Los precursores de la violencia

Si tiene ocasión lea la entrevista en La Contra de la Vanguardia que Victor-M. Amela realiza a Jordi Albertí, investigador de la persecu…

Forum Libertas

Si tiene ocasión lea la entrevista en La Contra de la Vanguardia que Victor-M. Amela realiza a Jordi Albertí, investigador de la persecución religiosa durante la guerra civil (La Vanguardia, 18 de noviembre). Es una muestra clara de cómo la creación de un clima previo, el que dominó la ideología de la FAI, acabó en masacre religiosa.

Los siete mil eclesiásticos muertos en España representan el 14% de los cincuenta mil ciudadanos asesinados en el bando republicano. Es una proporción extraordinaria, pero más grave resulta todavía que la mayoría, 4.221, fueron liquidados en Cataluña a manos de la FAI principalmente, aunque no sólo de ellos. Socialistas y comunistas también colaboraron en una medida más reducida en esa espantosa tarea.

Muchos fueron muertos con ensañamiento, quemados vivos, los ojos arrancados, los testículos cortados. El patrimonio arquitectónico y artístico fue arrasado por las llamas, en un vandalismo absolutamente loco.
Para que todo esto se produjera es necesario subrayar la existencia del clima previo, de la demonización del otro, que pasa, en una primera fase, naturalmente incruenta, por negarle el derecho a discrepar.
Todo esto me venía a la cabeza cuando releía un artículo que recorté, también de La Vanguardia, del pasado domingo, de Toni Soler. Muchos se preguntarán ¿y quien es este señor? Pues es alguien muy importante en la comunicación de la cultura trivial de Cataluña. Tiene página fija en la Vanguardia a cuatro columnas, un programa de radio y su productora de Televisión tiene colocados tres programas cómicos de parodia, tres, en la parrilla de televisión de Cataluña. Es un hecho insólito esta concentración en manos de una sola persona. Pero esto es lo que hay.
Toni Soler en este artículo celebraba el cierre de las dos emisoras de la COPE en Lérida y Gerona. Considera que “esta emisora de la Conferencia Episcopal es un peligro público”, “que cerrarla no es censura a un medio crítico, sino sentido común y de la dignidad democrática ejercido por la mayoría”. Afirma: “en fin, hacer la puñeta a la compe no soluciona nada pero siempre es una alegría”.

Para quien se dedica a la comunicación es una curiosa interpretación de la libertad de expresión, donde el otro no tiene derecho a discrepar y la mayoría sí tiene el derecho a silenciar a las minorías. Comparto la idea de que dos de los programas de la COPE, el de la mañana y el de la noche, no responden al estilo de comunicar propio de una emisora cristiana y no tiene justificación bajo este punto de vista. Comunicar desde un juicio cristiano tiene sus exigencias que excluyen el todo vale.

Precisamente, con motivo de mi primera asistencia a la asamblea del Consejo Pontificio de Laicos, se me encargó elaborar una ponencia sobre la comunicación en el marco de la reflexión sobre Christifideles laici. Si le interesa puede leerlo en este ENLACE. Pero una cosa es estar disconforme con el estilo, con el sistema de valores que transmite, y otra cosa muy distinta es impedirle hablar.

Toni Soler defiende que se impida hablar en nombre de un respeto que además él no tiene cuando hace una parodia ridícula, impresentable, del Papa en uno de sus programas de televisión. Lo hace de manera regular. No tiene ningún parecido el personaje con Benedicto XVI, no es una caricatura, simplemente son ganas de joder la marrana, en el estilo propio –no se si es el caso- del resentido que fue a una escuela religiosa. Esta mezcla de intolerancia de negar la presencia social al otro, esta agresividad contra lo católico, forma parte del caldo de cultivo que permite, a partir de un nivel determinado, justificar el paso siguiente: la agresión y la violencia. Esto es un decir por qué sí.

Ahora mismo en Cataluña se ha destrozado un monumento de víctimas de la guerra civil que no es de la época franquista. Se trata de un símbolo recordatorio de una masacre religiosa que ha sido necesario esperar setenta y dos años para que pudiera levantarse, y que ha sido destruido al cabo de dos meses y medio. Se trata de un monumento en la población de Cervera en recuerdo de doce carmelitas asesinados el 28 de julio de 1936. Se trataba simplemente de una cruz, ahora destrozada, colocada sobre una lápida en la que figuraban los nombres de los religiosos asesinados. Fueron quemados y sus restos se esparcieron por la zona.

Han dejado un recuerdo, han pintado símbolos comunistas e independentistas. Quienes practican el jejeje, jijiji, en la televisión contra los católicos como hace Toni Soler, quienes niegan el derecho a hablar –aunque hablen mal, porque esto es, se supone, una democracia- facilitan la formación de condiciones objetivas para que algunos descerebrados apliquen la violencia. Es un clima que poco a poco va calando.

Una mujer, Avelina Torras, escribía este mismo domingo una carta, también en La Vanguardia, que decía “¿es quien la Iglesia para decir si esto o aquello está bien hecho o no?” En sus centros de reunión que digan y opinen lo que quieran pero, por favor, que dejen de opinar en otros ámbitos donde nadie les llama”. Es decir, la Iglesia, los católicos para esta mentalidad totalitaria sería el único grupo social que no podría hacer sentir su voz en la plaza pública, por el simple hecho de ser Iglesia.
Pero no se trata sólo de lo católico. El reciente reportaje del The Economist, sobre el maltrecho futuro que espera a la economía española, tenía unas páginas más bien tirando a desoladoras sobre Cataluña. La reacción del Gobierno ha sido impropia de quien respeta la libertad de expresión.
Otro dato, el 30 de septiembre pasado, centenares de personas llenaron el Aula Magna del Colegio de Abogados de Barcelona para escuchar a seis oradores, personas notorias y muy distintas entre ellas, de la sociedad civil, que difícilmente hubieran coincidido en un acto político, reunidos para pedir un sistema electoral que permita la elección directa de los diputados. Ni un solo medio de comunicación, ni tan siquiera los que tienen sección catalana pero se hacen en Madrid, se hizo eco de los sucedido. Es una campaña que ha de ser silenciada y se silencia.
Toni Soler y señoras como Avelina Torras, firmante de la carta de La Vanguardia, las hay en todas partes de España, que nadie se llame a engaño, -véase sino el caso de Sor Maravillas y el Congreso de los Diputados- pero sí hay una especificidad en el caso de Cataluña, que es la tremenda asfixia en el ámbito de la comunicación. Poco a poco todos los espacios se van cerrando y apenas quedan islas. Y esta asfixia lo contamina todo, incluidas las publicaciones que no se hacen en Cataluña pero que tienen redacciones ahí.

Cada vez es más difícil poder hablar con claridad y honestidad en el ámbito público y esto lo digo cuando en mi caso aún poseo, no sé por cuanto tiempo, una modesta pero real capacidad de presencia. Cuando a los diecisiete años empecé en la clandestinidad mi primera experiencia política, oponiéndome al franquismo en nombre de la democracia y Cataluña, nunca pensé que el horizonte podría convertirse en algo como lo que ahora estamos viviendo. No puede ser, vuelve a ser un deber el cambiarlo.

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