Lecciones de la falsa clonación

2005 iba a ser el año de la clonación humana. Ahora, parece más bien que va a ser recordado como el año de una de las mayores pifias científicas de la…

2005 iba a ser el año de la clonación humana. Ahora, parece más bien que va a ser recordado como el año de una de las mayores pifias científicas de la historia reciente. El artículo publicado en mayo en la revista Science por el Prof. Woo Suk Hwang y sus 24 colaboradores contiene información falsificada. La comisión de investigación de la Universidad Nacional de Seúl, donde trabaja el autor, ha comunicado a Science que los resultados sobre transferencia nuclear (clonación) humana incluidos en  ese artículo son inventados o exagerados, y está actualmente analizando otra publicación de Hwang en la misma revista del año 2004 sobre células madre embrionarias humanas. En concreto, la comisión concluye en su informe oficial del pasado 10 de enero que “en el laboratorio de Hwang no hay líneas de células madre específicas de paciente (obtenidas por transferencia nuclear) ni hay evidencias científicas que apoyen que esas líneas hayan existido nunca”.  El escándalo ha saltado, lógicamente, a los medios de comunicación de todo el mundo, que habían dedicado una atención extraordinaria a los resultados publicados por Hwang en mayo. Durante cinco meses, el Prof. Hwang ha sido a la vez héroe nacional coreano y estrella del firmamento científico internacional. En Noviembre, se habían encendido las alarmas cuando este investigador admitió que algunos óvulos utilizados en sus estudios habían sido proporcionados por personal femenino de su grupo, como ya había denunciado la Asociación de Bioética de Corea y divulgó una cadena de Televisión de Seúl. Ahora, la cosa es mucho más seria y las consecuencias de este fraude probablemente no han hecho más que empezar. Desgraciadamente, la merma de la confianza de la ciudadanía en la actividad de los investigadores es una repercusión lógica de este desaguisado.

Por otro lado, con toda seguridad,  la insólita noticia de la falsa clonación, tendrá también efectos positivos. Es necesario extraer las lecciones que esta situación nos brinda. A corto plazo, los científicos, los editores de las revistas, los políticos y la sociedad en general aprenderán a ser más críticos con lo que sale de estos laboratorios.  Como consecuencia de esta crisis, varias revistas científicas han revisado lo publicado sobre células madre embrionarias, relacionado directa o indirectamente con el grupo de Hwang, y hasta ahora dos artículos adicionales han sido retractados o desautorizados. Donald Kennedy, el editor de la revista Science, acaba de anunciar su intención de analizar más rigurosamente los manuscritos sobre temas de alto impacto en la sociedad. No estaría mal que todos, y especialmente las instituciones políticas y sociales, reflexionemos a fondo sobre el (poco) rigor científico con que muchas veces se valora este tipo de ciencia. Sin duda cabe el peligro de que, con la promesa de una vaporosa utilidad futura para la curación de graves enfermedades, se relajen los filtros de la buena ciencia. Al abrir esta grieta, se divulgan injustamente expectativas inciertas que afectan a la gente que sufre de esas dolencias y a sus familias. 

A más largo plazo, la historia del ficticio clonador nos invita a reflexionar con mayor profundidad sobre la naturaleza de la investigación biomédica. El sentido original de la actividad científica es la búsqueda de la verdad y el servicio al hombre.  Todos los que trabajamos en investigación científica corremos el riesgo de que, junto a esos fines nobles y bien establecidos, se mezclen otras aspiraciones, no tan desinteresadas, como la fama, la influencia política, la recompensa económica o el poder. En algunos casos, los niveles de esos “contaminantes” son tan altos que la mezcla se hace explosiva y daña gravemente al propio científico, a sus colegas o a la sociedad en general. La lección es importante: todos, como Hwang, tenemos limitaciones y podemos ser hechizados por el espejismo de la fama, que lleva a no admitir ni rectificar a tiempo los errores.  Ningún investigador está inmune, sobre todo si es joven y ambicioso. Si aprendiésemos de verdad esta enseñanza, Hwang merecería un monumento.

Es urgente que hagamos un esfuerzo por volver a las raíces originales de la aventura científica. No me resisto a citar unas frases de Juan Pablo II en la Academia Pontificia de Ciencias el 13 de noviembre de 2000.  En mi opinión, se trata de una pieza maestra sobre la grandeza del quehacer investigador y sobre su genuino objetivo profesional: “La verdad, la libertad y la responsabilidad están unidas en la experiencia del científico. En efecto, al emprender su camino de investigación, comprende que debe recorrerlo no sólo con la imparcialidad exigida por la objetividad de su método, sino también con la honradez intelectual, la responsabilidad y, diría, con una especie de “reverencia”, como corresponde al espíritu humano en su búsqueda de la verdad. (…) El hombre de ciencia sabe perfectamente, desde el punto de vista de sus conocimientos, que la verdad no puede negociarse, ocultarse o abandonarse a libres convenciones o acuerdos entre grupos de poder, sociedades o Estados. Así pues, por su ideal de servicio a la verdad, siente una responsabilidad especial en la promoción de la humanidad, no entendida genérica o idealmente, sino como promoción de todo el hombre y de todo lo que es auténticamente humano”.

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