Lo que hundirá a España

Lo que hundirá a España si no emprendemos un cambio radical será la falta de hijos, la quiebra de la natalidad. No se trata de ni…

Lo que hundirá a España si no emprendemos un cambio radical será la falta de hijos, la quiebra de la natalidad. No se trata de ninguna exageración sino de una evidencia cuantitativa. La demografía es una de las ciencias que admite predicciones con mayor fiabilidad, y es sobre estas predicciones que basamos nuestra rotunda afirmación. Lo que sucede es que este problema vital adolece de una condición, que es que su daño se produce en dosis homeopáticas, no se observa con el paso de los días, a corto plazo, hace falta un periodo largo de tiempo para que los males tengan consecuencias directas. El problema es que entonces es demasiado tarde para actuar. La otra razón que dificulta el abordaje de una sociedad incapaz de afrontar sus propias realidades es la ceguera progresista, que ve en la maternidad, mejor dicho en el embarazo un problema de salud en lugar de una necesidad, o mejor todavía, una bendición.

La situación puede caracterizarse con unas pocas cifras. Hoy, en plena crisis, con un 26% de paro, tenemos algo más de 16 millones de afiliados a la Seguridad Social, sobre un total de 30 millones de personas en edad de trabajar. En el año 2050, la cifra de habitantes se habrá reducido sustancialmente y es muy difícil que superemos de manera significativa los veinte millones. Suponiendo que entonces hayamos alcanzado algo que ahora resulta inimaginable, como sería solo un 5% de paro, y descontando personas activas pero que se encuentran discapacitadas, aplicando las correcciones estándar, tendríamos que los afiliados a la Seguridad Social oscilarían entre los doce y los quince millones. Entre uno y cuatro millones menos de afiliados que ahora; mientras que, como es lógico por el progresivo envejecimiento de la población y el aumento de la esperanza de vida, los jubilados se habrían multiplicado. En otras palabras, ni con el pleno empleo España será capaz de mantener un mínimo de sus pensiones.

Claro que siempre hay quien aduce "crecerá tanto la productividad que un solo trabajador podrá mantener a más de un jubilado". Evidentemente, se trata de un error. Veámoslo: la productividad en los últimos veinte años ha crecido con una media anual del 0,8%. Supongamos ahora que cambiamos radicalmente nuestro comportamiento y que, en lugar de aquella cifra, pasamos a crecer durante los próximos veinte años a un ritmo medio del 1,5%. Pues bien, en este caso, el PIB en el 2050 lo habríamos multiplicado por 1,5, pero, ¡es que el valor de las pensiones se habrá multiplicado por dos! Eso sin contar que en España el crecimiento de la ocupación ha significado siempre reducción de la productividad y que, por lo tanto, el reto que se plantea con estas cifras tan optimistas, que no consiguen equilibrar la situación, es inaudito. Porque tenemos que alcanzar y mantener una productividad históricamente inalcanzada para periodos largos y, al mismo tiempo, lograr la plena ocupación. Una tarea titánica desde el punto de vista de la concepción y la realización práctica, y que a pesar de ello no arregla el panorama.

Esto nos conduce a un punto esencial: sin más nacimientos no hay posibilidades de salvar a la sociedad española, su capacidad de producir riqueza, el estado del bienestar. Y esto no solo no sucede sino que, al contrario, cada vez la regresión es más importante. Evidentemente, hay carencias económicas que lo justifican, pero también hay aspectos ideológicos muy importantes. Las mujeres agnósticas o ateas, no es que no lleguen a la tasa de reemplazo de 2,1 hijos por mujer fértil, es que ni tan siquiera llegan a la unidad. Las católicas practicantes de este país se acercan a aquella tasa, pero tampoco la alcanzan. Ahí hay también una reflexión: muchos católicos cumplen fielmente con su vocación de paternidad y maternidad, pero hay otros muchos que no afrontan con suficiente diligencia el cumplimiento de este deber hacia sí mismo y hacia la humanidad de este acto de amor que siempre significa el engendrar vida.

Estamos afirmando, por consiguiente, que la respuesta se mueve en dos planos. Uno, secular, necesitamos políticas potentes en favor de la familia y de la maternidad; y, también en el plano de nuestra fe, necesitamos una Iglesia mucho más consciente de la necesidad de aportar vida. Y esto, obviamente, significa librar la batalla del aborto. Pero, atención, tan importante como ésta es generar una cultura favorable a la vida, referenciada en sí misma, y no como receta prefabricada como argumento contra el aborto. Celebrar la vida, presentar esta celebración a la sociedad con nuestros actos, con nuestras familias, con nuestros hijos, es fundamental, y un primer deber para con Dios y para con los hombres.

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