Los impulsos de la carne enfrentados a las aspiraciones del espíritu

Las andaduras del hombre por este mundo siempre han trascurrido entre las solicitudes de D. Carnal por una parte y Dª Cuaresma por otra. D. Carna…

Las andaduras del hombre por este mundo siempre han trascurrido entre las solicitudes de D. Carnal por una parte y Dª Cuaresma por otra. D. Carnal sería el caballero disoluto y despreocupado amigo del buen comer, del buen beber, del buen vivir, ávido de experimentar todo lo que está a nuestro alcance aquí y ahora; en cambio Dª Cuaresma representaría a la dama austera y piadosa que piensa en el más allá, que está pendiente del futuro, que en previsión de lo que vaya a suceder se olvida del ahora. Desde muy antiguo, estas dos fuerzas vienen librando una batalla sin cuartel, que tiene su escenario universal en la naturaleza humana; pero existe otro escenario personal que cada cual conoce bien, en el que cada día uno mismo tiene que hacer de mediador entre tendencias opuestas, sin que hasta ahora nadie haya podido acabar con ninguna de las dos, si bien es verdad que, según las situaciones por las que atravesamos, ha prevalecido una sobre la otra, cual corresponde a un espíritu encarnado como es el nuestro. Morir al mundo para poder vivir la vida del espíritu en plenitud ha sido y sigue siendo una aspiración religiosa a lo largo de la historia; pero también lo ha sido el vivir a ras de tierra el momento presente a instancias de una concepción puramente materialista de la vida.

Hoy nos encontramos más cerca de lo segundo que de la primero. Vivimos más pendientes del cuerpo que del espíritu, obsesionados por las necesidades materiales y perentorias, como en su día pudo darse la obsesión de un ascetismo desmesurado que invitaba a vivir como si no tuviéramos un cuerpo al que había que alimentar y cuidar. Si por algo se caracteriza nuestra cultura es precisamente por la inmediatez y provisionalidad, después de haber renegado del pasado y del futuro. Es así como nos hemos ido quedando suspendidos en la fugacidad del momento presente, en el que todo se disuelve, siendo esto lo único que preocupa a la conciencia del hombre posmoderno. Al final da igual hagas lo que hagas o dejes de hacer, porque todo se resuelve en el devenir, sin que haya algo permanente a lo que poder agarrarte, de aquí la constante incitación a vivir el instante que tienes ante ti, a exprimirle el jugo hasta donde sea posible, a disfrutarlo a tope y después… que nos quiten lo bailado. ¿No es éste el sentir de nuestro tiempo?

Aún con todo, es bien cierto que la fugacidad del tiempo, si se contempla a la luz del espíritu cuaresmal, lo que viene a recordarnos es otra dimensión diferente, que nos introduce en el ámbito de la intemporalidad, desde donde la vida y la muerte, la felicidad e infelicidad, adquieren un sentido diferente. En estos días del año se nos convoca a salir de la dispersión y adentrarnos en el recogimiento, se nos alerta a tomar conciencia de que no es el vivir, ni el amar, ni el sufrir, lo que en realidad importa, porque todo esto es fugaz; se nos exhorta también a reír como si no riéramos, a llorar como si no lloráramos, a sufrir como si no sufriéramos, a morir como si no muriéramos, porque todo ello pasa como un relámpago; lo importante es lo que vamos dejando atrás, es decir lo que queda después de haber vivido, de haber amado, de haber sufrido, en fin, después de haber realizado nuestra labor, y haberla realizado bien y sobre todo importa saber que la vida sigue su camino después de la muerte, después de que todo haya pasado. Al final, lo que queda es lo que hayamos hecho durante una vida, todo lo caduca que se quiera; pero con frutos imperecederos, que habrán de ser lo que al final distinguirá a los unos de los otros para siempre.

El saber vivir es un arte difícil, que está íntimamente relacionado con saber para qué se vive, y seguramente ésta sea la suprema sabiduría del hombre. “El vivir por el vivir”, que caracteriza a nuestra actual cultura, ha venido a restar profundidad y sentido a nuestras vidas; por ello a nosotros, los cristianos, nos produce una enorme insatisfacción este modo de hablar y de sentir del hombre posmoderno y quisiéramos que nuestro mundo volviera a recuperar la finalidad última de su existir, en el marco de un horizonte de trascendencia. Bien entendido que el estar en desacuerdo con la filosofía del “vivir por el vivir” no significa en modo alguno ser enemigo de la vida, como a veces se nos acusa, ni tampoco adolecer de una falta de compromiso con el momento presente; no, es simplemente un cambio de perspectiva que nos permite ver la vida en toda su esencialidad y plenitud, desde la permanencia del espíritu. Sólo bajo la perspectiva de eternidad podremos decir, en palabras de Antonio Machado, que “hoy es siempre todavía”.

Los diversas filosofías o ideologías que han tratado de ofrecernos un humanismo complaciente y optimista han acabado por estrellarse con la presencia del mal, la insatisfacción y la muerte en el mundo, a lo que nunca han acabado de encontrar sentido. Cansados ya de tantos intentos malogrados, nos hemos refugiado en un cinismo escéptico, que nos ha llevado a esconder la cabeza como el avestruz, pensando que ésta era la única salida a una situación desesperada. Hemos escondido las cosas que no nos gustaban para quedarnos sólo con las placenteras y hemos dicho que ésta era la realidad. Nos hemos quedado sólo con el presente, para que la memoria del pasado no nos torturara, ni la incertidumbre del futuro creara inquietud a nuestras conciencias. Nos engañamos a nosotros mismos y así vamos tirando como podemos; pero la realidad humana es la que es y no sirve de nada hacernos trampas. En cualquier caso, hay que verla como un episodio dentro de una trama más larga con un final feliz y esto es motivo de esperanza, de la que mujeres y hombres andamos tan necesitados

Ángel Gutiérrez Sanz, catedrático de Filosofía y autor del libro ‘Reflexiones de un cristiano de a pie’

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