Lo que la Iglesia debería darnos mejor

En este caso me refiero a nuestra Iglesia cotidiana, con la que nos relacionamos habitualmente, la parroquia sobre todo y por consiguiente la di&oacut…

En este caso me refiero a nuestra Iglesia cotidiana, con la que nos relacionamos habitualmente, la parroquia sobre todo y por consiguiente la diócesis. Con todas las excepciones que se quieran, esta Iglesia no nos enseña suficientemente bien aquello que es necesario para preparar los caminos del Señor, a aplanar sus rutas.

Me refiero a ejes vitales muy concretos, como estos:

No se cansa de referirse al amor, pero se detiene poco a explicarnos su naturaleza y esto en tiempos de confusión es una necesidad imperativa; ni, sobre todo, a cómo se construye y que condiciones exige. A veces, peor, se liquida con citas que pueden resultar profundamente desafortunadas si no se explican bien, como la muy abusada de “ama y haz lo que quieres”.

Necesitamos de la oración más que nunca, incluso hay parroquias que nos llaman a practicarla, pero no son maestros en el orar, no nos muestran cómo hacerlo de la mejor manera posible.

La muerte es para todos el resumen de la vida, más todavía para el cristiano, para quien es la puerta de acceso a Dios. A pesar de tanta importancia, nuestra Iglesia próxima tiene muy olvidado el educar en este difícil proceso, precisamente en una sociedad que decidió ocultar la muerte y actuar como si no existiera, más allá de la TV.

No nos educa en el conocimiento de lo que son las virtudes, lo cual conduce a la hipótesis de que debe haber pastores que crean que no son necesarias para la salvación y el testimonio, o no son un indicador de la Gracia.

No nos prepara para llevar la buena nueva cristiana, como evangelizar, como ofrecer los caminos del Señor.

A pesar de la importancia y quiebra de la familia, no entrena en cómo construir y llevar la iglesia doméstica, desde el inicio, es decir la preparación al matrimonio, durante y, cuando llega el caso, final, con una buena pastoral sobre los católicos que inician procesos de anulación. Es bueno que la Iglesia afronte los retos del matrimonio en la sociedad desvinculada, como los divorciados que se han vuelto a casar, pero es mejor todavía que además de dedicarse a los segmentos pequeños y lejanos elabore, y sobre todo realice, una mejor tarea sobre el grueso central de los fieles; los que van a construir o ya han construido una familia, para que sea un lugar donde la fe en Jesucristo se viva con normalidad y dedicación en una combinación inextricable con la vida de cada día.

Todo esto lo digo en el bien entendido de que no se trata de unas referencias ocasionales -“ya lo hemos dicho”- sino de un verdadero proceso educativo que significa regularidad, progresión, método.

A veces nos pasa lo que nos pasa no por grandes adversidades, sino por haber olvidado lo básico.

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