La verdad del justo y tu verdad

No abuses de Dios. No lo tientes. Estás abusando de la paciencia del Padre, el Dios todopoderoso y justo. Te está avisando con su paciente misericordia, su amor, de muy diversas maneras, y tú sigues con tu conducta desordenada, abusando del justo y sometiéndolo a tu vana e hipócrita “justicia”.

Ciertamente, el Padre es paciente contigo más de lo normal, porque se resiste a levantar la mano hasta tan arriba. Pero todo tiene su límite, y tú lo has más que sobrepasado en tantos años de tergiversarlo todo y a todo el que se te acerca, con tu interés, para seguir imponiéndote para colocarte en el centro, tú, el gran tú, a costa de lo que sea y quien sea. Quizás sea por eso que el Padre te dé cuerda, porque por medio de tu injusticia está forjando al justo, del que tú abusas. («¡Cuánto duele a Dios y cuánto daña a muchas almas –y cuánto puede santificar a otras- la injusticia de los “justos”!» Camino. n. 450. San Josemaría Escrivá de Balaguer).

“¡Basta! ¡El clamor del justo ha subido hasta mí!”, te dirá el Padre un día, y como Cabeza de familia te impondrá orden y castigo, como no puede ser de otra manera, y entonces tendrás que purgar y expiar toda tu culpa; más, cuanto más tardes en cambiar y perseveres en la ignominia.

Recapacita ya, corrige tu error, y tu castigo será menor y más breve. No esperes a que el tiempo y la distancia pongan tierra por medio, porque no por eso tu injusticia dejará de serlo. Más aún, será mayor y más culpable cuanto más aprietes y más tiempo estés apretando con tu condescendencia tan altiva y orgullosa. Cuanto más te encarames, de más arriba caerás. ¿Por qué no dejas de engañarte endiosándote y aceptas de una vez por todas como eres y lo que eres, y aceptas a los demás como son y lo que son, sin hacer pasar a todos fría y calculadamente por el tubo de tu mirada tan estrecha, mezquina y torticera? Lo peor de todo quizás sea eso, que te empecines torticeramente en reiterar en tu error sin pedir perdón, ni rectificar, ni reparar, aun siendo consciente de él con toda evidencia, gracias a los insistentes avisos de tu conciencia y de alguno que de vez en cuando se atreve a decirte la verdad. Tu mentira no te sostendrá eternamente. Lo que sí será eterno será la Verdad. Y estate cierto: un día, ahí amanecerás. En tu mano está ahora (luego será tarde) que el verdadero Sol te caliente o no… y te hieles.

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