Los nuevos ateos: son beligerantes y no ven nada bueno en la religión

En EEUU sólo hay un uno por ciento de americanos que se declaran ateos, pero los libros de autores ateos y antirreligiosos beligerantes tienen …

En EEUU sólo hay un uno por ciento de americanos que se declaran ateos, pero los libros de autores ateos y antirreligiosos beligerantes tienen un gran éxito. También tienen éxito de ventas en la más descristianizada Europa.

El contundente etólogo británico Richard Dawkins, llamado “el rottweiler de Darwin” colocó su libro The God Delusion entre los diez primeros en el ranking de Amazon.com y del New York Times.

Sam Harris, norteamericano, filósofo interesado en la neurociencia, triunfó el año 2004 con The End of Faith: religión, terror and the future of reason. En 2006 lo hizo con otro libro polémico: Letter to a Christian Nation.

El filósofo Daniel Dennett publicó el invierno de 2005sulibro Breaking the Spell: religion as a natural phenomenon, en el que insistía enque la religión es una respuesta darwiniana, un necesidad muy humana de creer. Su especialidad es buscar lo que define la conciencia del hombre, frente a la del animal, desde el materialismo.

En Francia –y España- han tenido éxito los panfletos de defensa del ateísmo (y especialmente de anticristianismo) de Michel Onfray; libros provocadores, agresivos, fáciles de leer y peleones, tienen títulos ampulosos: Manual de antifilosofía (2005) y Tratado de ateología (2006).

Estos y otros personajes, ya no científicos o pensadores sino artistas como el mago Penn Jillette, o humoristas más o menos groseros como Leo Bassi y Christopher Hitchens, pueden ser clasificados en lo que la revista WIRED y USNEWS.COM llaman “los nuevos increyentes” ("the new unbelievers").

¿Qué tienen de nuevo?

¿Qué tienen de "nuevo" estos críticos de la religión? Para empezar, son beligerantes y no quieren ninguna componenda con la idea de “Dios”. Se ríen del deísmo cándido de un Rousseau, de un Thomas Jefferson o de un Voltaire. Estos ilustrados criticaban a la Iglesia, el evangelio y el cristianismo, pero filosóficamente pensaban que debía haber algún tipo de divinidad creadora o mantenedora.

Además, Voltaire murió católico, confesado y arrepentido. “Muero en la santa religión católica en la que he nacido, esperando de la misericordia divina que se digne perdonar todas mis faltas y que si he escandalizado a la Iglesia, pido perdón a Dios y a ella”, escribió en su lecho de muerte.

A los nuevos ateos, la idea de una religión filosófica, humanista, vagamente deísta o espiritual les parece igual de inaceptable que el cristianismo. Aunque Sam Harris le ve cierta utilidad moral a algunas disciplinas de la espiritualidad oriental, todos coinciden en que por lo general la religión no sólo es falsa, sino que es es causa de maldades, desmanes e infelicidad.

Richard Dawkins incluso ha declarado que “la religión moderada hace del mundo un sitio más seguro para el fundamentalismo”. Todos ellos coinciden en que no es bueno “abstenerse” de tratar el tema en la calle, en la mesa, en la Universidad… que en todos estos ambientes deben debatirse las afirmaciones religiosas aplicándoles el mismo escrutinio que a las afirmaciones científicas.

No a la coexistencia: la ciencia ha de ir contra la religión

Todos ellos coinciden al rechazar la idea de que la ciencia y la religión son dos tipos de magisterio que no se oponen y que de hecho no se solapan. Rechazan la idea de que “la ciencia no debe examinar las afirmaciones religiosas ni la religión las afirmaciones científicas”. Para ellos, la ciencia debe examinarlo todo críticamente.

Richard Dawkins, el rottwailer de Darwin

Y cuando el método experimental falla, siempre se puede recurrir a argumentos de retórica más o menos visual. A la afirmación: “la ciencia no puede demostrar que Dios no existe”, responden “es cierto, pero como dijo Bertrand Russell tampoco se puede demostrar la existencia de una tetera orbitando alrededor del sol y no por eso pensamos que existe”.

Como el debate físico, cosmológico, biológico, tiene sus limitaciones para el público que lee prensa de divulgación, enseguida estos autores acuden al debate sociológico: la creencia religiosa fomenta la infelicidad y la inmoralidad.

Violencia y condones

Para ello tienen dos grandes argumentos amplificados por los medios de comunicación hasta la saciedad. Por un lado, las creencias religiosas provocan guerras de religión y violencia religiosa: ahí están las Torres Gemelas, los atentados de Madrid y Londres, el Islam violento, hindúes y musulmanes, etc…

Por otro lado, al catolicismo, que en nuestra época es eminentemente pacífico y que tiene cierto prestigio científico –al contrario que el fundamentalismo protestante-, se le acusa una y otra vez de impedir la distribución de condones y así ser culpable de la muerte de millones de africanos.

Michel Onfray en su Tratado de Ateología repite las críticas de Freud y Nietzsche al judeocristianismo, mezcla anécdotas bíblicas fuera de contexto, insiste en escenas sanguinarias de la Biblia, acusa a los católicos de colaborar con los nazis y piensa que el enfrentamiento Bush-Bin Laden es básicamente una guerra de religión (ni de petróleo ni de geoestrategia).

Sam Harris, autor de The End of Faith

Muchos lectores cristianos con poca base científica y filosófica, que pueden sentirse amedrentados al leer las páginas de ciencias naturales materialistas de estos autores, cuando leen los argumentos de actualidad o de historia sobre “la maldad” de la religión, empiezan a sospechar que los argumentos de ciencias naturales quizá tampoco son muy fiables.

Predicar la verdad de que no hay dios

Richard Dawkins y Sam Harris concluyen que si la religión tuvo alguna vez una utilidad social, ya no la tiene. Debe retirarse a la catacumba de la vida privada, no mediante la violencia de Robespierre y del gulag, sino con la enseñanza firme e insistente de la verdad por parte de los “increyentes” (es decir, de los creyentes en la no-existencia de Dios).

El humorista Christopher Hitchens, autor de God is not great, dice que cuando más alabanzas y aplausos recibe es cuando en sus shows se burla de la religión. Defiende que la religión sea limitada tanto como sea posible a la vida privada. Pero cree que los ateos no tienen posibilidades de conseguir “la victoria final sobre la superstición religiosa”. Es decir, eliminarla de las mentes de la población.

La historia lo demuestra con varios ejemplos. Tomamos uno soviético. En 1932, en el 17º Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética, la Unión de los Sin Dios (5 millones de militantes, incluyendo 2 millones de jóvenes, un diario de 500.000 ejemplares de tirada, 60.000 células repartidas por la URSS) estableció un plan quinquenal para eliminar la religión de cara a 1937.

Pero cuando se hizo el censo de 1937, tras años de persecuciones físicas e intelectuales, deportaciones, exterminios y educación comunista, de 30 millones de ciudadanos de la URSS analfabetos mayores de 16 años, el 84 % (más de 25 millones) se declararaban aún creyentes; e incluso entre los 68,5 millones de alfabetizados, el 45 % (más de 30 millones) eran aún creyentes. Estas cifras obligaban a admitir un fracaso evidente de la lucha total contra la religión y la Iglesia, y con la invasión alemana de Rusia Stalin abandonó el objetivo: necesitaba convocar al pueblo a una guerra santa contra el opresor nazi.

Y es que la beligerancia anti-Dios, incluso si es sólo en el campo del debate y de las ideas (que de todas formas siempre lleva al campo de las políticas, incluyendo políticas que deciden la vida o muerte de millones, como es el aborto) no es una beligerancia bien vista por muchas personas.

Por ejemplo, el académico Robert Wright, de la Princeton University, autor de un libro sobre los cambios en la religión (The Evolution of God) y especializado en las circunstacias sociales que llevan a la beligerancia religiosa, piensa que los nuevos increyentes están socavando un valor de las sociedades anglosajonas. “Nos absteníamos de decir cosas malas de la religión, de hablar de ello durante la comida; pero estos tipos quieren hablar de religión en la comida”.

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