Los obispos europeos: “2015 ha puesto en crisis la política y a los líderes”

Los atentados terroristas en París, la crisis griega, los flujos de prófugos hacia el viejo continente, la guerra contra el llamado Estado Islámico: estas son, según la Comece, algunas de las graves emergencias que han puesto a la prueba a los gobiernos de la Unión Europea

The sculpture "Europe a Coeur" ("Europe at Heart") by artist Ludmila Tcherina is seen in front the European Parliament on October 12, 2012 in Strasbourg, eastern France. The Nobel Peace Prize was awarded on October 12, 2012 to the European Union, an institution currently wracked by crisis but credited with bringing more than a half century of peace to a continent ripped apart by World War II. AFP PHOTO/FREDERICK FLORIN FRANCE-EU-NOBEL-PEACE-AWARD

2015 ha sido un año de eventos excepcionales para la vieja Europa, tanto que han puesto a la prueba a todos los líderes políticos del continente, obligándolos a tomar decisiones clave en medio de emergencias muy graves; sin embargo, verse obligados a intervenir casi siempre en contextos particularmente críticos no ayuda a tomar las mejores decisiones. Por ello, es necesario volver a los principios originales que dieron vida al proceso de integración europea, al impulso espiritual y al humanismo que caracterizaron sus primeros pasos, para recuperar esa esperanza en un mañana mejor que ha vuelto en estos días, entre la Navidad y la Epifanía, a iluminar el contexto contemporáneo de los creyentes y no creyentes.

Es lo que afirma el padre Patrick H. Daly en el editorial de fin de año de “Europeinfos”, órgano de la Comece (Comisión de los Episcopados de la Comunidad Europea).

En particular, Daly, que es Secretario general de “Europeinfoes”, subraya que muchos de los eventos más importantes en la historia reciente que sucedieron en 2015 no fueron previstos ni estuvieron en las agendas de las diferentes cancillerías: desde el ataque contra Charlie Hedo hasta los nuevos ataques terroristas de París, desde la crisis del euro y de Grecia (que pusieron en discusión la misma cohesión de la Unión) hasta la explosión del problema de los refugiados o la guerra con el llamado Estado Islámico. Probablemente, explicó Daly, las señales de estas crisis fueron ignoradas, pero justamente a partir de ellas Europa debe volver a encontrar un camino que sea creíble.

“Un dato particularmente alarmante —se lee en el editorial— es el hecho de que la política es moldeada por lo inesperado, el evento que nadie había previsto (o cuyas señales premonitorias habían sido menospreciadas) y que se convierte inmediatamente en la principal prioridad política”. “Nuestros dirigentes políticos y los diferentes responsables y funcionarios —explica— se esfuerzan de una u otra manera para afrontar la situación tanto en las capitales como en las instituciones de la Unión Europea, tomando, literalmente al vuelo, decisiones polacas que tienen un impacto enorme en nuestra sociedad”.

Es un dato confirmado, revela el padre Daly, que “de casos difíciles nacen malas leyes. De la misma manera, se podría afirmar que la elaboración de políticas que responden solo a casos excepcionales, a pesar de lo urgentes que sean, no son un hecho positivo ni a nivel estratégico ni a nivel político. Mientras 2015 llega a su fin, los dirigentes europeos no se encuentran solo frente a un solo problema insuperable, sino a varios de ellos. Pocos quisieran estar en su sitio, todos están perplejos en relación al camino que habría que seguir”.

“La Navidad y la Epifanía —afirma el religioso en “Europeinfos”— nos recuerdan cada año que Dios visitó nuestro mundo y que existe una solidaridad entre el cielo y la tierra. La Navidad es también una luz que apareció entre las tinieblas y que vino para transformar el mundo”. Y añade: “Para los que no comparten nuestras convicciones religiosas”, este periodo, que se identifica cada vez más con las vacaciones o las fiestas de fin de año, “sigue volviendo a encender la esperanza de que un mañana mejor es posible efectivamente”. Además, queda claro que la convicción de que una nueva concepción sobre los valores que son el fundamento del proyecto europeo y la posibilidad de volver a encontrar parte de la energía espiritual y del humanismo que permitió construir el sueño de la integración europea y que inspiró a sus fundadores pueden “venir hoy a socorrernos”. “Nosotros —observa el padre Daly— queremos una sociedad abierta, libre, democrática”. Aspiramos, concluye, a la edificación de una Europa en la que todos los ciudadanos, portadores de valores europeos, tengan un papel que desempeñar en la construcción de nuestra comunidad, sean los que llegaron en el verano de 2015 o todos los que nacieron aquí, “sus derechos y sus deberes son los mismos”.

Por otra parte, el mismo Papa Francisco llamó a los europeos a asumir sus responsabilidades frente a un bagaje extraordinario de valores que deben revivir en el presente, sin encerrarse en la resignación ni en el repliegue provocados por la crisis económica y social, y por la multiplicación de los problemas a escala internacional. Cuando hace poco más de un año, en noviembre de 2014, el Papa se dirigió al Parlamento de Estrasburgo, dijo, entre otras cosas: “Tal soledad fue agudizada por la crisis económica, cuyos efectos perduran todavía con consecuencias dramáticas desde el punto de vista social. Se puede constatar que, durante los últimos años, al lado del proceso de extensión de la Unión Europea ha ido creciendo la desconfianza de los ciudadanos respecto a instituciones consideradas distantes, dedicadas a establecer reglas que se sienten lejanas de la sensibilidad de cada pueblo, e incluso dañinas. Desde muchas partes se recibe una impresión general de cansancio, de envejecimiento, de una Europa anciana que ya no es fértil ni vivaz. Por lo que los grandes ideales que han inspirado Europa parecen haber perdido fuerza de atracción, en favor de los tecnicismos burocráticos de sus instituciones”.

“El futuro de Europa —afirmó poco después Papa Francisco— depende del redescubrimiento del nexo vital e inseparable entre estos dos elementos. Una Europa que no es capaz de abrirse a la dimensión trascendente de la vida es una Europa que corre el riesgo de perder lentamente la propia alma y también aquel ‘espíritu humanista’ que, sin embargo, ama y defiende”.

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