Las obsesiones de Rodríguez Zapatero

Cuando estamos muy cerca de llegar al primer aniversario del actual Gobierno socialista, van aflorando las tendencias reales de quien hoy tiene el pod…

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Cuando estamos muy cerca de llegar al primer aniversario del actual Gobierno socialista, van aflorando las tendencias reales de quien hoy tiene el poder ejecutivo en España. Por debajo de su llamada aterciopelada al diálogo, se concretan unas fobias que, de persistir, van a acarrear grandes problemas a la sociedad española. Dos son ya de una evidencia apabullante: La antinorteamericana y la que se exhibe contra la Iglesia. 

Sólo quien está cegado por una ideología que incurre en el sectarismo puede asumir que, junto con la marginación a que le está sometiendo la administración Bush (ni entrevista con el presidente americano, ni tan siquiera una breve escala de Condoleezza Rice), se puedan aunar las afirmaciones de buena voluntad española y el viaje de Chaves a Cuba comprometiendo a la mismísima corona, justo la que está intentando resolver el desaguisado americano. Sólo la fobia, que en este caso se traduce por la querencia castrista como hace pocas semanas se concretaba con el viaje de Bono al chavismo, puede instrumentalizar tanto los intereses de España, es decir, de todos nosotros, los que vivimos e intentamos trabajar en este país.

Es Zapatero, y no sólo alguno de sus ministros, la punta de lanza de la confrontación y la beligerancia con la Iglesia. Y en esto el presidente del Gobierno es un estratega melifluo y un tanto corto. ¿Qué sentido tuvo su publicitada y prioritatia visita al Papa para después dedicarse a la caza del obispo? Ahora mismo, con motivo de el referéndum, Zapatero focaliza su crítica a la Iglesia, simplemente porque ésta ha argumentado razonablemente las razones por las cuales los católicos pueden en conciencia votar: sí, no o abstención.  Es obvio que la declaración eclesial es consecuente con la doctrina social y los hechos a los que la aplica, así como perfectamente interpretable desde el sentido común. En definitiva y excepto en cuestiones muy concretas, la Iglesia no propone ningún programa, sino unos fundamentos a partir de los que puede juzgarse la realidad.

Al actuar de esta manera tan inhábil, Zapatero muestra su fobia. Llega a anteponer las ganas de pelea a su interés electoral, porque un gobernante prudente se habría amarrado a lo que de favorable hay, el "sí", en la declaración de la Iglesia, y habría situado en segundo plano las discrepancias, a fin de atraer al electorado católico. Contrasta esta actitud con la nula crítica que ejerce sobre sus aliados radicales de ERC y poscomunistas de Izquierda Unida-Iniciativa per Catalunya, cuya campaña se dedica a desprestigiar el Tratado Constitucional y aproclamar el "no" rotundo. ¿Por qué calla ZP ante estos últimos y arremete contra la Iglesia? Porque vive de sus fobias y éstas conducen necesariamente a la injusticia que consiste en no dar a cada cual lo que le corresponde.

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