Lo que la Iglesia aporta

De manera periódica surgen comentarios cortados por un mismo patrón que explican los “privilegios” económicos de la I…

De manera periódica surgen comentarios cortados por un mismo patrón que explican los “privilegios” económicos de la Iglesia. La reiteración es abrumadora, porque sigue así, en El País, sobre todo, y también en la red, donde se imponen. Y es que no basta con elaborar una vez al año una memoria, o como respuesta a un ataque aislado. En la batalla cultural en la que vivimos inmersos es necesario explicar con detalle y reiteración, para conseguir un efecto viral, que dineros proceden del Estado y a qué son destinados. Sobre todo hacer buenos balances de lo que la Iglesia aporta, empezando por los propios recursos de Cáritas, los más fáciles de calcular, pero aún así incompletos porque no existe un registro consolidado de las aportaciones de las parroquias. Y luego todo lo demás, y no solo en capital y flujo financiero, sino también en términos del valor del capital humano, del progreso técnico, y del capital social, datos a partir de las unidades básicas, las parroquias, los arciprestazgos y las diócesis. No puede ser que el sistema estadístico en la base sea tan mínimo y pretecnológico. Los laicos pueden contribuir de una manera eficaz a esta tarea, a partir de la definición de un sistema único de recogida y sistematización de los datos. Esto permitiría disponer de magnitudes desagregadas útiles pata toda acción pastoral: la evolución de la asistencia a misa por conteo, y los datos de bautizos, comuniones, y confirmaciones, así como el de defunciones con la corrección que imponen el extendido sistema de tanatorios.

Volviendo al origen de la pregunta. Pero, realmente, ¿dónde están los privilegios? Normalmente citan que en la excepción del IBI, la asignación del IRPF, la financiación de las escuelas religiosas concertadas, el salario de los sacerdotes, y el mantenimiento del patrimonio eclesiástico. Repasemos los hechos brevemente.

El tratamiento del IBI no es ninguna exclusiva de la Iglesia. Atañe a las entidades sin afán de lucro, religiosas, ateas, o seculares, como las fundaciones. Ahí no hay privilegio sino norma general. Si les interesan los privilegios fiscales pueden mirar a los partidos y sindicatos.

La asignación tributaria, la ‘cruz’ en la declaración del IRPF, es una aportación individual y no del presupuesto del Estado. No debe confundirse con un impuesto religioso, un sistema vigente en países como Alemania, Suecia, y Austria. El sistema español es mucho más flexible y participativo, es una especie de referéndum anual, al que sería bueno que se sujetaran los partidos y sindicatos.

Las escuelas concertadas no reciben tal trato por ser religiosas, porque las hay de todo tipo, sino como consecuencia del reconocimiento constitucional del derecho de los padres a la educación moral y religiosa de sus hijos. Algo parecido sucede con el patrimonio. La ayuda para su conservación no surge de la confesionalidad, sino a causa de su valor artístico y monumental. Además, dada su insuficiencia, la propia Iglesia debe espabilarse para buscar más recursos.

La retribución que perciben los sacerdotes proviene de la aportación individual y voluntaria que hacen los ciudadanos a través del IRPF, y tampoco forma parte de los presupuestos del Estado.

Pero a todo esto le falta algo decisivo: la Iglesia es la mayor ONG de España. Su actuación ahorran millones a las Administraciones Públicas, y es entre siete y nueve veces más eficaz. Cáritas, en pleno recorte de lo público, muestra un presupuesto que crece y crece. Y esta es solo una parte de la gran obra social católica. Cuando se hacen cuentas han de ser veraces y completas.

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