Lluís Companys pidió la presencia de un sacerdote, se confesó y comulgó

Lluís Companys, el presidente de la Generalitat que fue fusilado por el régimen franquista el 15 de octubre de 1940, ha sido estos días noticia y tema…

Lluís Companys, el presidente de la Generalitat que fue fusilado por el régimen franquista el 15 de octubre de 1940, ha sido estos días noticia y tema de análisis y comentarios coincidiendo con el 64º aniversario de su muerte. De todo lo que se ha dicho y escrito, hay un tema que puede ayudar a cerrar heridas, pero que se ha destacado poco: su inquietud religiosa reflejada en la recepción de sacramentos pocas horas antes de la ejecución. A partir del testimonio de Ramon de Colubí, la persona que actuó como abogado defensor de oficio, se ha sabido que Companys murió muy tranquilo “y sin ningún rencor”. Cuando el general Orgaz aprobó la sentencia de muerte y fue leída en Montjuïc, el presidente de la Generalitat pidió la presencia de un sacerdote. Fue asistido espiritualmente por un capellán castrense y un jesuita, se confesó, participó en una Misa y recibió la comunión.

 

Esta actitud de Companys, que fue totalmente libre, es todo un ejemplo humano y cristiano en una situación tan dramática y difícil como es la condena a muerte, independientemente del bando al que perteneciese. Hemos conocido, en las últimas décadas, ejemplares maneras de afrontar la muerte mostradas por mártires que fueron ejecutados durante la Guerra Civil, y también antes, unas personas que, en muchos casos, han sido elevados a los altares. Pero las beatificaciones o canonizaciones de estos mártires se fundamentan en el hecho de que murieron violentamente porque profesaban una fe, no porque hubiesen apoyado la sublevación militar de 1936. De la figura de Companys, aunque no obtenga el reconocimiento eclesiástico de la santidad, queda un positivo referente: su actitud de perdón hacia los que le mataron sin ninguna clemencia.

 

Los que se dedican a revisar la historia reciente de España caen muchas veces en la simplificación de dividir a la sociedad entre los que estuvieron con el franquismo y los que apoyaron la república y, por tanto, la democracia. Pero existe también lo que podríamos denominar la “España gris” o “la tercera España”, a la que pertenecieron hombres como Manuel Carrasco i Formiguera (asesinado por las tropas franquistas), el beato Francesc Castelló i Aleu (asesinado por los republicanos sin que se hubiese decantado por ningún bando, sólo porque era católico) o el también beato Pere Tarrés (en este caso sin martirio, pero con un claro espíritu fraternal con unos y otros). Son ejemplos de entereza a la hora de vivir la cercanía de la muerte y acercarse a Dios, como también hizo Companys, pero sobre todo son nombres que pueden ayudar mucho a mirar al futuro sin rencor, pensando en la verdadera paz basada en la justicia y el perdón.

 

Una conmemoración diferente

 

El acto institucional organizado por el ejecutivo catalán el viernes pasado en Barcelona, que contó con la presencia de la vicepresidenta del Gobierno español María Teresa Fernández de la Vega, y la constitución, este martes, de una comisión interministerial para el estudio de la situación de las víctimas de la Guerra Civil y del franquismo constituyen las principales novedades de una conmemoración marcada por el debate sobre cómo hacer compatible la necesidad de mirar al futuro en paz con una mayor justicia a la hora de recordar hechos del pasado que constituyen, sin duda, páginas oscuras en la historia de España.

 

Lluís Companys cometió errores cuando era presidente de la Generalitat, pero no fue, en ningún caso, el responsable de los asesinatos que se cometieron en los años 30 a catalanes que profesaban su fe católica. Su gran problema es que no supo controlar a esos grupos violentos. Sin embargo, hay que recordar que también evitó muertes y puso la Generalitat al servicio de la protección de muchos amenazados, entre ellos el cardenal Vidal i Barraquer (entonces primado de España) y los monjes de Montserrat, en cuyo monasterio el propio Companys puso, además, un despliegue de seguridad cuando la montaña corría peligro. Pero una vez acabada la Guerra Civil, Franco no atendió ninguna petición de clemencia después de que Companys fuese detenido el 13 de agosto de 1940 por tropas alemanas en la Bretaña francesa (ocupada entonces) y trasladado dos semanas después a Madrid.

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