Los hijos de la muerte

El mundo, de norte a sur y de este a oeste, está cubierto de sangre inocente: millones de muertos inocentes, millones de hambrientos inocentes,…

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El mundo, de norte a sur y de este a oeste, está cubierto de sangre inocente: millones de muertos inocentes, millones de hambrientos inocentes, millones de pobres, pobres, pobres … Millones de seres que, día a día y minuto a minuto, sufren inocentemente por falta de recursos. Ellos no ven, cada día, el sol brillar; ni ven por la noche el resplandor de las estrellas; ni pueden contemplar la belleza de nuestro mundo; ni nuestros majestuosos monumentos; ni la grandeza y sublimidad del arte. Ellos ven: desolación, amargura, enfermedades, esclavitud, hambre y tristeza. Ellos ponen la mano y reciben: el desprecio de la indiferencia, el insulto del silencio y el terror implacable de un mundo que les da la espalda. Y ven, atónitos, a su alrededor a los corruptos que engendran en sus propias entrañas: armamento, soberbia, dinero, poder, codicia, egoísmo; y ellos mientras mueren y otros como padres y madres ven que mueren sus hijos y además ven con el corazón maltrecho y en carne viva como mueren y porque mueren; mueren: como escoria; como despojos despreciados de los poderes corruptos e inhumanos de este mundo. Y es tremendo ver que unos y otros escondemos el ala, decimos: “bueno, yo no puedo hacer nada” ¡Eso: los políticos, los banqueros, los ricos! y todos nos quitamos de en medio. Unos: porque no sabemos amar; otros: porque no queremos amar y otros: porque ni tan siquiera caemos en la cuenta de que tenemos que amar. Y todos tristes, porque la insolidaridad: engendra tristeza, engendra desánimo, engendra insatisfacción. Nuestra vida cambiaría radicalmente si nos ejercitáramos en la solidaridad, si viviéramos pendientes de los demás, entregando parte de nuestro tiempo y de nuestro dinero en realizar actividades de generosidad. Hay muchas formas de ayudar pero tenemos que movilizarnos para que la pereza no nos venza, ni nos venzan las desilusiones. Toda ayuda vale, pues Dios siempre multiplica su efecto. También se necesita la ayuda de la oración: constante y perseverante, para que Dios nos hable en el corazón y nos enseñe a amar.

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