Las Bienaventuranzas: respuesta a los desmanes del mundo

Las Bienaventuranzas nos remiten a la esperanza en Dios, hacia los que sufren Las Bienaventuranzas nos remiten a la esperanza en Dios, hacia los que sufren

Con la que está cayendo, desigualdad, falta de trabajo, incertidumbre en la recuperación económica, inestabilidad política y el desesperanzador futuro que nos ofrecen, pensamos que es una buena ocasión para que los cristianos y todas las gentes de buena voluntad, vuelvan o accedan por vez primera a las Bienaventuranzas.

Ellas son una pieza central del cristianismo, de los Evangelios, y a pesar de su importancia decisiva, tienen poca vigencia en la vida común. La razón de ello radica seguramente en que constituyen una formulación que escapa al deseo humano. Y ese es un primer dato a retener. El deseo, en su formulación más mundana, nos lleva lejos del corazón del Evangelio.

Pero, hay más ¿Cómo celebrar la pobreza; “felices los pobres, los que pasan hambre” sin contribuir a la injusticia?; ¿cómo aceptarlo? Algunos ven en ellas una aceptación de las miserias humanas; no hay tal. Porque el mandato de Dios es la ayuda al otro, entregado y a la vez consciente de las limitaciones humanas. En todo caso, para el sufridor es el anuncio de la resignación activa porque vive en la esperanza en Dios. Sabe que su desgracia posee sentido. Esto último es difícil de aceptar, pero a la vez es estúpido no hacerlo, ¿A caso reporta algo negarse a aceptar lo inexorable? Solo frustración. ¿No es mucho mejor buscarle el sentido? Y eso es, búsqueda y logro forman parte de la llamada del cristianismo.

Muchos, también cristianos, perciben las Bienaventuranzas como una especie de alegoría, un canto poético bonito pero en el que no vale la pena perder el tiempo, porque carece de significado para sus vidas; es de “otro mundo”. Y ciertamente, lo es. Forma parte de “la tierra nueva” a la que estamos llamados, y cuya realización empieza aquí y ahora. Las Bienaventuranzas son un tensor de nuestra conciencia, el horizonte del sentido de la vida humana. Y como más poderoso se sienta uno, más debe vivir con ellas en su conciencia, porque también nos dicen “Los ricos ya han recibido su recompensa” en este mundo, poco pueden esperar del otro. “Ay, de los que están saciados”- nos advierte Jesús-  de los que ríen, de aquellos de quienes todos hablan bien. Estos deben estar particularmente atentos a cómo viven, a como emplean estos regalos, si solo para satisfacer a ellos y a los suyos o los entregan a manos llenas a los demás, hasta llegar al desafío de entregar lo que necesitas. El “rico” debe compensar su riqueza con una tensión de vida, de servicio y entrega extraordinaria. Esa era la lógica, cumplida o no, del caballero, del aristócrata del Rey. Su mayor poder exigía una vida entregada. A mayores recompensas en este mundo mayor entrega. Esa es la lógica cristiana. Y por eso, la riqueza, el poder, no es una fuente de felicidad -sí de engaño- si no se libera en entrega. Esa es la única lógica que legitima al poder y da sentido a la vida de quienes lo detentan, porque más pronto o tarde chocarán inexorablemente contra el muro de la finitud del ser humano.

Las Bienaventuranzas nos remiten a la esperanza en Dios, hacia los que sufren, y no nos dicen –obvio en el contexto evangélico- “abandona a los pobres, porque Dios ya se encargará de ellos”, sino, libéralos, dales toda tu preferencia, pero sabiendo que solo Dios puede remedirlo todo en todos. Su lógica es la lógica de Dios, y es nuestro consuelo en su misericordia. Es un atributo de Dios y una virtud cristiana por excelencia, la  que lleva a los seres humanos a compadecerse de las miserias ajenas. Se trata de una actitud bondadosa por parte de quienes tiene más hacia el que necesita, de quien ha recibido un daño, una ofensa hacia el ofensor, el dañador, porque este está en deuda con aquel. La consecuencia de la misericordia es el perdón, la condición necesaria de la reconciliación.

Y son, claro está, el gran consuelo de quienes sufren sobre todo cuando no hay remedio inmediato. El bálsamo de Dios.

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