¿Ley civil o norma religiosa? (I): los cristianos hutteritas

Recientemente han vuelto a ser noticia los casos de musulmanas y musulmanes que optan por el velo o los menús escolares sin carne de cerdo. Al margen …

Recientemente han vuelto a ser noticia los casos de musulmanas y musulmanes que optan por el velo o los menús escolares sin carne de cerdo. Al margen de las costumbres sociales o de las leyes del país de acogida de sus padres, estas jóvenes –nacidas aquí– optan por seguir sus normas religiosas.

No es este un fenómeno nuevo. En muchas ocasiones las personas sienten en su interior el dilema que supone elegir entre la obediencia a la norma religiosa (ley interior) o a la norma civil (ley exterior).

A veces, la opción por la primera sacude los esquemas de nuestras instituciones jurídico-públicas. No así en otros países. Es el caso de Canadá, analizado por el profesor Alvin J. Esau en su magnífico libro The Courts and the Colonies . The Litigation of Hutterite Church Disputes , y que editó la Universidad de Vancouver en su prestigiosa colección “Law and Society”.

La Carta Canadiense de Derechos y Libertades de 1982 reconoce la libertad religiosa –como aquí–, pero, a diferencia de nuestra Constitución, eleva a principio jurídico el multiculturalismo. El art. 27 de la Carta deja claro que «los derechos y libertades se interpretarán preservando y enalteciendo la herencia multicultural de los canadienses.»

Bajo este contexto diversos autores se plantean los términos normativos que deben presidir la acomodación de confesiones “comunitaristas” en el seno de sociedades abiertas y con afianzadas estructuras políticas demoliberales.

Uno de los casos más paradigmáticos a los que se enfrenta Canadá es el de los hutteritas. Se trata de una confesión anabaptista (como los amish y los mennonitas) nacida en el Tirol del siglo XVI y en el seno de un grupo de jóvenes teólogos liderados por Jakob Hutter, al que sus perseguidores condenaron a la hoguera en 1536.

Los hutteritas visten como los protagonistas de “La casa de la pradera”, aquella entrañable serie de televisión. Viven de sus colonias agrícolas; basan su fe en el bautismo adulto en torno a los 20 y 30 años y en la fidelidad matrimonial (el matrimonio se celebra después del bautismo, no antes); defienden la separación respecto del poder político y son pacifistas radicales.

El profesor Esau estudia las disputas internas que han llevado a la expulsión de algunos miembros de la Iglesia Hutterita. La expulsión comporta el destierro y el abandono de la colonia agrícola, que es el medio económico de vida.

Al ser excluidos, algunos hutteritas suelen acudir a los tribunales civiles para reclamar indemnizaciones por el trabajo realizado en las colonias. Y este proceder –se pregunta Esau– ¿es conforme con la profesión de fe hutterita? Es más, ¿deben los tribunales civiles decidir sobre estas cuestiones?

En su libro demuestra que acudir a los tribunales civiles no sólo es contrario a la fe hutterita, sino peligroso para la libertad religiosa, porque en la experiencia jurídica canadiense los jueces acaban haciendo valoraciones no precisamente neutrales. Es decir, poco laicas.

Por ejemplo, enjuician elementos propios de la disciplina y los castigos impuestos a algunos fieles; deciden sobre el régimen comunal de la tierra, privatizándola en favor de algunos expulsados; recompensan económicamente al apóstata; o critican el estilo de vida hutterita y las decisiones del Consejo de Ancianos, máximo intérprete de los Evangelios.

Un juez del Tribunal de Apelaciones de Manitoba, que es una de las Provincias más ricas y conservadoras de Canadá, no tuvo empacho en afirmar que los hutteritas «debían ser liberados de su esclavitud por la ley exterior». ¿Se imaginan aquí una sentencia así criticando el estilo de vida de los inmigrantes musulmanes?

Para Esau, la aplicación que los jueces hacen de la ley exterior no sólo pone en riesgo el modo de vida hutterita, sino que además se convierte en un instrumento de coacción estatal para obligarlos a adoptar los valores liberales dominantes. Y en este contexto, se pregunta de qué sirve invocar una cláusula multiculturalista que no actúa como instrumento crítico de esos valores dominantes.

Piénsese que los hutteritas están permeando a su modo la herencia multicultural de Canadá. Hace siglos que dejaron de ser inmigrantes para convertirse en nacionales canadienses. Algo muy parecido está ocurriendo en España. ¿Seremos capaces de asumirlo y exigir, sin discriminaciones, los mismos derechos y deberes?

Aunque nuestra Constitución no contemple ninguna cláusula multiculturalista, más pronto que tarde se deberá consensuar un modelo propio de integración del pluralismo cultural-religioso.

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