Los sicarios del cielo, de Rodolfo Martínez

El título y la portada azul en la que se ven misteriosas siluetas con el Vaticano de fondo puede hacer pensar al comprador en una novela al estilo El …

El título y la portada azul en la que se ven misteriosas siluetas con el Vaticano de fondo puede hacer pensar al comprador en una novela al estilo El Código da Vinci, o incluso en un ensayo de conspiraciones vaticanas, que atiborran las librerías desde el 2003, mucho antes de la muerte de Juan Pablo II. Los primeros capítulos tienen cierto toque de novela conspirativa y policíaca, creación de ambiente a partir de un asesinato que desconcierta a la policía española. Pero pronto el lector va aceptando que está leyendo una obra de literatura fantástica, entremezclando elementos de diversos géneros.

 

No es El Código da Vinci ni Ángeles y Demonios. Para empezar, este libro está mejor escrito. El Vaticano y la Iglesia en sí no son apenas mencionados, y a Jesucristo sólo lo menciona una malvado torturador de un campo nazi, empeñado en acabar con los judíos por ser origen del cristianismo, en demostrar “que hemos eliminado de nuestra sangre y nuestra mente la mancha del carpintero”.

 

Sí hay una orden ultrasecreta de curas asesinos, el Brazo Ciego de la Iglesia, que ni siquiera conoce el Papa. Rodolfo Martínez no se ha inspirado en Dan Brown con su monje albino asesino del Opus. Los sicarios del cielo estaba prácticamente acabada ya en 1997, mucho antes del boom Da Vinci. Al lector le puede hacer pensar más bien en el thriller esotericoide La lápida templaria. Allí conspiraban los servicios secretos israelíes (el Mossad) y los del Vaticano (con sus pistolas y todo) y hasta los españoles buscando una lápida que había sido la Mesa de Salomón y que se encontraría en Jaén.

 

Aquí Rodolfo Martínez también recurre a  agentes del Mossad, liderados por Judith, una joven judía que no envejece desde sus años en los campos nazis. También están los curas asesinos. Y un equipo de japoneses, a mitad de camino entre ninjas,  yakuza y samuráis. Y la policía española, desbordada de cadáveres desmembrados. Y hasta una banda de macarras del capo criminal local, atrapados en una guerra que les sobrepasa.

 

Todos van contra Remiel, un hombre misterioso, en realidad un ángel. En la lucha entre el ángel Gabriel y el ángel Shamael, Remiel no tomó partido. Gabriel y su bando no soportan la postura “no alineada” de Remiel en la Tierra, viviendo corpóreamente como un hombre, y por eso, a golpe de visiones e indicios, han creado órdenes secretas de fanáticos seguidores –católicos, judíos o orientales- que persiguen a Remiel. Shamael vive en el infierno, que según él han creado los hombres mismos, y que cualquiera podría abandonar de quererlo realmente.

 

Shamael aparece como un amante del mundo material, del hombre, de lo físico. Gabriel y los suyos, como unos tiranos incapaces de comprender la maravilla de vivir físicamente (cuya mayor expresión es el sexo, por supuesto). ¿Y Dios? De Dios no se sabe nada: El Que no Tiene Nombre vive en un más allá que los ángeles intuyen pero no les habla, no les dice nada. Hizo el mundo y se desentendió. Gabriel dice seguir sus deseos, pero es evidente que no tiene comunicación con Él.

 

¿Qué podemos decir de los hombres? Lo cierto es que hay pocos hombres normales en este libro.

 

Hay hombres que simplemente no mueren, no envejecen, como Judith, no se nos acaba de explicar por qué.

 

Hay otros que una vez muertos se reencarnan. Remiel, como ángel, tampoco muere, se va reencontrando con las reencarnaciones de sus amigos y de su amante a medida que pasan los siglos, y les ayuda a recordar sus vidas pasadas. En este punto, el libro tiene algún sabor a Tiempos de arroz y sal, de Kim Stanley Robinson, si bien allí las reencarnaciones tenían cierto sentido de finalidad hacia la purificación, y aquí no hay finalidad. Ni sentido.

 

Los hombres inmortales lo son porque sí; ni su vida ni su no-muerte tienen sentido. Los que se reencarnan, viven la misma falta de sentido. Las motivaciones de los ángeles son arbitrarias y bastante faltas de consistencia interna. El único hombre “normal” de la historia, un policía, resulta a media novela estar sexualmente obsesionado con su compañera de comisaría y le pega un tiro a su mujer cuando le descubre viendo fotos de ella. 

 

Ni este personaje, arrastrado por una pasión absurda –más que trágica- ni todos los otros ángeles, reencarnados e inmortales que pululan por la historia tienen una motivación o sentido con los que pueda sentirse cercano el lector. Bueno, Remiel tiene un bar, lee libros y se acuesta con su amante policía varias veces. ¿Basta eso para acercárnoslo al lector? ¿Le llena? ¿Y es creíble? Cuesta seguir un libro en que, francamente, lo mismo da que maten o no a unos personajes tan ajenos.

 

Quizá vale la pena comentar algún aspecto teológico. Rodolfo Martínez explica que él quería mezclar varios géneros y ambientes empleando la “mitología cristiana”. Los ángeles rebeldes, como Shamael,  admirados amantes del mundo físico y el libre albedrío de los hombres, casan mal con la “mitología” cristiana. Son más bien mitología gnóstica.

 

En realidad, en la mitología cristiana los ángeles de Gabriel, Miguel, etc… son los buenos, porque obedecen a Dios y admiten adorar y servir a un Dios que se hace Hombre material, y a su Madre, que es una mujer perfectamente material. Y los malos son los que se rebelan ante la materia y lo humano. El autor podría haberse documentado leyendo el ameno y accesible manual de demonología del padre José Antonio Fortea, Daemoniacum. De allí tomamos un texto de Sor María de Ágreda que lo explica así:

 

“Cuando se les propuso a todos los ángeles que habían de obedecer al Verbo Humanado, se les puso otro tercero precepto, de que habían de tener juntamente por superiora a una mujer, en cuyas entrañas tomaría carne humana este Unigénito del Padre, y que esta mujer había de ser su Reina y de todas las criaturas. […] Lucifer y sus confederados, con este precepto y misterio, se levantaron a mayor soberbia y desvanecimiento, y con desordenado furor apeteció para sí la excelencia de ser cabeza de todo el linaje humano y órdenes angélicos y que si había de ser mediante la unión hipostática fuese con él”.

 

El resultado, literariamente hablando, es que si uno quiere escribir sobre ángeles y demonios con cierta “introspección psicológica”, debería plantearse en qué piensa un ángel o un demonio. En Daemoniacum el padre Fortea tiene toda una sección titulada “La psicología de los demonios”, en la que atiende preguntas como ¿en qué piensan los demonios?, ¿un demonio puede hacer algún acto bueno?, ¿existe el tiempo para los demonios?, ¿los demonios preferirían dejar de existir?, ¿puede experimentar el demonio algún placer?, ¿cabe una cierta libertad en los demonios para hacer más o menos mal?

 

El lector de género fantástico y de ciencia ficción, incluso si no es creyente (igual que si no es científico) quiere un poco de rigor en las ideas que lee, no sólo pluma elegante. A los que nos gustan estos géneros no nos molesta demasiado que a las preguntas anteriores se les den respuestas raras, pero pedimos que al menos se afronten algunas de ellas con cierta exigencia.

 

Y el factor central es, al fin y al cabo, Dios y Cristo. Si uno escribe sobre ángeles y demonios cristianos –y no tibetanos, por ejemplo- tiene que relacionarlos con Dios y Cristo. Así lo hizo C. S. Lewis en su Trilogía de Ransom (o Trilogía del Espacio), puesto que el sentido y propósito de estas criaturas (incluso en lo literario) radica en su relación con Dios. ¡No son decorativas, y Dios tampoco! Por supuesto, en las novelas de Lewis no aparecían Dios ni Cristo… pero sí ángeles que se relacionaban con ellos, los mencionaban, los referían. Un lector conoce a un personaje por sus interrelaciones. Sacando a Dios y a Cristo (Dios encarnado en la materia, el tiempo y el espacio) estas criaturas dejan de ser inteligibles, son arbitrarias, estilizaciones artísticas que no satisfacen al lector.

 

Cabe, en cualquier caso, agradecer los esfuerzos de la editorial Minotauro al apostar por el género fantástico español, en este caso con esta novela que ganó el Premio Minotauro 2005 (Rodolfo Martínez es un consumado ganador de premios UPC, Asturias, Ignotus… en este caso estaba en el jurado Fernando Savater, amante del género fantástico… y de darle caña al cristianismo).

 

Esta línea de oferta de género fantástico en Minotauro ha contado con recientes publicaciones de autores ya veteranos del género en España, como Juan Miguel Aguilera (Rihla), Elia Barceló (El contrincante), Rafael Marín (Elemental, querido Chaplin), Pedro Pablo García May (Demonios familiares) o León Arsenal (Máscaras de matar, premio Minotauro 2004). Lástima que en este caso, unas imágenes audaces no se hayan consolidado en una trama y personajes que nos parecen insuficientemente consistentes.

 

Los sicarios del cielo

Rodolfo Martínez

Minotauro. Colección HADES.

368 pág.

19 euros

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