Las divisiones del Papa

Es una frase tópica pero reflejo exacto de una mentalidad. Fue la respuesta de Stalin a un preocupado Laval, dirigente del Frente Popular gober…

Es una frase tópica pero reflejo exacto de una mentalidad. Fue la respuesta de Stalin a un preocupado Laval, dirigente del Frente Popular gobernante en Francia, que acudió a él a causa de que Alemania implantaba el servicio militar obligatorio en 1935, y temía una agresión. El gobernante francés le pedía a Stalin que no persiguiera tanto a los católicos rusos porque esto ayudaría al Gobierno de París en sus relaciones con el Papa. Y el dictador comunista respondió con aquella conocida frase sobre “las divisiones” con que contaba el ejército papal, para subrayar la insignificancia militar de la Iglesia, cosa por otra parte exacta. Pero eso no representa ausencia de fuerza, solo que la posee de otro tipo, más poderosa, la que une la capacidad de diálogo con el liderazgo moral. Porque hay que decir que el Papa es desde hace mucho tiempo el único líder a escala global. Su voz tiene una repercusión de la que carecen gobernantes poderosos, o la propia organización de Naciones Unidas.

Ahora con la mediación del Papa Francisco con Obama y Raúl Castro se ha vuelto a demostrar. La perspectiva a largo plazo con la que trabaja la Santa Sede, que no responde a avatares momentáneos, y su paciencia, hacen posible resultados extraordinarios como este, que sitúa en vías de solución un conflicto histórico y enquistado, gracias a la mediación católica, un sujeto antaño reprimido, porque esta ha sido la situación de los católicos en Cuba durante muchos años; un país, lo subrayo, que suprimió la fiesta de Navidad, guiada por el fervor anticristiano del régimen, y que hace pocos años recuperó de la mano de una aproximación que tuvo su punto culminante en la visita de Juan Pablo II a la isla. De perseguido a sujeto de confianza principal. Y qué decir de Estados Unidos, que a lo largo de su historia solo ha tenido a un presidente católico, porque hasta Kennedy era un estigma serlo y poder aspirar a la más alta responsabilidad política de la nación. Ser católico ha sido durante mucho tiempo para el establishment americano sujeto de sospecha, por “obedecer” a una autoridad extranjera, el Papa. Mucho han cambiado las cosas, y en ese impulso el periodo de Reagan y Juan Pablo II resultó fundamental. Todo esto es necesario recordarlo, porque en una sociedad sin memoria todo parece que nazca cada día, a cada gesto.

A toda esta trayectoria se une la voluntad del Papa Francisco de ayudar en los conflictos que castigan a la humanidad: Oriente Medio, la situación de los cristianos perseguidos, el conflicto palestino israelí, la inmigración a Europa. Todo ello forma parte de la agenda de la Santa Sede, como en el ámbito latinoamericano forma parte la prudente mediación en Venezuela para conseguir un ámbito de diálogo entre postchavismo y oposición, en una sociedad que se derrumba económicamente.

Pero, todo esto lo hace la Iglesia por una causa religiosa en la que la fe se concreta en unas normas morales que tienen consecuencias sociales, y en primer término la defensa y promoción de la dignidad y los derechos de la persona humana. Y promover los derechos humanos en determinados lugares y tiempos tiene connotaciones políticas. Por motivos religiosos, la Iglesia defiende unos principios éticos universales surgidos de la ley natural y que son válidos para toda la humanidad. En este contexto hay que situar ahora ese gran resultado en la mediación entre Estados Unidos y Cuba, en la que el estilo y el detalle son distintos a la política habitual. La Santa Sede ha respondido a las referencias agradecidas de Obama y Raúl Castro con gran humildad, porque desde la lógica cristiana lo que hace no tiene un especial mérito, porque simplemente, como en el Evangelio, es el siervo que cumple la tarea que le ha encomendado su Señor. Trabajar por la paz y la reconciliación en el mundo.

A la luz de esta experiencia hay que esperar que quienes con suma facilidad hacen balances de la Iglesia incorporen también todos estos hechos, y entiendan que junto con el acierto del Papa hay la tarea, en primer término la oración, de toda la Iglesia que lo hace posible.

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