La voz de la Iglesia

Es frecuente hoy entrar en polémica con la Iglesia católica a propósito de ciertos temas de actualidad, reivindicando un car&aacu…

Es frecuente hoy entrar en polémica con la Iglesia católica a propósito de ciertos temas de actualidad, reivindicando un carácter laico del Estado, que, en lo países occidentales es algo que nos retrotrae a un pasado casi remoto, así como reivindicar el voto femenino. Suele entrarse en esta polémica de forma superficial, con gruesos argumentos y tópicos gastados y, sobre todo, con un tono de dura agresividad. Más pancarta y slogan que argumento y dato, más pasión ideológica ciega que conocimiento riguroso. No suele haber un análisis de los temas, ni siquiera un intento de refutación de las ideas contrarias; lo que hay es un claro rechazo, un fastidio de que la Iglesia se manifieste públicamente, que se haga visible en la palestra pública. Quiero que quede clara esta matización: no se critica lo que la Iglesia dice; sino que se critica que la Iglesia sea y opine en un ámbito más amplio que el de sus propios fieles. La actitud me parece preocupante porque puede minar los fundamentos de cualquier debate constructivo, que es, en última instancia, minar los fundamentos de la democracia misma.

Por el contrario, pienso que es importante que aquí y ahora, la voz de la Iglesia sea escuchada. Y lo es por varias causas.

La primera, porque es una voz sociológicamente representativa de millones de personas, que no son un grupo de inquisidores oscurantistas, sino ciudadanos normales, cumplidores de las leyes y, en su inmensa mayoría, partidarios de un sistema de convivencia pacífico y democrático; y es un grupo, por otra parte, bastante diverso desde el punto de vista ideológico.

La segunda causa, es el peso llamémosle intelectual o cultural de esta voz. Cuando la iglesia habla del hombre, de la moral, de la sexualidad, no es una recién llegada que se mete en temas que le son desconocidos; es una institución que ha elaborado en un largo proceso de siglos un pensamiento coherente sobre estas cuestiones. Cuando habla de persona, de igualdad, de libertad, está usando conceptos que ella misma ha contribuido a configurar históricamente. Se puede estar o no de acuerdo con sus ideas, pero no puede dejar de reconocerse el bagaje cultural que pesa en ellas. En la raíz histórica, en la arqueología de la mayoría de las categorías intelectuales que usamos (persona, dignidad, igualdad), está el Cristianismo. Aunque sólo sea por esto, no podemos dar la espalda, tampoco los no cristianos, a lo que configura una gran parte de nuestra historia cultural.

Y hay una tercera razón, quizá la más importante desde un punto de vista práctico: su autoridad moral, que deriva de su labor junto a los más desfavorecidos. Los miles de misioneros, las instituciones dedicadas a ancianos, a niños, a enfermos de SIDA, a toxicómanos, la labor callada de tantos cristianos anónimos dan un sello de autoridad a su palabra. Con ruidosas y contadas (aunque muy aireadas por los medios) excepciones, en la Iglesia hay una identidad fundamental (que ya quisieran para sí los políticos y otras instituciones) entre lo que se dice y lo que se hace.

Atodas estas razones, hay que añadir otra evidente: no podemos negar la posibilidad de diálogo, desacreditando de entrada al oponente en una sociedad libre y pluralista. ¿Han repasado nuestros interlocutores en que las sociedades libres y pluralistas son, sobre todo, las de tradición cristiana? Es muy fácil: cojan un mapa y miren. ¿Casualidad o causalidad? Es un tema de meditación que les propongo.

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