Las élites, encerradas en su burbuja

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En 1995 el historiador Cristopher Lasch escribió un libro, The Revolt of the Elites and the Betrayal of Democracy, que logró una buena acogida y, en cierta medida, sigue siendo un libro de referencia. Empieza así: “La mayor parte de mi obra reciente vuelve de una u otra manera a la cuestión de si la democracia tiene futuro […] Las malas noticias se suceden sin fin. Nadie tiene una solución pausible para estos problemas intratables (ha enumerado desde la pérdida de puestos de trabajo a la disminución de la clase media, las drogas, el aumento de los pobres, entre otras), y la mayor parte de la discusión política ni siquiera los menciona. Se libran feroces batallas sobre temas periféricos. Las élites que definen los temas de discusión han perdido contacto con el pueblo. El carácter irreal, artificial de nuestra política refleja su aislamiento de la vida corriente, así como su secreta convicción de que los verdaderos problemas son insolubles"

Las élites son quienes dirigen los partidos políticos, pero también los medios de comunicación y, de una manera especial, quienes hacen opinión en ellos. También lo son, en una forma decisiva, los dirigentes sindicales y empresariales, religiosos y culturales, y, de una manera particularmente decisiva, las financieras por una parte y las de la cultura mediática por otra. No todos, ciertamente, pero creo que una parte excesiva de estas élites, dotadas en cada grupo social de una fuerte endogamia y una gran tentación en la taxonomía de las personas, a su etiquetaje primario, están lejos, muy lejos, de cumplir con su responsabilidad.

Por ignorancia unos, por su propensión a lo políticamente correcto -una de las causas de la catástrofe que vivimos-, por incapacidad de participar benévolamente en aquello que no les reporte ventajas para su persona, corporación, gremio o facción, y sobre todo porque viven en unas condiciones personales irreales, en una semi burbuja poderosa, nuestras élites no nos conducen por buen camino; peor, no nos guían.

La responsabilidad social tan sobada en las escuelas de negocios, el bien común, que todos afirman y pocos parecen entender, el retornar a la sociedad lo que te ha dado mas allá de tu función e interés específico, todo esto constituyen carencias enormes. Pero, con ser malo, no es lo peor. Lo que atemoriza a unos, indigna a otros y frustra a la mayoría es que estas élites, con excepciones nominales, claro que sí, son incapaces de reconocer su grave defecto. Su vida autorreferenciada, su desvinculación del pueblo y sus necesidades cotidianas, su traición inconsciente a las representaciones y causas que dicen dirigir.

Josep Miró i Ardèvol, presidente de E-Cristians y miembro del Consejo Pontificio para los Laicos

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