Las desafortunadas declaraciones del Padre Juan Masiá o la Iglesia que sí sabe nadar

Al Padre Masiá, jesuita y ex profesor de Bioética en la Universidad Pontificia de Comillas, le ha faltado tiempo para acogerse a El País, siempre pred…

Al Padre Masiá, jesuita y ex profesor de Bioética en la Universidad Pontificia de Comillas, le ha faltado tiempo para acogerse a El País, siempre predispuesto a divulgar todo aquello que suene crítico con la Iglesia, aunque sólo sea para convencer a los ya convencidos.

El hecho es reciente. Su libro Tertulias de Bioética; manejar la vida, cuidar a las personas no volverá a ser reeditado por Sal Terrae por discrepancias eclesiásticas con su contenido. Al mismo tiempo, ha sido excluido de la cátedra de Bioética.

En el fondo de esta cuestión y la razón única para todo ello es la doctrina que el jesuita Masiá imparte, frontalmente contraria al Magisterio de la Iglesia, como él mismo pone de relieve, con una argumentación ciertamente pintoresca, en su larga entrevista en El País del pasado domingo.

Su discurso ahora se asemeja al de aquellos políticos que son cesados en el cargo y que a partir de esta situación no dejan títere con cabeza. Un sacerdote, todavía más un jesuita, sabe perfectamente que tiene un deber de obediencia y que ha entregado voluntariamente una parte de su libertad a la propia Iglesia.

De hecho, esto no es una circunstancia específica del eclesiástico sino que resulta común a toda persona que se adscribe a una organización. Dentro de unos límites razonables, el que se apunta a un partido político o a una empresa, sabe que su discurso público debe acotarse y no puede ser frontalmente contrario a aquello que el partido defiende o que la empresa promueve. Y si es el caso, cuelga los trastos de matar y se va. Eso es lo digno. En el caso de la Iglesia, que se sitúa tanto en el terreno de lo humano como en lo sobrenatural, este sentido de la libertad debería ser mucho más profundo.

El sacerdote Masiá, con sus declaraciones, constituye un mal ejemplo de aquello que en términos absolutamente laicos sería la lealtad. Uno después de ser destituido no puede andar por el mundo afirmando que hay dos iglesias, dos teologías, y dos biologías, de las que seguramente el padre Masiá debe encarnar una de las dos, porque al hacerlo así se favorece la idea que lo que está operando es el resentimiento y no la búsqueda de la verdad.

Esto ni tan siquiera es razonable, como no lo es que apunte sobre unos responsables de la Iglesia Católica y les atribuya a ellos una singularidad que no es tal. Masiá no discrepa de éste o de aquel obispo o de otro jesuita, lo hace del Magisterio de la Iglesia en terrenos tan esenciales como son el concepto de la vida y del ser humano.

Es posible que visto desde la perspectiva de quien lleva muchos años de sacerdote, encerrado entre libros y con poco uso del confesionario para auscultar el mundo crea que “el sexo es una piscina en la que la Iglesia Católica no hace pie”, pero visto desde una perspectiva laica, de los que nos movemos por la vida real, lo que dice es de una altura de vuelo gallináceo.

En un mundo desnortado por el sexo, la Iglesia todavía es capaz de aportar sentido a esta dimensión de la persona. En último término junto con esta reacción de orgullo que algunos eclesiásticos tienen cuando son llamados al orden y que tan mal casan con sus discursos sobre la mansedumbre de Jesús, lo que más nos escandaliza a los laicos es la inanidad de sus argumentos. Al menos, lo que ha sido capaz de traspasar en una página entera de El País.

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