Los falsos epicúreos

Cuando en ocasiones escribo o hablo de la necesidad de recuperar nuestra tradición cultural, algunas personas interpretan la expresión e…

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Cuando en ocasiones escribo o hablo de la necesidad de recuperar nuestra tradición cultural, algunas personas interpretan la expresión en uno de estos dos sentidos inexactos: la cultura catalana o el cristianismo. Evidentemente los dos forman parte de ella, pero la referencia a la tradición cultural es mucho más amplia. Alcanza desde los poemas homéricos a las aportaciones contemporáneas del otro lado del Atlántico, como las de Rawls, Rorty, MacIntyre o Taylor.

Pensar y actuar en este tipo de tradición es lo único que nos permite recuperar un horizonte de sentido personal y colectivo, porque permite disponer de la unidad profunda que subyace en nuestra civilización y que estamos en riesgo de liquidar.

Tomaré un ejemplo: el uso de la palabra epicúreo para designar una forma de vida centrada en el placer que se contrapone radicalmente a una cultura aristotélica o cristiana. Tal visión es una caricatura grosera del esfuerzo que Epicuro realizó hace más de dos milenios al construir una filosofía dirigida a favorecer la paz del espíritu humano. Como Aristóteles, consideraba que el fin del ser humano es alcanzar la felicidad, pero Epicuro pensaba que ese logro se identificaba con el placer entendido como ausencia de dolor. Ahora bien, esto no significaba aceptar cualquier placer, dado que algunos pueden provocar dolor a largo plazo.

Para conseguir el equilibrio se requería de unas virtudes: la prudencia, como guía del placer; la moderación, que proporciona el grado de imperturbabilidad necesaria para eliminar deseos artificiales y necesidades creadas (como la hipersexualización y el hiperconsumismo), ya que el sabio de Samos consideraba que los deseos han de ser pocos y sencillos para satisfacerlos sin frustraciones, y eso es la moderación o si se quiere la templanza; la fortaleza, porque nos libera del miedo y la ansiedad; y la más elogiada de todas, la amistad, concebida como un pacto para no dañar ni ser dañado, que para Epicuro es el principio de la justicia social.

El filósofo desdeña la sobrevaloración de la riqueza y el poder porque los considera inútiles para la felicidad. En esta idea de la virtud hay una unidad profunda en nuestra cultura. Es lo que hizo a la Europa que conocemos. Pero la larga secuencia del reconocimiento de la virtud ha sido destruida. Se reclama, por ejemplo, honradez y veracidad, fidelidad. Pero, ¿cómo van a existir tales valores sin personas virtuosamente honradas y veraces? Menos hablar de ‘valores’ y más formación en virtudes.

Aristóteles, por su parte, afirmó que el fin de la política es contribuir a la fidelidad humana, y que el medio para alcanzarlo son las virtudes. Pero, ¿qué organización política se atreve a proclamar el imperio de la virtud?

Josep Miró i Ardèvol, presidente de E-Cristians y miembro del Consejo Pontificio para los Laicos

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