La virgen roja: Simone Weil

La mejor escritora espiritual de este siglo (según André Gide), un genio como los santos (según T.S. Eliot) murió, consumida por una tuberculosis que ella misma agravó con las privaciones que se imponía

Nació bonita. A los 16 años Simone Weil abdicó a su belleza. Ya ardía en el deseo de purificarse que la abrasó mientras peregrinó por la tierra. Dieciocho años después, la mejor escritora espiritual de este siglo (según André Gide), un genio como los santos (según T.S. Eliot) murió, consumida por una tuberculosis que ella misma agravó con las privaciones que se imponía.

Esta mujer que se tomaba el ascetismo tan a pecho solía transformar la vida práctica en una ópera bufa. Quiso ser guerrillera anarquista con resultados chuscos. Tras fracasar en su intento de ser mujer-soldado en el bando republicano durante la Guerra Civil Española, fue obrera y viñadora. Consumió su vida solidarizándose con las desgracias de los pobres.

Su mente era prodigiosa. Aprendió griego a los 12 años y después sánscrito. Obtuvo el grado de filosofía en la École Normale Supérieure logrando el primer lugar de su generación. (El segundo lugar lo ganó Simone de Beauvoir.) Sus escritos cobraron fama en los 1950 y 1960. Según un estudio de la Universidad de Calgary, se han publicado más de 2500 artículos sobre su vida y su obra entre 1995 y 2012.

Simone Weil fue una mística que cree en lo sobrenatural. Nació en una familia judía pero creció sin religión. En un viaje a Portugal descubrió el cristianismo, al cual se adhirió. Pasó dos días orando en Asís, pero rehusó el bautismo por esperar a que una certeza intelectual la obligara a bautizarse. Aunque no le negó a Cristo su amor, le negó a medias su inteligencia. Si bien la gracia penetró su alma, el apego de Simone Weil a sus ideas era tan fuerte que no la dejó entrar en su cerebro. Fue víctima de la soledad en llamas del pensamiento.

Simone Weil perseguía el amor por la penuria. Ahí y nada más ahí hallaba a Cristo. Puso toda su fe en la Cruz pero sin gozarse en el Resucitado. Simone Weil siguió con empeño un camino que la alejaba cada vez más de la fe en el amor encarnado. Aunque predicaba la necesidad de abrazar el sufrimiento del mundo, su predicación era tétrica. Muchos de sus escritos recuerdan a los cátaros de Albi, asquerosos por su pureza.

Se puede ser feliz haciendo lo que Simone Weil hizo, pero no haciendo lo que dijo. El sistema de Simone Weil es una filosofía que fluye en la corriente del neo-estoicismo contemporáneo. No acepta la Encarnación. La Creación es un error. El diablo crea la materia. El mundo está abandonado al mal. Por tanto, es necesario que el hombre destruya en sí mismo los vínculos que lo atan al ser. No hay Resurrección porque el cuerpo no tiene derecho a vivir eternamente.

Las teorías de Simone Weil excretan muerte. Pero ella fue mejor que sus teorías (casi todos nosotros somos peores que las nuestras). Dio la vida por los demás y de seguro está en el cielo. Llegó allí por la ruta de los temerarios. Es fácil perderse yendo sola a campo traviesa por entre las peñas filosas de la mente. Murió muy joven tal vez por gracia especialísima. Antes de que su inteligencia pudiera extraviarla, Jesús el Amante la reclamó para sí.

Una idea central en los escritos de Simone Weil es: la gravedad es la fuerza que nos aleja de Dios. Pero el Señor es más fuerte que la gravedad. Dios es leve. Así lo demostró cuando se llevó con Él a Simone Weil.

 

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