La vida como es. (¡Que no es fácil!) (y II)

¿Es esa la reacción de tantas personas que sufren en el mundo (cada día más) ante su sufrimiento, sea por enfermedad conocida o por tantos sustos que trae la vida? Me temo que la respuesta del lector será que no; puesto que la actitud más común es la revuelta, la agitación permanente y doblemente enfermiza, la muerte anticipada por tanto desánimo y sufrimiento provocados gratuitamente, y por lo tanto no enviados por Dios. Son un desánimo y un sufrimiento en verdad tan gratuitos que aún complican más las cosas, cuando en su lugar el sujeto (cada uno de nosotros) debería recibir y aceptar con paz los acontecimientos como vienen, y a partir de ahí articularlos, asimilarlos y generar riqueza anímica propia y social, y vivir y crecer en la virtud. Todos necesitamos de esa virtud, para nosotros, para nuestra familia y para la sociedad. Es un soplo de aire fresco que trae la paz entre aromas plurisensoriales, luz espiritual y fuerza de ánimo y hasta de cuerpo. Lo es todo en los momentos en que parece que nuestra humanidad se resquebraja, porque aunque así sea, nuestro espíritu rejuvenece y entra en un espacio atemporal y eterno al mismo tiempo, premonición de la vida sin fin que a todos nos espera; para unos, el Bien, para otros, el Mal.

Lo más usual, sin duda, para un creyente descreído, es culpabilizar a Dios, revolcarse en la inmundicia yendo contra Él, de tal manera que el sujeto ni se percata de que está atizando el fuego de su sufrimiento, dando patadas al aguijón. Aun si, en algunos casos, se adopta una postura de cínica distancia, que no es en realidad aceptación ni fe, sino desconfianza en el Creador, en la vida y en sí mismo, que enturbia más o menos totalmente la vida espiritual (y por tanto, todo en su vida y circunstancia), porque la falsea con una actitud en la que el sujeto se forja un Dios a su medida, distante y cruel. La palabreja que corresponde es “abandono”, el santo abandono al que Vital Lehodey, bajo el mismo título, dedica todo un pedazo de libro, ya clásico, y en el que el lector descubre la teoría de cómo es posible que sentirse abandonado sea precisamente la solución: puesto que abandonarse en manos de Dios como un niño pequeño es la manera de despegarse de la miseria humana y crecer en la vida del espíritu y hasta la corporal, por estar ésta comprendida en la primera.

Sepamos, pues, aceptar y ayudar a aceptar la vida como viene y como es; no la hagamos como no es. ¡Que no es fácil!

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