Los que reescriben la historia de Dios

El pensamiento totalitario es fácil identificarlo por unos rasgos comunes, por mucho que se enmascare. Uno de ellos es su voluntad de reescribir la hi…

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El pensamiento totalitario es fácil identificarlo por unos rasgos comunes, por mucho que se enmascare. Uno de ellos es su voluntad de reescribir la historia.

El pensamiento antirreligioso ha intentado, primero y desde el siglo XVIII negar la existencia de Jesucristo, pero el problema es que su figura ha persistido y ha crecido más allá incluso de la fe cristiana. Por eso optan por una segunda vía: reescribir su historia. Para ello aprovechan la atracción extraordinaria de su figura, los grandes medios de comunicación y el potencial de mercado.

El Código da Vinci es un ejemplo extraordinario en esta línea, jugando siempre con la confusión de una ficción que trataba una historia real, presentando a Jesucristo como un hombre escapado de la muerte, casado con María Magdalena y con una descendencia que duraría hasta nuestros días. Es decir, reducido a la figura de un hombre corriente y moliente.

La destrucción de la divinidad de Jesucristo es siempre una tarea recurrente. Los presuntos amores con María Magdalena carecen de todo fundamento histórico, pero no importa. Goebbels ya enseñó que la verdad no importa, solo la repetición del mensaje.

Después le ha tocado el turno a Judas. No puede haber un malo, incluso podría ser considerado un tic antijudío. Por eso Judas se transforma en manos de unos, como lanzó National Geographic, en el discípulo predilecto de Jesús, presentando como nuevo algo tan viejo como un planteamiento gnóstico del siglo IV.

U otra tesis escrita mano a mano por un anglicano y un salesiano -explosiva combinación- en la que presenta a Judas como una víctima de las circunstancias, un perseguido por los otros apóstoles, que denigraron deliberadamente su imagen.

Para darle más salsa, el salesiano, Francis J. Moloney, se carga, de paso, algunos milagros no sea que nos tomemos estos asuntos en serio, como el caminar sobre las aguas, o el primero de todos ellos, la transformación de agua en vino en las bodas de Caná.

Es curioso este afán “desmilagrificar” la persona de Jesucristo. Cuesta entender que si creemos en un Dios creador de algo tan inimaginable como el universo, que además mantiene una relación personal con cada uno de nosotros, tengamos reparos en manifestaciones menores, cuando además la vida del cristianismo dispone de suficientes hechos milagrosos como para constatar su existencia racional, pero no de tantos que se confunda la Fe con la magia.

Ahora le toca el turno a María. Ya no basta con cuestionar, como se hace desde el campo protestante, los atributos de su virginidad y su ascensión al cielo, que entra dentro de una lógica de la historia cristiana.

Se trata de ir mucho más allá. De reeditar este tremendo libelo que fue en su momento los antievangelios, elaborados por los judíos, para explicar que la Virgen como cuenta Baltasar Porcel en La Vanguardia “era una dudosa peluquera y San Pedro un estúpido” y “Jesús no resucita y su cadáver fue arrastrado, tirado de una pierna, por las sucias calles de Tiberíades hasta que Pilatos ordenó enterrarlo”.

Así promociona Baltasar Porcel, el novelista, a otro escritor, Manuel Forcano, que se dedica a recuperar el panfleto irreverente que los judíos produjeron, aquellos antievangelios, con la justificación de que fue la respuesta a las cruzadas. Es fantástico que los que reescriben la historia además quieran ser aplaudidos como justicieros cuando en realidad solo son manipuladores con ansias de ganar dinero.

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