Las consecuencias de la marginalidad cultural y política del cristianismo o por qué empeorará la situación cultural, social y económica

De nuestro editorial anterior podrían establecerse las tres contradicciones que tienen como raíz común la marginación de la cultura cristiana en nuestra sociedad

La primera contradicción radica en la marginalidad e irrelevancia cultural y política del cristianismo, por un lado; y su centralidad en la prestación de servicios asistenciales, educativos y religiosos, y de los equipamientos que los acogen, por otra. El resultado de este agudo desequilibrio conduce a extender la irrelevancia al ámbito educativo y religioso, a la secularización y dependencia pública de su capacidad asistencial y a la progresiva expropiación o limitación de sus bienes.

La segunda surge del rechazo a la Iglesia y a los católicos a pesar de su aportación social y convivencial, por parte de los grupos que han logrado la hegemonía cultural y política, que son en gran medida impulsores de un relato conflictivo y, a la vez, fundamentan su presencia social en el ser perceptores de rentas públicas, con todo lo que esto significa. Una buena parte de su presencia y activismo sería inexistente si tuvieran que financiarse mayoritariamente con recursos propios. Las instituciones públicas reconocen y valoran ideologías que generan externalidades negativas en buena parte de sus prácticas. La consecuencia es un perjuicio para toda la sociedad, porque se minimizan las aportaciones positivas generadas por la Iglesia y sus miembros, y se favorecen prácticas que aumentan los costes sociales y generan costes públicos de transacción y de oportunidad que empobrecen a la población. El resultado debilita el crecimiento económico, erosiona los factores que hacen posible el estado del bienestar y estimula la polarización social.

La tercera contradicción se produce por la marginación de la cultura y ética cristiana, a la vez que son celebradas hasta reconocerles la hegemonía, culturas que surgen de los márgenes de la sociedad, portadoras de estrategias de conflicto que, por lo tanto, no son capaces de cohesionarla; y de culturas basadas en la satisfacción del deseo individual como máximo o único bien. Este desequilibrio conduce a la inestabilidad y mal funcionamiento de la sociedad y de sus instituciones, con efectos tanto sobre la convivencia como sobre la economía.

Hoy conocemos mejor la complejidad de los mecanismos que hacen posible una sociedad del bienestar, la cohesión social, el desarrollo económico y su sostenibilidad, que dependen sobre todo de factores tales como el capital humano, la innovación -que en parte también nos remite aquel capital-, el buen funcionamiento de las instituciones y su capacidad y la de las empresas de aprender a aprender, de los spillovers y el learning by going. Todos ellos señalan con fuerza en una misma dirección: la importancia decisiva de cada persona y de las organizaciones de personas; empresas, instituciones públicas y organizaciones (partidos, sindicatos, asociaciones) en cuanto a su actitud y comportamiento.

Pero las actitudes y comportamientos dependen de los marcos de referencia y de los aprendizajes prácticos que cada persona y organización han tenido. Estos marcos de referencia forman parte de un conjunto más amplio que tiene un nombre no demasiado valorado hoy a pesar de que constatamos día a día los estragos de su déficit. Se trata de la moral o, para ser más precisos, del capital moral. Fred Hirsh estableció su importancia en The Social Limits to Growth. El capital moral es la concepción que posee una comunidad, que transmite a sus miembros dotándola de la capacidad para lograr sus fines, y que se fundamenta en las concepciones sobre el bien y lol que es justo, y de la forma de obrar, es decir, de la ética. La corrupción tan grande, que no se limita a los políticos, o la insuficiente recaudación fiscal por el fraude y por la ingeniería fiscal excesiva, son dos contundentes ejemplos de cuánto son de decisivas, la moral- las concepciones que tenemos- y la ética – la forma que actuamos en relación o en contra de ellas. En otros términos, el sistema de valores personales y colectivos que asumimos y las prácticas, es decir, las virtudes que permiten realizarlos.

Demos un paso más al razonamiento que permite coger la dimensión del problema.

Tenemos asumido colectivamente -con algunas excepciones- que es necesario dar a conocer y exigir a los niños aquello que constituye un bien para ellos, incluido el bien a los demás, y a diferenciarlo de aquello que querrían hacer fruto del impulso del deseo, porque no siempre concuerdan. Cuando es así, se incentiva al niño a lograr el bien y no el deseo. “No comas esto, no bebas esto otro, no hagas… porque es malo para ti” Esta guía práctica se mantiene en los jóvenes bajo otras formas cuando se es estudiante o aprendiz. En una medida parecida a esta pauta se sigue en la vida adulta, porque sabemos que para lograr la realización personal en una práctica concreta, sea conducir un vehículo, gestionar una empresa, jugar a fútbol o formar y mantener una familia, es necesario que cada cual reconozca bien los bienes inherentes a aquella práctica, aquello que nos reporta, la realización profesional, dinero, la gratificación del deporte, la felicidad, la compañía, y también – y esto es decisivo- los criterios de excelencia para lograr aquellos bienes en la conducción, la gestión empresarial, un partido de fútbol o en la vida familiar. Sin reconocer los bienes que buscamos y las exigencias personales para lograrlos nada funciona bien. Pero, en ocasiones, los deseos, sus pulsiones por determinadas satisfacciones inmediatas, nos apartan de la excelencia y, por lo tanto, tienen que ser redirigidos y transformados. Esta capacidad viene dada por el capital moral.

En la práctica, esta educación del deseo resulta cada vez más difícil. Las razones son diversas y arrancan de la imposibilidad de disponer de acuerdo fundamentales compartidos, de la primacía de la razón instrumental que sitúa todo el acento en los medios y no en los fines (la manipulación genética es un ejemplo claro de este tipo de problemas) subjetivismo en la designación del bien, convirtiéndolo en aquello que prefiero.
El criterio de la preferencia individual como sustitutivo del bien ha comportado el imperio del deseo: la realización personal solo se logra para la satisfacción de los propios deseos.

La consecuencia es que todo se fía para canalizar los deseos incompatibles con las prácticas buenas a las leyes y a los incentivos económicos. Pero, el resultado es costoso e ineficiente. Lenin decía “La confianza es buena pero el control es mejor”… y el sistema leninista acabó colapsándose.

La repercusión global es el aumento del coste de la excelencia y el crecimiento de la ineficacia social. La política es un ejemplo. También, los sistemas educativos lo hacen muy visible. A partir de un determinado gasto por alumno, el resultado educativo no mejora, o bien lo hace en escasa medida. Países con gastos más elevados que otros, de un orden superior al 30%, obtienen resultados peores, caso de España en relación a Polonia. Una sociedad que dependa solo de las normas y la penalización tiene dificultades crecientes para funcionar; demanda más productividad no para mejorar el bienestar, sino para cubrir los costes de las disfunciones sociales.

Los comportamientos individuales y colectivos generan cada vez más costes sociales que son ignorados, y que poseen tres efectos negativos. Uno, malogran la renta del generador del coste. Dos, producen costes sobre la sociedad que son asumidos por terceros. Así el efecto de los locales de ocio nocturno en la producción de ruido que impide el descanso de los vecinos. Y tres, se traducen en costes públicos de transacción y de oportunidad que impiden hacer una buena asignación de los recursos públicos.
Un caso particularmente importante de costes absolutamente desatendido es el que ocasionan las instituciones políticas. Los profesionales de este ámbito están particularmente faltos de los criterios de excelencia que hacen posible la obtención de los bienes que tendrían que derivarse de su actividad.

El resultado final configura un “efecto bola de nieve” que empieza a crear situaciones de colapso, como lo muestra la política o las necesidades derivadas de compensar los efectos del abandono escolar.

No se entiende que haya una “maquina social”, que de manera parecida a la que hace un alternador eléctrico, transforma intangibles ideas, concepciones y criterios morales, en prácticas económicas y sociales concretas relacionadas con la prosperidad y el bienestar. La pieza clave que hace la transformación de lo intangible a bien económico es la virtud; es decir, las prácticas buenas relacionadas con los bienes individuales y colectivos que pretendemos lograr.

Esta máquina social está fallando, está averiada, y en lugar de buscar su reparación y mejórala se adoptan medidas que acentúan sus disfunciones.

No hay excelencia, ni eficiencia en las personas, las familias, las empresas, las instituciones, si no está claro cuáles son los bienes que tienen que procurar en su actividad y la capacidad para lograrlos. Este es el núcleo central de la base de la economía y de la sociedad.

Para lograr esta excelencia, es necesario recuperar un componente fundamental del capital moral que la hace posible, como es la cultura y la ética cristiana, no porque sean las únicas, en una sociedad que es plural, sino porque dejen de ser marginales. No se trata de “confesionalizar” nada, sino de hacer posible que la concepción cristiana tenga presencia y reconocimiento en el espacio público y en el debate sobre la búsqueda del bien común, como una aportación al mismo nivel de las otras. Se trata de no ser reprimidos, silenciados, excluidos o ridiculizados hasta extremos indignos, por el hecho de expresarse desde una perspectiva cristiana.

La conclusión es muy concreta. Si el cristianismo y la Iglesia prosiguen en el camino de la marginación e irrelevancia, la sociedad y sus instituciones perderán un capital social y moral absolutamente necesario.

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