Liquidación, de Imre Kertész

  Tenemos aquí una nueva entrega de la obra del premio Nobel de literatura 2002. Se trata de una novela innegablemente incardinada en la tradición n…

 

Tenemos aquí una nueva entrega de la obra del premio Nobel de literatura 2002. Se trata de una novela innegablemente incardinada en la tradición narrativa centroeuropea. No es opcional, a lo largo de sus páginas, ser remitidos constantemente a los relatos de Kafka, Bernhardt, Musil,…

 

Si nos limitamos a una lectura superficial, de esas que ahora se llevan, la novela es francamente pesimista, es un descenso a los infiernos que se han abierto en el sujeto postmoderno tras los campos de concentración, donde no sólo murieron seis millones de judíos, sino las esperanzas de muchos más seres humanos. En la Segunda Guerra Mundial el hombre demuestra su capacidad de mal, y eso no pasa desapercibido para nadie con dos dedos de frente. La pregunta es: ¿Quién nos librará de nosotros mismos? O sea, la misma pregunta que nos aguijonea ante las noticias de injusticia, terrorismo y aniquilación que encabezan las primeras páginas de los periódicos de este último mes, y, con total certeza, de los que hoy leen esta reseña.

 

Pero Kertesz hace más que eso. No sólo es capaz de describir con un estilo absolutamente idóneo y preciso el estado de la cultura actual y del hombre concreto, desnudándolo de la cosmética consumista y hedonista. Kertesz no es un suicida más surgido de los campos de concentración, es un escritor que mediante la escritura investiga y busca la posibilidad de la salvación. Por supuesto que no cae en la defensa de las grandes ideologías. Es mucho más sincero y se pega a la mera materia, al hombre desolado y desorientado que campea hoy por las ciudades europeas como fingiendo que su vida es importante. Y describe, sólo describe, examinando cada detalle, esperando la respuesta que no conoce pero que intuye porque se fía de su deseo más oculto, el del significado. “Todo parece absurdo –parece que diga- pero tengo que haber olvidado algo, tengo que haber dejado algo al margen que quizá redima todo esta materia amorfa que es el hombre y su cultura”. Y encuentra cosas, pequeños detalles, esquirlas de felicidad que si uno lee con atención explican que su escritura sea un camino y no un mero descenso o una tragedia más.

 

El protagonista de esta novela, si se puede decir que haya un protagonista, es un escritor judío cuya vida ha sido tocada de muerte por Auschwitz. Por eso se suicida tras pasarse la vida recluido escribiendo, con una mujer que le abandona porque tanto él como su asfixiante pseudo-comunidad de intelectuales no le dejan ser feliz. Se trata de un hombre obsesionado por el mal que alberga el hombre, por un mal que es real y que a él se le antoja decisivo y determinante.

 

El único brillo de posibilidad que aparece en el libro es algo que dice su mujer, tras haber encontrado un hombre que la ama y haberse casado con él: “Amo a mi marido. Y desde que lo amo a él, también me amo a mí misma”. Hasta ese momento todas las relaciones humanas parecían definidas por la afirmación de Keserú, amigo de B., el citado escritor, y antiguo amante de Judit, su mujer: “el único vínculo verdadero entre dos personas es la conciencia de culpa”. Porque, como él mismo dice después: “No creo en nada más, sólo en la escritura. El hombre vive como un gusano pero escribe como los dioses”. La afirmación de Judit es la única y precaria afirmación de verdad que aparece en la novela. A través de ella nos damos cuenta de que el hombre postmoderno está preso de su soledad porque vive en una cultura que le afirma como centro del mundo y en seguida, claro, nos damos cuenta de que no estamos a la altura. A través de ella nos damos cuenta de que el hombre no es nadie sin “otro” que le afirme. Pero tiene que ser alguien que esté a la altura de nuestro deseo de felicidad. Por eso Keserú afirma que el hombre escribe como los dioses, porque tiene un deseo de infinito que le lanza hacia la belleza como una natural catapulta, pero solo no es capaz de llegar, se queda siempre en mera escritura, en mero rastro de algo que podría haber sido pero de lo que somos incapaces.

 

El problema de Judit no es que no se fíe de su corazón. Ella parece ser el único personaje de la novela que intenta esa proeza, todos los demás parecen anclados en el lodazal de su propia existencia. El problema es que el objeto sobre el que ella hace descansar su deseo no está a la altura de él, y enseguida se da cuenta de eso cuando Ádám, su nuevo marido no es capaz de perdonarle su pasado, y ella le contesta: “Lastima que rescindieras nuestro contrato, Ádám. Lástima que rescindieras nuestra felicidad.”

 

Todo esto, a mi me parece evidente, de lo que habla es de lo que falta, no de lo que hay en la novela. Kertesz está clamando por algo que esté a la altura de procurarle descanso al corazón del hombre y, por mucho que lo busca fenomenológicamente en el entorno de sus personajes, no encuentra nada porque la cultura que les rodea ha sido arrasada por el propia humanidad y su historia. Por eso, se dice en el libro, hablando de los hombres: “habían perdido el sentido de la grandeza y sólo les había quedado el sentido del asesinato, pero no cabía la menor duda de que habían desarrollado este sentido del asesinato y lo habían sofisticado hasta llegar al arte e incluso casi hasta la grandeza (…) Mirándolo bien, observando con detenimiento el arte contemporáneo, dijo, sólo encontraríamos una única rama artística que hubiera sido desarrollada hasta el nivel de un arte sin parangón, y esta rama era el arte del asesinato”.

 

Porque no encuentra eso que busca, Judit acaba como un zombi, como tantos hombres y mujeres que comparten asiento en el autobús con nosotros y que, pese a su disposición positiva ante el mundo, no encuentran. Nos lo dice Judit: “un buen día tomé conciencia de que me sentía satisfecha. Lo comprobé asombrada puesto que no tenía ningún motivo para la satisfacción. Tuve que comprender que había cruzado una frontera. Estaba quemada. Compadecía mi joven vida. No estaba dispuesta, sin embargo, a emprender nada por ella. No tenía ni deseos ni objetivos, no quería morir pero tampoco me gustaba vivir. Era un estado peculiar y, a su modo, ni siquiera desagradable”. Tras leer la novela y comprobar su realismo, uno sólo saca una conclusión: vuelven tiempos favorables para la Iglesia.

 

Jorge Martínez, profesor de la Universidad Abat Oliba CEU

 


KERTÉSZ, IMRE. LiquidaciónAlfaguara, traducción de Adan Kovacsics, 152 págs., 16,50 €

 

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