La violencia doméstica, problema creciente que pide reflexión y trabajo coordinado

La llamada violencia doméstica, con un balance de 27 mujeres muertas en España desde el 1 de enero, está creando una alarma social creciente. Nos enco…

La llamada violencia doméstica, con un balance de 27 mujeres muertas en España desde el 1 de enero, está creando una alarma social creciente. Nos encontramos ante un problema que pide principalmente reflexión, sobre el porqué de estas situaciones, y un trabajo coordinado entre toda la sociedad: las administraciones públicas, las entidades cívicas de acción social, la Iglesia, las familias… El Gobierno español aprobó el viernes 7 de mayo un plan urgente de 10 actuaciones contra esta lacra, a la espera de la entrada en vigor de una nueva Ley Orgánica Integral, pero son medidas que ya habían sido impulsadas casi totalmente por el ejecutivo anterior. En otras palabras, el problema es demasiado gordo como para afrontarlo con decisiones dispersas; se necesita una acción coordinada que cuente, además, con el apoyo de toda la sociedad. Un ejemplo es la propuesta de más de 80 asociaciones de Cataluña, en el Pacto por la Vida y la Dignidad, que propugna “una reacción masiva de nuestra sociedad con la participación de todos y no sólo de los afectados más directamente, así como también una mayor eficacia política por parte de las instituciones de Gobierno, ayuntamientos, diputaciones, Generalitat y Gobierno central”. Apuesta, en definitiva, por “concretar en un pacto social las acciones y medidas educativas y legislativas para evitar este tipo de violencia”. Toda esta realidad está penetrando en la sociedad de una manera similar a la preocupación colectiva que generó en su día el aumento del consumo de drogas destructivas (sobre todo entre los años 1975 y 1985). Ciertamente la violencia doméstica y la drogadicción son dos problemas muy diferentes, aunque comparten una gravedad altísima, pero tienen en común la creciente alarma social que provocan en una etapa y un contexto determinados. Y ahora, con las constantes noticias que conocemos sobre la muerte violenta de mujeres (que representan la inmensa mayoría de víctimas por este tipo de agresiones), está pasando un poco lo mismo que con la droga cuando empezaba a matar a gente. En el caso de la violencia doméstica, será muy difícil definir las posibilidades legales para combatirla. No hay una fórmula mágica, pero sí es posible un compromiso de todos. El arzobispo de Valencia, Agustín García-Gasco, explicaba en su carta dominical del 9 de mayo, coincidiendo con la Fiesta de la Virgen de los Desamparados, que la Iglesia “debe estar a l altura de nuestro tiempo, dispuesta a socorrer al que sufre; y hoy las mujeres están sufriendo una violencia mortal que resulta absolutamente injustificable”. Tras calificar estas agresiones de “pecado grave contra la familia”, el prelado recuerda que las víctimas de esta violencia son “nuevas desamparadas del siglo XXI”. “La heroína la dejas, un maltratador te persigue” El compromiso, sin embargo, va mucho más allá del ámbito cristiano. El testimonio de tres maltratadas, publicado el viernes 14 de mayo en las páginas del diario EL MUNDO, muestra claramente las dimensiones del problema. “La heroína la dejas y no te persigue, pero un maltratador te persigue hasta encontrarte”, dice el titular reproduciendo la frase de una de las entrevistadas. Son mujeres que han encontrado ayuda en el Centro de Atención y Recuperación de Mujeres y Niños Maltratados, una entidad que trabaja en Madrid. “Nadie te ayuda, nadie te cree. A veces piensas que la única solución es que él estrelle por ahí”. El comentario confirma el calvario de estas personas, que no son más que el reflejo de un numeroso colectivo: el de las víctimas, muchas veces silenciosas, de esta violencia inexplicable. Leer o escuchar lo que dicen las mujeres maltratadas revela, además, la gran dificultad que todos tenemos a la hora de comprender las terribles experiencias vividas. Posesivos, celosos, transtornados, nerviosos… Éstos podrían ser algunos de los calificativos propios de los maltratadores. Ahora bien, las mujeres que han padecido agresiones no sólo tienen que enfrentarse a la persona que les ha hecho daño (deben hacerlo con las armas de la ley y la justicia), sino también con frecuencia a la incomprensión de una sociedad entera que todavía no se ha comprometido con suficiente firmeza para defenderlas. ¿Hasta cuándo tendremos que leer o escuchar casi cada día una noticia sobre violencia doméstica?

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