Laudato si’, algunos de sus fines y criterios

La nueva encíclica de Francisco propone poner remedio a los males medioambientales y al problema de justicia social que en muchos casos dimana …

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La nueva encíclica de Francisco propone poner remedio a los males medioambientales y al problema de justicia social que en muchos casos dimana de aquellos. A partir de escuchar el “clamor de esta tierra saqueada y maltratada”, los “gemidos de todos los abandonados del mundo”, es necesario plantearse las preguntas fundamentales en relación a las tres grandes rupturas, hacia Dios, hacia la solidaridad trasgeneracional e intrageneracional entre los seres humanos, y hacia la Creación, la naturaleza y sus seres vivo. “Esta ruptura es el pecado” (66), dice el Papa.

Para conseguir la “conversión ecológica es necesario “cambiar de ruta”, asumiendo con urgencia el desafío que se nos presenta ante el cuidado de la casa común, detectando y asumiendo las raíces del problema, actuando desde una ecología integral que vincula el medio ambiente a las necesidades humanas y sociales, a fin de liberar a la tierra y a todos los seres humanos. Para ello es necesaria la acción de unos sujetos históricos. En primer término, los fieles católicos, retomando las palabras de San Juan Pablo II: “los cristianos, en particular, que descubren su cometido dentro de la creación”, y también con quienes desde el diálogo se sienten concernidos aunque no son miembros de la Iglesia, el diálogo porque entienden que la Tierra es nuestra casa común. Para alcanzar esta acción es necesario un diálogo honesto a todos los niveles de la vida social que facilite procesos de decisión transparentes. Asumiendo que ningún (cap. 6) proyecto puede ser eficaz si no está animado por una conciencia formada y responsable. Por consiguiente, la construcción de dicha conciencia es una necesidad, que se realiza de una manera especialmente exigente desde la experiencia religiosa cristiana.

Asimismo establece el construir un sistema normativo que asegure la protección ecológica (63) El propósito es concretar una ecología integral como nuevo paradigma de justicia, una ecología que “incorpore el lugar peculiar del ser humano en este mundo y sus relaciones con la realidad que lo rodea” (15). De hecho, no podemos “entender la naturaleza como algo separado de nosotros o como un mero marco de nuestra vida” (139). Esto vale para todo lo que vivimos en distintos campos: en la economía y en la política, en las distintas culturas, en especial las más amenazadas, e incluso en todo momento de nuestra vida cotidiana. La perspectiva integral incorpora también una ecología de las instituciones. “Si todo está relacionado, también la salud de las instituciones de una sociedad tiene consecuencias en el ambiente y en la calidad de vida humana: «Cualquier menoscabo de la solidaridad y del civismo produce daños ambientales»” (142).

La encíclica es muy rica en proyecto y contenido, porque articula en un todo el problema y respuesta a la crisis ambiental, las condiciones de vida de los seres humanos, las razones religiosas y éticas que les impulsan a actuar, y el funcionamiento de las instituciones. Vincula ecología, economía, moral y religión, y constituye una vía distinta a quienes no ven la naturaleza degradada, o no valoran sus consecuencias. También es un planteamiento muy distinto del de aquellos que solo ven la naturaleza, pero de una manera tal que desaparece el sujeto para la que fue creada, el hombre. Francisco afirma que todo aquello no se trata de partes separadas, el medio ambiente por un lado, la economía por otro, la ética predicando teoría, y la fe cristiana independiente de todo lo demás. No, se trata de un todo solidario, que también puede formularse en términos de solidaridad. En el tiempo, entre generaciones: que nuestros hijos encuentren un mundo, el natural y el construido por el ser humano, igual o mejor que el nuestro. Y también una solidaridad intrageneracional entre los que compartimos este presente, de manera que la injusticia deje de ser consecuencia necesaria, y por ello motor de muchas realidades mundanas.

Creo que las perspectivas de pensamiento, trabajo, y oración que abre este texto papal, vinculadas a las encíclicas sociales precedentes, con las que mantiene una clara unión de fondo, son inmensas, y que hay la exigencia cristiana de afrontarlas.

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