Las vacaciones de un misionero español: al volver de África

Durante los primeros años de mis dos décadas de trabajo misionero en Uganda solía venir de vacaciones a España cada tres años. Nada del otro mundo, si…

Durante los primeros años de mis dos décadas de trabajo misionero en Uganda solía venir de vacaciones a España cada tres años. Nada del otro mundo, si se tiene en cuenta que la generación anterior a la nuestra -que venían a África en barco- iban cada diez o quince. Desde que la salud de mis padres se volvió más delicada, intento venir cada año.
Cuando venía cada tres años el inicio del periodo de vacaciones se me hacía extraordinariamente duro, con todo el cansancio acumulado durante mucho tiempo echándoseme encima y tardando en aterrizar en una realidad que me costaba asumir. Cuando se vive en un lugar del mundo donde la gente vive con menos de un dólar al día, falta de todo y la esperanza de vida está en 40 años, regresar a la sociedad de la abundancia y el bienestar es un choque que sacude el alma y nos deja mudos, dejándonos con la muy extraña sensación de estar fuera de lugar en nuestro propio lugar de origen, donde la lógica humana dictaría que encajamos mejor y nos sentimos más a gusto.
Aquellas primeras experiencias de vacaciones en España tenían sus anécdotas curiosas durante los primeros días. Cuando entraba en el comedor de la comunidad de nuestra casa de los combonianos en Madrid buscaba instintivamente el filtro del agua hasta que alguno de mis compañeros, sonriéndome o tomándome el pelo me indicaba el grifo donde se podía tomar el agua potable.
 
En otra ocasión me reí de mí mismo después de bajar de la habitación a cenar con una linterna en la mano, pequeño ritual cotidiano cuando se vive en el bosque africano con una hora diaria de luz alimentada por grupo electrógeno. Ahora que vengo todos los años aún conservo el hábito de apagar la luz cuando entro en mi cuarto y dejar cerrada la ventana, sin darme cuenta de que no es muy probable que en Madrid entren mosquitos anófeles que nos pueden transmitir el temido paludismo.
Un mes de vacaciones termina por pasarse por un suspiro entre visitar amigos, dar charlas en alguna parroquia o centro cultural, buscar financiación para los proyectos que tenemos entre manos en nuestras misiones, ir a hacernos chequeos médicos (esperando que no tengamos que someternos a tratamientos) y pasar el mayor tiempo posible con los padres, los cuales siempre tendrán razones para quejarse del hijo al que ven muy poco y que está siempre ocupado.
Durante las vacaciones a veces tendremos algún momento de desilusión al darnos cuenta de que la amistad con personas que parecían imprescindibles hace años, con el tiempo se ha tornado fría al separar el paso de los años los intereses en los que ponemos nuestro corazón.
 
Otras personas nos confiarán problemas serios, tal vez de crisis matrimoniales o de hijos a los que no entienden, y tendremos que pasar mucho tiempo escuchando y apoyando, sabiendo que la limitación del poco tiempo que tenemos no nos permitirá hacer mucho.
 
También disfrutaremos de momentos de alegría y serenidad compartiendo una comida con amigos y parientes, paseando por lugares donde no habíamos pasado desde hacía muchos años y recibiendo buenas noticias de otras personas a las que encontramos mejor que hace varios años.
Volveremos a la misión con las maletas cargadas de medicinas y de libros, tal vez con algo de dinero para financiar algunas de las actividades que tenemos entre manos, con el cuerpo descansado y el espíritu más decidido y calmado y una ilusión renovada de volver al país africano del que ya no podemos prescindir.
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José Carlos Rodríguez escribe en el blog http://blogs.periodistadigital.com/enclavedeafrica.php
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