Los caminos de Dios no son nuestros caminos, o cómo entrar en la lógica de Dios

A las puertas del Año de la Fe, y considerando la extendida ausencia de Dios en la vida de tantas personas, el reto no puede ser atraerlas con …

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A las puertas del Año de la Fe, y considerando la extendida ausencia de Dios en la vida de tantas personas, el reto no puede ser atraerlas con cantos de sirena, que es la tentación en que han caído algunos mal llamados católicos, con gran daño para la Iglesia. Recientemente, hemos podido verlo, con inevitable disgusto, en la web de pastoral de los jesuitas. Cristo dijo y así está escrito: “Quien quisiere salvar su vida la perderá, mas quien perdiere su vida por amor de Mí, la volverá a encontrar”. “Si alguno quiere venir en pos de Mí, niéguese a sí mismo, y cargue con su cruz y sígame”. “No ha de ser mayor el siervo que su amo”.

El mensaje es muy exigente porque demanda abnegación, a la que se resiste nuestra humana naturaleza, si bien a la abnegación van algunos con gusto por amor de Dios. En realidad, Dios no nos pide que hagamos como las almas más generosas y valientes, sino, simplemente, que le sigamos, aunque sea con descontento. En este sentido, Santa Faustina Kowalska tuvo una visión del Cristo de la Divina Misericordia del que, por mediación de unos sacerdotes, procedían resplandores y fuego semejantes a un relámpago, el cual tocaba a una gran multitud de gente que corría y, cuando alguien era “alcanzado por aquel rayo, daba la espalda a la muchedumbre y tendía los brazos a Jesús; algunos volvían con gran alegría y otros con gran dolor y pena. Pero, añade, “Jesús miraba con gran amabilidad a los dos”. Y es que Jesús sabe cómo somos cada uno, qué nos puede pedir, y que algunas de sus exigencias no nos van a gustar porque tal vez frustren nuestras expectativas o nuestros anhelos humanos. Caso en que sufrimos y en que Él sufre con nosotros, pero dándonos en todo caso su paz y su consuelo mientras nuestra tibieza nos impida alegrarnos sinceramente, además de seguirle, con solo sentir el amor que nos tiene a cada uno. También dice Santa Faustina: “el Señor me dio a conocer qué gloria más inefable le espera al alma que es semejante a Jesús doliente aquí en la tierra; tal alma será semejante a Jesús en su gloria. El Padre Celestial honrará y estimará nuestras almas en cuanto vea en nosotros la semejanza con su Hijo. Comprendí que esta semejanza con Jesús nos es dada aquí en la tierra”.

La cruz se asocia a sacrificio y ciertamente lo conlleva, aunque desde antiguo tiene más bien un sentido de pertenencia, de la cual deriva una exigencia y un sacrificio como se le exige a la Iglesia en tanto que Esposa de Cristo, por la que Cristo derramó previamente su sangre, o como se exige a los esposos entre sí en el Sacramento del Matrimonio. En la Cruz de Cristo convergen, unidos, el Creador y toda su creación, que incluye a la humanidad, representada en la Iglesia con su vocación universal. Esta realidad aparece representada en la visión de la Santísima Trinidad que tuvo Sor Lucía (del Mensaje de Fátima) en Doroteas de Tuy: “De repente toda la Capilla se alumbró de una luz sobrenatural y una Cruz de luz apareció sobre el altar llegando hasta el techo. En la claridad de la parte superior se podía ver la cara de un hombre y su cuerpo hasta la cintura. En el pecho había una paloma de luz, y clavado en la Cruz había el cuerpo de otro hombre. Por encima de la cintura, suspendidos en el aire, podía ver un cáliz y una gran Hostia, en la cual caían gotas de sangre del rostro de Jesús crucificado y de la llaga de su costado. Estas gotas, escurriendo en la Hostia, caían en el cáliz. Debajo del brazo derecho de la Cruz estaba nuestra Señora. Era Nuestra Señora de Fátima, con su Corazón Inmaculado en su mano izquierda, sin espada ni rosas, pero con una corona de espinas y llamas. Debajo del brazo izquierdo de la Cruz, grandes letras como si fuesen de agua cristalina que corrían sobre el Altar formando estas palabras: “Gracia y misericordia”.

Si toda humanidad pertenece a Dios y aparece unida a Él, aun después del pecado original, en virtud de la Divina Misericordia y mediante el Sacrificio de Cristo, es porque ciertamente el diablo se interpone en ese vínculo de pertenencia, alienando al hombre con gran sufrimiento para el mismo Creador, que nos hizo y nos quiere libres pero para hacer el bien. El Libro de la Sabiduría es bien explícito sobre la existencia del diablo: “…Dios crió inmortal al hombre, y formóle a su imagen y semejanza: mas por la envidia del diablo entró la muerte en el mundo…”. Y Cristo vino al mundo para entregar su vida en rescate de la humanidad caída, y someter de este modo a la muerte, en nombre de su insondable Misericordia.

Entrar en la lógica de Dios es asumir -porque ciertamente no existe otra opción- que el hombre, fuera de Dios, está abocado al abismo. Como dijeron a Cristo sus discípulos, “Señor ¿a quién iremos? Sólo Tú tienes palabras de vida eterna”. Y las condiciones de seguimiento no las ponemos nosotros, sino Dios, por medio de Cristo y de su Iglesia. Son condiciones para todos, con independencia de las circunstancias individuales, y no siempre es fácil cumplirlas -eso ya lo sabe bien Dios, que por eso instituyó los Sacramentos mediante los que administra su gracia-, pero tampoco es imposible: “Tomad mi yugo sobre vosotros (…) y hallaréis el reposo para vuestras almas. Porque suave es mi yugo, y ligero el peso mío”, nos dice Cristo. Y si alguno no acepta el yugo pues debe saber a qué atenerse y la Iglesia recordárselo. No se puede correr detrás de la oveja perdida si no es para que se adhiera a la vida que Cristo nos propone. Si se le propone otra cosa, el que tal propone no sólo no recupera una oveja sino que se hace rebaño con ella para acompañarla a la perdición.

Como nos dice Jesús en los Santos Evangelios: “Entrad por la puerta angosta (…) ¡Oh, qué angosta es la puerta y cuán estrecha la senda que conduce a la vida; y qué pocos son los que atinan con ella!”. Al respecto de esto mismo, Santa Faustina cuenta que tuvo también la siguiente visión: “Un día vi dos caminos: un camino ancho, cubierto de arena y flores, lleno de alegría y de música y de otras diversiones. La gente iba por este camino bailando y divirtiéndose, llegaba al final, sin advertir que ya era el final. Pero al final del camino había un espantoso precipicio, es decir, el abismo infernal. Aquellas almas caían ciegamente en ese abismo a medida que llegaban, caían. Y eran tan numerosas que fue imposible contarlas. Y vi también otro camino o más bien un sendero, porque era estrecho y cubierto de espinas y de piedras, y las personas que por él caminaban tenían lágrimas en los ojos y sufrían distintos dolores. Algunas caían sobre las piedras, pero en seguida se levantaban y seguían andando. Y al final del camino había un espléndido jardín, lleno de todo tipo de felicidad y allí entraban todas aquellas almas. En seguida, desde el primer momento olvidaban sus sufrimientos”. Esos sufrimientos que les habían amargado su paso por el mundo, ciertamente, pero que les habían permitido llegar hasta allí. Y es que, como dicen también los Santos Evangelios, ¿de qué le sirve al hombre el ganar todo el mundo, si pierde su alma?

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