Laicos

 Tanta discusión por el laicismo agresivo de Zetapé, y al final ni el Presidente ni el católico medio sabe que es  ¿Que significa ser laico? Para much…

 

Tanta discusión por el laicismo agresivo de Zetapé, y al final ni el Presidente ni el católico medio sabe que es  ¿Que significa ser laico? Para muchos ser cristiano es  ser mojigato  lamesacristías. Ser cristiano “de verdad” es ir con el rosario colgado del cuello a modo de yunque que nos tuerza el entrecejo hacia el suelo en plan monje friki salido de una versión serie B de la película El nombre de la rosa. Para el cristiano medio, se deduce que ser laico es ser “normal”, es decir tener una fe de Juan Palomo, yo me lo guiso y yo me lo como. Yo me confieso con Dios, yo creo en ciertas cosas. Hay cosas muy heavies, que están atrasadas, y claro, eso es que hay poca democracia en la Iglesia.

 

En el fondo, este tipo de cristiano, va a su aire, y sólo pasa por el supuesto altar cuando rechina la sacristía rellenando sus papelotes, es decir cuando se casa, le bautizan, le visten de marinerito o se muere en uno de esos incomprensibles trances que surcan su ajetreada existencia. En el interior más íntimo de este molde forjado en el postconcilio, hay una enorme falla que tiene dos placas tectónicas: por un lado hay unos artículos de fe formulados en plan “mi amigo es Jesús” y algunas cancioncitas pegajosas copiadas de Bob Dylan en los 70. El amor es demócrata, todos somos hermanos y familia, Jesús me ama, y así hago lo que me pide mi cuerpo serrano, que últimamente, anda un poco ayuno de sentimientos pro-ONG.

 

La otra placa es una cosa seria que se llama “la ciencia”, que curiosamente no es nada democrática, pero que es seria, oiga. Muy seria. Y vale. Es decir, la ciencia, lo que dice, funciona. La ciencia ha dicho que venimos de una cadena evolutiva puramente biológica, ajena al buen rollito de las mamás sensibleras. La ciencia nos lleva al huerto, nos guste o no. Es lo que hay, y más vale ponerse las pilas cuando la tecnología, la productividad, la medicina o lo que sea que lleve tatuado fórmulas valga la pena. Conclusión: nuestro hombre se coloca con los dos pies en la segunda placa “seria”.

 

La otra placa la tiene para llenar sus hoyos sentimentales. De vez en cuando, los domingos, como quien va a jugar al golf, llena un par de hoyos yendo a Misa, a ver si se agitan un poco las aguas del sentimiento, que el Espíritu sopla donde quiere, como dice el cura ese los domingos.

 

Pues no. Eso no es un laico. Eso es una persona que tiene una gran incultura religiosa. Los cristianos  no son sólo los religiosos, “los curas y las monjas”. Los cristianos no son sólo los que manejan el cotarro de la Iglesia, los que pisan mucho suelo sagrado y sacristía. Tampoco son los laicos una subespecie denominada “católicos comprometidos”, dejando para el final del túnel los tipos corrientes y molientes de a pie, que pisan la Iglesia los Domingos y fiestas de guardar o incluso van a misa todos los días pero no están todo el día ensacristados y arremangados entre altares y demás zarandajas a las que el común de los mortales no tiene tiempo a dedicar, que hay muchas cosas que hacer. Es decir, que Juan Español suele currar en la oficina, la tienda, el almacén, la clase o vete a saber qué. Nada de encierros eclesiales.

 

Todo eso está muy bien, pero, entonces que es ser laico. Pues un señor-a corriente, con familia o sin ella, con amigos y asuntos diversísimos. Los cristianos tenemos un común denominador breve pero intenso y un numerador diversísimo. A unos les gusta el senderismo, a otros el basket y otros son incluso del Barça, que ahora va mejor. Pues muy bien. Pero el denominador no es de nadie, es una herencia recibida a lo largo 2000 años   (a ver que galgo se salta ese muro de la historia),  que cristalizó doctrinalmente en el siglo III y IV. De ese crisol, surgen como columnas la doctrina de los Padres de la Iglesia, que es un tesoro lleno de anécdotas increíbles, como cuando uno lee las cartas de San Jerónimo a San Agustín y viceversa.

 

Todo el edificio espiritual se sustenta en la cercanía personal a la figura de Jesucristo, al trato personal con Él. Nosotros no seguimos unas enseñanzas. Seguimos a una persona con un rostro definido y claro en la vida de los santos. Su persona no es un ente, una cosa. Su trato es personal, y Él nos quiere a cada uno, allí donde estemos. Él nos dice para que me individualidad única está aquí, nos revela el sentido misterioso de nuestra existencia, en el más oscuro rincón del planeta.  

 

Hanna Arendt habla de que lo único nuevo en el mundo verdaderamente es el nacimiento de un niño. La Iglesia establece un camino ancho, y unos medios para llegar a tratarle al “Él”, el Cristo. Los medios sensibles que nos dan la seguridad de que estamos en lo cierto son los sacramentos. La doctrina tiene una increíble densidad, que hay que beber a sorbos con constancia, adaptada a nuestras circunstancias. Últimamente, es recomendable beber doctrina de siempre y leer antropología cristiana (Juan Luis Lorda, Leonardo Polo son buenos ejemplos) que vuelvan a unir las dos placas tectónicas de nuestro inabarcable interior y el increíble exterior de la creación.

 

Los cristianos no somos los que escuchan la COPE, los que votan al PP, los que creen que es España es una nación indivisible con unidad de destino en lo universal (sic). España es un tipo de organización temporal, cultural y territorial que será sucedida por otras. Allá cada cual con sus filias y sus fobias, que están muy bien y hacen que el tráfico de ideas y opiniones sea divertido y asombroso para el Homo Sapiens. Ahí, haga cada cual lo que le venga en gana. No confundamos la fe. Incluso a la hora de tener devociones, pues uno elige las que quiere. Las hay “recomendables” pero, no hay santos obligatorios. Nos molan unos santos, y otros pues nos dan más grima, aunque uno no dude de su santidad.

 

Los curas son importantes, pero, el cogollo es la intimidad de los cristianos con Jesucristo, una cosa que no aparece en las encuestas del CIS. Esto no es un montaje de curas y monjas, tal y como le decía aquel cardenal a Napoleón cuando le amenazó con destruir la Iglesia: “Nosotros llevamos diecinueve siglos intentándolo y no lo hemos logrado aún, ¿y dice que  lo va a lograr usted? El edificio se sostiene por la cercanía a Jesucristo, el contacto con Él. Los cristianos tenemos una fe que es un don de Dios.

 

No somos superhéroes, ni ná de ná. Somos corrientes y molientes, con un Papa que es una pasada. Nuestro Papa no cancela cumbres en Polonia porque está “cansado”, ni ladra y muerde cuando se meten con él. Le metieron un par de balas en el cuerpo el día de la Virgen de Fátima el 13 de Mayo de 1981 y consideró que el atentado era una “caricia” de la Señora. Será (estoy convencido) uno de los grandes Papas de la historia. Y el que venga, igual. Este hombre es un ejemplo de buen humor, de vejez llevada con ilusión. En una palabra de Fe. Sus obras completas serán un ticket para salir del túnel del mal en el que se convirtió el siglo XX.

 

Hala pues, cada uno a su casa y a sus asuntos. Ahí es donde tenemos que pedirle a Dios que quiere de nosotros. Ahí es donde se cuaja el fermento invisible y milagroso del cristianismo. No es casualidad que Dios se hiciera un insignificante Niño. Desde su cátedra de Belén nos pide que nos acerquemos sin confianza, a pesar de nuestros pecados innumerables. Que volvamos y recomencemos. La estrella de Belén se reencuentra siempre cuando recomenzamos con humildad. Y para eso no hace falta hacer cosas raras. Las manos pueden estar pringadas de grasa en el taller, pero, la estrella puede brillar alta en nuestro corazón.  

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