Lluís Martínez Sistach: “Confío en la acogida de toda la comunidad cristiana”

El arzobispo electo de Barcelona, Lluís Martínez Sistach, afronta su nueva etapa episcopal con ilusión y esperanza, aunque reconoce que le da pena dej…

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El arzobispo electo de Barcelona, Lluís Martínez Sistach, afronta su nueva etapa episcopal con ilusión y esperanza, aunque reconoce que le da pena dejar Tarragona, donde era el titular metropolitano desde 1997. Justo una semana después del nombramiento anunciado por la Santa Sede el martes 15 de junio, ya sabemos que su entrada en la archidiócesis de Barcelona tendrá lugar el domingo 18 de julio por la tarde. En cuanto a las otras nuevas sedes creadas con la división, el nuevo obispo de Terrassa, José Ángel Saiz, celebrará su entrada el domingo 25 en la nueva catedral, la Basílica del Santo Espíritu, mientras que la del nuevo titular de Sant Feliu de Llobregat, Agustí Cortés, no será hasta septiembre. Monseñor Martínez Sistach hace para ForumLibertas.com algunas reflexiones unos días después de hacerse público que, a partir de ahora, será el pastor de la comunidad cristiana de Barcelona.

-Monseñor Lluís, ante todo muchas felicidades por su reciente nombramiento. ¿Cuáles son sus primeras impresiones?

-En primer lugar, saludo a todos los lectores, especialmente a los catalanes y particularmente a los que son de la diócesis y de la nueva provincia eclesiástica de Barcelona. Aunque agradezco al Santo Padre la confianza que me ha manifestado, la responsabilidad que se me da es ciertamente una carga pesada y fuerte por la complejidad de la propia Iglesia diocesana. Me ha costado asumir la decisión del Papa porque, aunque uno tiene una espiritualidad de servicio y disponibilidad con la Iglesia, humanamente cuesta. Pero cuando se me pregunta insistentemente sobre esto, siempre recuerdo lo que suelo decir a los párrocos cuando, al pedirles un cambio de parroquia, manifiestan sus desacuerdos o su voluntad de quedarse donde estaban. Llega un momento en que les pido que acepten el nuevo destino y, si ellos obedecen (algo que sucede en la inmensa mayoría de los casos), entonces el arzobispo no tiene que ser menos.

-Ha hablado usted de la obediencia, un valor que nuestra sociedad tiende a rechazar y que, en casos como el de su nombramiento, debe prevalecer sobre cualquier otro pensamiento, ¿no?

-Así es. La obediencia, en realidad, es a Dios nuestro Señor, que se manifiesta a través de la Iglesia y, por tanto, del Santo Padre, que es quien ahora me pide que gobierne la diócesis de Barcelona. Sucede lo mismo a otros niveles, por ejemplo con los sacerdotes diocesanos, que deben atender lo que les pide su obispo. Tanto ellos como yo somos sacerdotes que, en el día de nuestra ordenación, ya prometimos esta obediencia. En la Iglesia, que es como una familia con su intimidad y su interior, todo debe ser presidido por la comunión. En definitiva, la obediencia tiene un valor muy grande para nosotros los católicos, que formamos la gran familia de los hijos de Dios. Al mismo tiempo, es expresión del amor a Dios y a los hermanos, a la Iglesia de Jesucristo y al sentido más profundo de la vida entendida como ese don que, en realidad, no es nuestro sino del propio Dios. Y Él nos ha dado la vida precisamente para invertirla en aquello que quiere de nosotros. Lo importante es siempre descubrir la voluntad de Dios. Pero una vez la tenemos clara y nos fiamos de Él, a pesar de las dificultades que tienen todas las vocaciones y los estados de vida, el Señor también da su ayuda y su fuerza.

-¿Esperanza y confianza son, de alguna manera, las armas con las que usted afronta esta nueva etapa episcopal en Barcelona?

-Sí. Confío, además, en la acogida y la colaboración de mis queridos hermanos sacerdotes, así como de los diáconos, religiosos, religiosas y laicos. Con muchos diocesanos de ahora, yo ya había trabajado durante años tanto en mi anterior etapa como obispo auxiliar de Barcelona (1987-1991) como también después en el ámbito interdiocesano de la Tarraconense. Entre todos iremos haciendo lo que la Iglesia debe hacer en este momento. Y es que la Iglesia tiene que responder a los retos de cada momento, porque siempre puede encontrarse la presencia de Dios, con su voluntad y su amor a los hombres y las mujeres de hoy.

-Muchos creyentes coinciden a la hora de valorar positivamente, cuando les preguntan por usted, la larga experiencia pastoral y episcopal (es obispo desde 1987) combinada con el alto grado de conocimiento de Barcelona, donde Lluís Martínez Sistach nació hace 67 años. ¿Cómo ve este pequeño análisis el propio “interesado”?

-Muy bien, aunque con toda la humildad que Dios pueda darme. Gracias a Dios, tengo una cierta experiencia pastoral, pero siempre hay que aprender. Yo siempre digo que, para los sacerdotes y obispos, nunca se sabe lo suficiente sobre cómo hacer de pastor. Los tiempos cambian, la gente es distinta en cada época de la historia, las comunidades y las instituciones de Iglesia también son diferentes y las diócesis presentan alguna peculiaridad propia. El pastor es el que se da, se entrega, ama y va buscando siempre cómo anunciar a Jesucristo a aquellas personas dentro de sus ambientes y sus situaciones. Esta presencia de la Iglesia de Jesucristo en un territorio determinado, con sus rasgos propios, es algo muy bonito. La función de un sacerdote diocesano y de un obispo es riquísima porque permite llegar a tantas personas y a entrar tanto en la vida de la gente que siempre deja huella en unos y otros. Por ejemplo, cuando un párroco se despide de sus fieles, la gente suele emocionarse y organiza una fiesta para acompañar a quien ha sido su pastor durante un tiempo. Y esto, en la vida civil o en la administración, no se produce porque suele ser un entorno menos profundo. Lo que caracteriza al pastor es que llega mucho a la vida de todas las comunidades, las instituciones, los movimientos y los diocesanos en general.

-A nivel mediático, estamos acostumbrados a conocer los nombramientos de obispos españoles casi siempre de uno en uno. Quizás ahora, en el caso de Barcelona, no esperábamos tantas noticias a la vez. Supongo que, para usted, es especialmente positivo que se haya anunciado simultáneamente el nombre de su sustituto en Tarragona, ¿no?

-Sí. En Tarragona, en Barcelona y en cualquier diócesis, lo importante es la Iglesia, a la que todos servimos en cada momento y en cada circunstancia. Y dentro de la Iglesia, el obispo y pastor es absolutamente necesario porque, sin él, no hay Iglesia. Pero también es cierto que la Iglesia está formada por otras muchas personas que también la sirven. Todos los bautizados, que son miembros de la Iglesia diocesana, tienen que colaborar con su obispo, que hasta ahora en Tarragona era yo pero que a partir de ahora será Jaume Pujol. Así es como todos participamos en la misión común de anunciar a Jesucristo a los hombres y mujeres de hoy, a una sociedad que está muy secularizada especialmente en el caso de Cataluña. Pero como dice el Papa en su reciente exhortación Ecclesia in Europa, la secularización afecta a toda la Europa occidental. Pues bien, es en este ambiente y en esta sociedad donde los cristianos anunciamos a ese Jesucristo que tanto puede hacer por todas las personas. Tenemos que hacerlo con respeto a la libertad religiosa, pero también con convicción, convencidos de que ofrecemos algo muy bueno, que es el testimonio de Jesucristo, Dios hecho hombre, muerto y resucitado. Todos necesitan el amor de Dios para dar sentido a la vida.

-¿Cómo ve el proceso de división de la archidiócesis de Barcelona que le afecta a usted tan directamente como arzobispo de la nueva provincia eclesiástica?

-Requiere un tiempo. La idea de dividir una diócesis tan grande como la de Barcelona viene de lejos. Ya el Concilio Vaticano II habla de la necesidad de que diócesis con elevado número de habitantes reorganicen sus límites para que el obispo pueda tener una relación más personal con los diocesanos. Y esa idea ha sido motivo de un largo estudio. De todas formas, hay que reconocer que los cambios de delimitación entre diócesis siempre son dolorosos y traumáticos. Además, hay partidarios y detractores que ofrecen sus argumentos a favor y en contra. En este caso, como la Santa Sede ha decidido hacerlo, lo que se necesita ahora es la colaboración de todos, aceptando la nueva situación y creando conciencia de Iglesia diocesana sobre todo en las dos nuevas diócesis, porque Barcelona ya la tiene por su larga historia. Pero más allá de la conciencia diocesana, la nueva provincia mantendrá servicios, actividades y planificaciones comunes. Mucha gente que ahora estará en diócesis diferentes trabajaba conjuntamente, un hecho también propiciado por la movilidad.

-¿Volver a Barcelona es, para usted, como regresar a sus orígenes?

-Sí. Los grandes recuerdos de mi vida hasta los 55 años están en Barcelona. Pero me fui primero a Tortosa en 1991 y a Tarragona en 1997, dos diócesis a las que amo profundamente y llevo en mi corazón. Siempre he intentado entregar y ofrecer todo lo que tengo por el bien de los demás, y eso no tiene fronteras. Es verdad que el ministerio episcopal se ejerce en cada diócesis con aspectos diferentes, y ahora en Barcelona no será una excepción. Ahora mismo, por ejemplo, pienso en las muchas personas de Barcelona que sufren el individualismo, la soledad, la pobreza… Ofrecer el consuelo y el amor de Dios, unido al convencimiento de que Dios nos ama, es un mensaje muy necesario especialmente ahora que estoy a punto de convertirme en el pastor de su diócesis.

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