Los silencios que matan

Matar a un hombre es matar a un hombre, no defender una doctrina", escribió el humanista y teólogo francés Sebastián …

Matar a un hombre es matar a un hombre, no defender una doctrina", escribió el humanista y teólogo francés Sebastián Castellion, en 1554. Castellion defendía la libertad de pensamiento del español Miguel Servet, condenado a instancias de Calvino por apartarse de la doctrina imperante en torno al dogma de la Trinidad.

Han pasado más de quinientos años y seguimos, en una parte del mundo, ignorando la sabia contundencia de Castellion.

Es cierto que estoy algo inmunizado contra la propaganda de quienes utilizan niños y mujeres como arma arrojadiza en los conflictos doctrinales, pero el asesinato a sangre fría de los niños de una escuela es algo que raya lo diabólico, es el mal personificado.

La cercanía o lejanía de una noticia no puede ser el elemento determinante de nuestra indignación. Ni la propaganda o la ausencia de la misma pueden ser los vectores de nuestra rebeldía. Vivimos en nuestro mundo, con nuestros pequeños dramas, con nuestra agenda miópica. Es humano, es lógico, lo sé, pero no por ello debemos dejar de interpelarnos y reaccionar de alguna manera.

Así somos los occidentales del siglo XXI: blandos, inmunes. Hemos olvidado, hemos renunciado a nuestro liderazgo. Somos herederos del único sistema que ha sido sinónimo de prosperidad, del único sistema que ha sido capaz de corregirse, de criticarse, hasta inculparse y que, por lo tanto, ha sabido evolucionar y conservar la esencia de lo que ha venido en llamarse el Humanismo Cristiano, o si esto nos acompleja, el Humanismo, a secas.

Hoy parece, sin embargo, que "la globalización" exige renunciar a nuestros códigos morales y ¿abrazar otros? ¿O son justamente nuestros códigos morales, la libertad individual, la tolerancia, los que nos llevan a renunciar a nuestra propia herencia moral a favor de… no sé bien qué?

De forma creciente, y ante un silencio inaudito y vergonzante, se incrementan las persecuciones contra los cristianos en el mundo. Diversas organizaciones estiman en cien millones el número de cristianos que están sometidos a presión y persecución por razón de su credo. La aparición del ISIS (Estado Islámico), grupo terrorista asentado en Iraq y Siria, ha generado un auténtico genocidio en esta región. El éxodo de miles de cristianos, a Jordania y otros países, no ha hecho más que precarizar la situación de miles de refugiados, asentados en campamentos.

En África la situación no es mucho mejor. Además de las barbaries en Nigeria del grupo terrorista Boko Haram, también en países como Somalia, Mali, Yemen, Eritrea, República Centroafricana o Egipto, los cristianos son perseguidos y denigrados. En Asia, la situación en Corea del Norte es dramática, y se estima que cerca de setenta mil cristianos están recluidos en campos de trabajo, condenados por practicar su fe.

Este es el dramático diagnóstico de millones de católicos, ortodoxos, protestantes, anglicanos, coptos, armenios, maronitas y un largo etcétera de seguidores de Cristo.

Quizás por ello, esta Navidad he vuelto los ojos a los orígenes del Humanismo, que encuentra sus raíces en Atenas, en Roma, en el judaísmo y por fin en el cristianismo, para apelar a la concienciación de este drama. No porque compartamos una fe, sino porque compartimos una cultura, mucho más allá de le fe de cada uno. Cultura que es sinónimo de libertad, de justicia, de respeto y de prosperidad. Cultura que es cimiento y origen de los Derechos Humanos, y que no podemos perder. Valores de ayer, que hoy perduran con la acumulación filosófica y teológica de veinte siglos acuñados en la vieja Europa.

Por eso hoy, cuando enfilo la calle Balmes, o atravieso la Diagonal o Aragón, o paseo de Gràcia, y veo nuestras calles bellamente iluminadas con miles de luces, me pregunto: ¿Dónde está nuestra cultura? ¿Dónde nuestras raíces? ¿Por qué hemos sucumbido y renunciado a nuestros símbolos? ¿Tan abominable nos resultaban aquellas luces con los pastores y los reyes, el asno y la mula, los ángeles o el belén? ¿O es que nuestro Humanismo Cristiano nos hace transversales hasta perder nuestra identidad? ¿Tan malos son nuestros recuerdos navideños?

No, señores. Respetar la diversidad: sí; la globalización de las ideas, también. Pero, por favor, no perdamos la cultura y la raíz de nuestros orígenes. Cada uno con su fe, no confundamos. No hablamos de culto, hablamos de cultura, y sin duda quiero que mis hijos y mis nietos sigan siendo parte de ella.

Borja García-Nieto Portabella

Presidente del Círculo Ecuestre

(Publicado en La Vanguardia el 5 de enero de 2015)

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