuentra “allí” alejado de nuestras vidas. Es, eso sí, una verdad objetiva, por consiguiente, externa a nosotros, que se mantiene a lo largo de la historia, pero que se reconoce en la experiencia.

La verdad se encuentra en los testimonios de su existencia. No constituye una abstracción sino un encuentro. Y ese es, sin duda, uno de los papeles fundamentales de los cristianos en nuestro tiempo: ser testimonios de la búsqueda y encuentro con la verdad, lo cual queda absolutamente alejado de recetas preconcebidas, de planteamientos cerriles, de discursos descalificadotes, pero no, obviamente, disculpa de la necesidad de manifestar firmeza y claridad.

Es difícil en nuestro país este planteamiento porque la apertura al diálogo que entraña debe ser hecha sin falseamientos y debe encontrar interlocutores que también amen la verdad. Pero a pesar de ello nada nos impide esforzarnos por constituir este testimonio.

Quizás si alguno de los grandes medios de comunicación de la Iglesia fuera capaz de aplicar estos criterios, el catolicismo español ganaría algo de lo que está hoy muy mermado y no solo por las críticas de quienes realmente nos odian, sino también por nuestras propias incapacidades.

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