Los cristianos y la política

En tiempo de crisis, la presencia de los cristianos en la vida política debería ser más viva y exigente que nunca. Exigencia, en …

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En tiempo de crisis, la presencia de los cristianos en la vida política debería ser más viva y exigente que nunca. Exigencia, en primer lugar, dirigida a sí mismos porque es de su propia conciencia forjada en la mirada en Cristo desde donde pueden hacer la aportación que tanto necesita nuestra sociedad. Tal y como escribió el Cardenal Martini en su ‘Hablo a tu corazón’, para una regla del cristiano ambrosiano, en 1996, el cristiano ha de estar siempre llamado a elegir aquello que más place a Dios, también en la vida pública. Y esto sólo es posible si dedica una parte de su atención y su tiempo de manera cotidiana, con perseverancia, a escuchar e imitar la Palabra de Dios en diálogo y en comunión con la Iglesia a la que pertenece.

El cristiano ha de mantener una vigilancia consciente de la sociedad. Ha de ser crítico con la miopía de todo aquello que es menos de Dios, estar dispuesto a la denuncia de todo lo que ofende o manipula a la dignidad del ser humano, y ser ágil, decidido e inteligente en el anuncio de la fe directa o indirectamente. Porque, si se dedica a la política, su testimonio será una de las contribuciones más importantes que pueda hacer al servicio de esta fe y del Evangelio. En una sociedad marcada por la acelerada dinámica en la comunicación y donde el ruido es mucho mayor que la sabiduría, escoger el mejor camino no siempre es fácil, por eso el cristiano no puede abandonar nunca la práctica cuotidiana de los sacramentos, la dedicación y la oración.

La conciencia crítica, por consiguiente está alimentada por la contemplación de la cruz de Cristo e inspirada en la esperanza de que nunca defrauda, de su resurrección. Su compromiso con la vida pública es de servicio y no de otro tipo, y le exige entender cómo puede imitar a Jesús en este tipo de vida. Ello implicará el respeto a la legalidad, que significa también actuar para transformar todas las leyes injustas que no pueden ser acatadas; y en la disponibilidad a gastar su propia exigencia de acuerdo con la voluntad del Señor a favor del prójimo. Esto exige un grado de renuncia a sí mismo, para tener capacidad de acoger a los demás y de serles fiel, de una importancia extraordinaria.

Esto es lo que importa del cristiano en política, coherencia con la fe profesada, capacidad para el discernimiento cultural y eficacia profesional. Estas son las virtudes específicas de que debe disponer el cristiano. Todo esto define el horizonte de sentido hacia el que deben avanzar con exigencia todos aquellos cristianos que están en política o que se sienten llamados a la misma. El peor error es querer traducir estas condiciones en un programa político concreto, en una ideología. No porque el programa no sea necesario, es vital. Proyecto, programa y emoción: éstas son tres condiciones esenciales para toda acción política. Lo que importa es el sujeto que realiza el proyecto, y las condiciones que ha de tener el sujeto cristiano son las que precisamente definen su acción.

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