¿Libertad para poner bombas?

Poner una bomba está claro que es una extralimitación o perversión de la libertad. Y ello queda patente por su secuela de muertos…

Poner una bomba está claro que es una extralimitación o perversión de la libertad. Y ello queda patente por su secuela de muertos y heridos que suelen ser inocentes. Pero, en otro terreno, los límites a la libertad pueden no resultar tan claros:

Una cosa es usar educadamente la libertad de expresión para mantener una opinión o parecer aunque pueda ser discutible o incluso falsa; y otra es injuriar o ofender soezmente creencias que otras personas de la sociedad consideran como lo más preciado.

Lo primero debe ser amparado por una libertad de expresión rectamente entendida. Pero lo segundo tendría que tener un indubitable lugar en el código penal.

En particular, ¿ha de existir un supuesto derecho a la blasfemia soez?

En realidad el pobre hombre que blasfema no alcanza a Dios, que si no fuera como es misericordioso, se reiría del torpe blasfemo, o le enviaría al momento un terrible castigo (eso sucedería si Dios fuera un pobre hombre como nosotros).

El pecado, en verdad, daña al mismo hombre y la blasfemia pública y soez induce al mal a otros miembros de la sociedad. Así la blasfemia pública es como un cáncer moral, una bomba moral y espiritual, cuyos efectos negativos, aunque sean menos visibles, no son menos graves que los de una bomba material, y puede ocasionar malignos daños espirituales.

Desde otra perspectiva, constituye una ofensa a los creyentes, que pueden sentir –como comentó el Papa Francisco– algo así como si insultasen a su madre.

Por todo ello, la libertad de expresión no debería comprender la emisión pública de blasfemias soeces y gratuitas, sino que así como está penada la injuria y la calumnia, así tendría que estar penada la injuria a aquello que representa un valor superior e íntimo para el creyente.

Es cierto que Dios ha hecho al hombre libre y que permite que éste incluso emplee tal libertad para ofenderle. Pero no es menos cierto que las libertades públicas (más allá del fuero íntimo de la conciencia de cada cual) tienen como límite natural la libertad de los demás. Y no es lícito el abuso de la libertad para ofender y zaherir.

Y maticemos que no es del todo exacto lo que hemos dicho que el pecado no daña a Dios, sino a los hombres. Ya que, en su insondable misericordia, Dios, que de suyo es inasequible al sufrimiento, se ha permitido sufrir en Cristo al abrazar en su persona divina nuestra naturaleza humana.

Su imagen crucificada es un retrato de cómo han dejado nuestro pecados al mismo Dios. Pero también es una imagen de cómo de malheridos dejan a los propios hombres sus pecados (si Cristo está en el colmo del sufrimiento es porque toma sobre Sí, las consecuencias del pecado del hombre para pagar por nosotros pecadores).

Lo cual quiere significar que el mayor pecador puede alcanzar el perdón. Y, por tanto, más que suscitar venganza las ofensas, nos deben inclinar a la compasión por el pobre ofensor que tiene la mayor pobreza, la del espíritu, y necesita una mano que lo recoja del pantano apestoso de sus ofensas. Todo ello sin mengua de una recta justicia humana que proteja el derecho a no ser ofendido, el derecho a que no se propague en la sociedad un cáncer moral y espiritual.

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