La vida en un llanto

Alarma social de primera magnitud. Repasemos los hechos: el pasado día 15 de julio, en Mejorada del Campo, localidad cercana a Madrid, a las oc…

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Alarma social de primera magnitud. Repasemos los hechos: el pasado día 15 de julio, en Mejorada del Campo, localidad cercana a Madrid, a las ocho de la mañana, la Guardia Civil rescata a un bebé de unos diez o doce días de vida, que había sido arrojado dentro de una mochila a un contenedor subterráneo de basura; un vecino al pasar junto al contenedor, escuchó el llanto del bebé y avisó a la autoridad. Resulta conmovedora y entrañable la imagen del guardia civil con el bebé sobre su pecho. El bebé está sano y fuera de peligro, y las enfermeras del hospital donde le trataron, le han puesto por nombre, Marco; tal vez porque, tan pequeñito, ha sido protagonista de una historia para “enmarcar”.

Tras la conmoción general, el momento para la reflexión y los interrogantes. ¿Por qué tanto revuelo ante el hecho de que una madre decida arrojar a la basura a su hijo recién nacido? Han corrido toda suerte de descalificaciones hacia esa mujer, que ya sabía lo que es tener un hijo, porque, al parecer, es madre de otros tres. Probablemente actuó por su cuenta y no quiso acudir, en su embarazo, a la mediación y asesoramiento de alguno de los dos movimientos sociales más significados y antagónicos: el movimiento pro vida, y el movimiento pro aborto. Nacido su hijo, optó por enviarlo a una muerte segura, si no hubiera sido porque Marco entró en rebeldía y lanzó un grito de auxilio que le salvó del subterráneo de la muerte.

Dicen las estadísticas que en los diez últimos años se han realizado en España, anualmente, más de cien mil abortos. Más de cien mil llantos que son acallados cada año por vía de anticipación. Sí, es mejor anticiparse y cortar por lo sano, que los muertos no lloran.

Me resisto a acompañar en el sentimiento a una sociedad tan hipócrita, que se “emociona” al rescatar con vida a un recién nacido, pero que permanece ignorante e indiferente ante el más gigantesco genocidio que el mundo “más civilizado” está llevando a cabo desde hace tantos años.

Decía el filósofo Julián Marías que el mayor escándalo de finales del siglo veinte y comienzos del veintiuno es la aceptación social del aborto.

Vergonzante e hipócrita aceptación, que trata de camuflar la propia denominación de “aborto”, en la más suave de “interrupción voluntaria de embarazo”. Ni es voluntaria, en la mayoría de los casos, porque es forzada por toda una serie de circunstancias e incitaciones; ni es interrupción, porque el aborto no interrumpe una vida sino que la corta de raíz. ¿Si el primero y principal derecho no es el derecho a la vida, (también del nasciturus), cómo justificamos la defensa de los demás derechos personales?

Marco, gracias, porque al salvar tu vida con tu llanto has puesto en evidencia nuestra incapacidad para deplorar tantas muertes vilmente justificadas.

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