Las 4 amenazas para España (I): La drogadicción y los jóvenes

Una de las características de nuestra sociedad de la información es la desaparición de la memoria. Fluyen tantos datos y tantas noticias que sencillam…

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Una de las características de nuestra sociedad de la información es la desaparición de la memoria. Fluyen tantos datos y tantas noticias que sencillamente nos olvidamos de lo relevante que ocurrió hace tan solo una semana.
 
Si no fuera así, no se explicaría que España y sus gobernantes no vivan en estado de alarma ante la abundancia y reiteración de los datos que señalan que la drogadicción en sus diversas variantes ha contaminado a la juventud.
El 42% de los jóvenes fuman, casi el 79% bebe alcohol, básicamente concentrado en los fines de semana. Los chicos comienzan el hábito ya a los 13 años, mientras que la publicidad se centra precisamente en este segmento.
La última aparición de la ministra de sanidad ha sido el anunciar (esta es su principal función: anunciar problemas que nunca resuelve) que 35.000 menores consumen cannabis. No es ninguna novedad, meses atrás otro informe señalaba que el 17% de los jóvenes españoles fuman porros y un 5% consumen cocaína. Esta última cifra con los datos de la indicada comparecencia de la ministra ya habría aumentado hasta alcanzar el 7%.
Esta es la situación para el conjunto de España, pero evidentemente hay lugares donde el proceso está más agudizado, por ejemplo la Agencia de Salud Pública de Barcelona informó que el 37% de los adolescentes de tercero de ESO habían consumido en alguna ocasión cannabis y el 10% lo hacía habitualmente, con el dato añadido de que prácticamente, las proporciones entre chicos y chicas son idénticas; es decir ha desaparecido aquella tendencia que hacía que las mujeres resultaran menos afectadas por el fenómeno.
Los datos se podrían multiplicar y sistematizar muchísimo más, porque precisamente lo que sobra es eso, datos. Y lo que falta son diagnósticos y respuestas, porque lo cierto es que si no se emprenden medidas a fondo, esta sociedad que presenta los niveles de drogadicción más altos de Europa acabará siendo una comunidad de enfermos y de personas con capacidades muy limitadas.
Es necesario interrogarse en todas las dimensiones a las que atañe la cuestión del por qué sucede todo esto, y además del por qué lo hace con tanta intensidad, de manera que en pocos años hemos pasado de ocupar un lugar en la cola a destacarnos en la cabeza de esta desafortunada clasificación. Obviamente, los mecanismos policiales, judiciales y de reinserción están en cuestión pero sería absurdo pensar que está en sus manos resolver este problema.
 
Es más profundo y más amplio que todo eso. Hay un círculo vicioso que liga las dificultades o incapacidad de la familia para educar, la crisis de la enseñanza, una cultura mediática basada en la trasgresión, unas políticas de los gobiernos español, autonómicos y locales cada vez más basada en la satisfacción de las pulsiones de los deseos inmediatos; un discurso de los responsables políticos que incitan a que no exista conciencia ni canon de conducta que seguir. Ese es el problema.
 
Los políticos rehúyen enfrentarse a esta cuestión. Unos porque no les es posible ideológicamente y otros porque su complejidad los desarma. Prefieren limitarse a la gestión epidérmica, lanzando de vez en cuando una campaña publicitaria que solo sirve para cubrir el expediente. Pero es un error grave, como lo es la falta de exigencia de la sociedad para que se adopten medidas. Seguramente éste constituye uno de los cuatro problemas fundamentales que amenazan el futuro inmediato de este país.

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