Los acuerdos de París: la posición de los católicos

Los acuerdos de París sobre el cambio climático significan un hito. Es cierto que no existen compromisos cuantitativos para los distintos países, y esto deja en la incertidumbre su cumplimiento, pero en contrapartida, sí se ha producido el acuerdo global de no superar en dos grados la temperatura media del planeta en el año 2050, y a ser posible situarse en solo 1,5 grados. Este objetivo, ligado a las propuestas presentadas por la mayoría de países, en términos concretos que aunque insuficientes son la base de inicio, y los mecanismos para el seguimiento y cumplimiento, otorgan credibilidad a lo pactado. Además, y a diferencia de Kioto, ahora están prácticamente todos los países del globo y los dos máximos contaminadores, China y Estados Unidos.

Pero, sumado y restado, lo cierto es que resulta una necesidad espolear a los gobiernos para que se esfuercen en cumplir objetivos, que a corto plazo -el que corresponde a las elecciones- son poco agradecidos, para beneficiar un largo plazo que no verán. En definitiva: los acuerdos de París están en manos de la conciencia y exigencia ciudadana.

Y es en relación a este punto crucial, que se impone la pregunta sobre cuál ha de ser la posición de los católicos. Y aquí la respuesta es clara y rotunda: compromiso firme y activo para preservar el planeta. No se trata de una opción de partido, sino de un mandato evangélico de siempre, y muy concreto después del Compendio de Doctrina Social de la Iglesia y, sobre todo, de la encíclica del papa Francisco.

Laudato si” es un aldabonazo al mundo y a la conciencia católica. El escrito papal muestra claramente la voluntad de señalar la continuidad entre el actual desarrollo de la posición de la Iglesia sobre las relaciones del ser humano con la creación. Cabe así recordar que el Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia dedica un capítulo, el décimo, a “Salvaguardar el medioambiente” con un enfoque que alcanza incluso a la biotecnología.

Francisco cita al beato papa Pablo VI que en 1971 se refirió a la problemática ecológica, presentándola como una crisis, que es «una consecuencia dramática» de la actividad descontrolada del ser humano: «Debido a una explotación inconsiderada de la naturaleza, [el ser humano] corre el riesgo de destruirla y de ser a su vez víctima de esta degradación», (Carta ap. Octogésima adveniens (14 mayo 1971), 21: AAS 63.

También cita a San Juan Pablo II, quien se ocupó de este tema ya en su primera encíclica señalando que el ser humano parece «no percibir otros significados de su ambiente natural, sino solamente aquellos que sirven a los fines de un uso inmediato y consumo» (Redemptor hominis (4 marzo 1979), 15: AAS 71 (1979), 287). Sucesivamente llamó a una conversión ecológica global. Pero al mismo tiempo hizo notar que se pone poco empeño para «salvaguardar las condiciones morales de una auténtica ecología humana» (Centesimus annus (1 mayo 1991), 38: AAS 83 (1991), 841, y todavía una referencia más cuando establece que “el auténtico desarrollo humano posee un carácter moral y supone el pleno respeto a la persona, pero también debe prestar atención al mundo natural y «tener en cuenta la naturaleza de cada ser y su mutua conexión en un sistema ordenado». (Sollicitudo rei socialis (30 diciembre 1987), 34: AAS 80 (1988), 559)

La conciencia católica a prestar una atención particular y unión entre la creación de Dios y hacia los más pobres y abandonados. Esa es la constante de la encíclica: el respeto a la naturaleza es inseparable del amor a los que están en los márgenes de la sociedad, la justicia con los pobres. Todo ello unido a una vida sencilla y en armonía con Dios, con los otros, con la naturaleza y consigo mismo. “La pobreza y la austeridad de San Francisco no eran un ascetismo meramente exterior, sino algo más radical: una renuncia a convertir la realidad en mero objeto de uso y de dominio

Para abordar todo ello es necesaria “una ecología integral que requiere apertura hacia categorías que trascienden el lenguaje de las matemáticas o de la biología y nos conectan con la esencia de lo humano”. Porque la naturaleza es también el libro en el que Dios habla al ser humano, y “nos refleja algo de su hermosura y de su bondad”: «A través de la grandeza y de la belleza de las criaturas»

Esa es la perspectiva, específica la “Laudato si”, sobre la que los católicos deben basar su exigencia para que los acuerdos sobre el cambio climático se conviertan en objetivos gubernamentales y en prácticas sociales.

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