Los tiempos de hoy

Hace ya algunos años, incluso antes de que tuviese lugar la revolución sexual del mayo del 68, y con unas intencionalidades y caminos di…

Hace ya algunos años, incluso antes de que tuviese lugar la revolución sexual del mayo del 68, y con unas intencionalidades y caminos diferentes, se empezó a preparar la ideología de género, como concreción estructural de la sociedad y el estilo de vida que propugna el feminismo radical. Lautopía que persigueabandona definitivamente la defensa de la mujer para centrarse en la confección de un constructo social en el que se valora, y por lo tanto se defiende, todo aquello que sea del gusto y agrado del individuo, todo aquello que le pueda proporcionar delectación, buscando la inmediatez del placer superficial e instintivo, sin dejar ningún espacio para el desarrollo de las personas.

Fruto de esta superficialidad aparece la mentalidad blanda y sin exigencia, el hombre light, el trato seudorespetuoso que realmente ignora la persona, la transformación y utilización del lenguaje mediante la redefinición de términos con una semántica positiva por significados totalmente diferentes, incluso contrarios, de manera que cuando se utilicen uno se sienta llamado a aceptar en tanto que lo que se está colando es toda una realidad diseñada expresamente, sostenida desde unas palabras totalmente vacías de contenido, las cuales se refieren a aspectos completamente opuestos a los que etimológicamente querían expresar.

Con una estrategia muy bien pensada, definida, estructurada y planificada, la ideología de género empezó presentando la necesidad de respetar todo lo que los otros pudiesen desear hacer, y defendió la tolerancia (cuyo auténtico significado es soportar) como elemento por el cual se inutilizaba cualquier crítica que otros pudiesen hacer de aquello impropio y que no era nada más que desorden y, en muchos casos, falta de respeto hacia los demás… que lo debían tolerar. También supo hacer una exaltación de la necesidad de progresar y llamó progre a aquellos que no se oponían a nada nuevo que pudiese aparecer, menos aún si procedía del pensamiento único dictado por los dirigentes de la ideología, a pesar de que fuese contrario a la naturaleza humana, sus necesidades auténticas y al bien común… concepto, éste, que también ha sido substituido por el de interés general.
Es así como se ha dado pabilo a lo vulgar, lo prosaico, lo mediocre, lo chabacano, lo obsceno, la fealdad, el negro y la oscuridad presidiendo cualquier manifestación, lo estruendoso, la falta de armonía, lo disonante, la mentira,… en un intento igualador que pretende eliminar cualquier diferencia y que alguien pueda destacar en beneficio de los demás. Paradójicamente se detesta la belleza, la serenidad, la luz, lo sublime, la excelencia, la superación, el equilibrio,… siempre se impide el auténtico progreso de la persona y del bien común, cuestiones marcadas frecuentemente como posiciones conservadoras que obstaculizan el desarrollo de aquello que cada uno pueda desear de inmediato. Es evidente que en este contexto, lo que más estorba es, justamente, la existencia de criterios morales y aquellos que los preconizan, en concreto, la más señalada en este sentido, la Iglesia Católica.
En España, país en el que más lejos se ha llegado en el despliegue de la ideología de género, se han desarrollado todo un conjunto de leyes, de todos ya conocidas, que han desorientado y cambiado totalmente el funcionamiento de la sociedad, pero que introducen un concepto diferente de ser humano, considerado prácticamente sólo como un elemento de placer alejado de su propia naturaleza, en una pretensión de conseguir que no esté marcado por su sexo, buscando que nada de lo que pueda desear esté obstaculizado por la cuestión sexual. Se pretende, así, igualar a todos los individuos por encima de la apreciación biológica de su sexo. El sexo no existe, todo lo que se pueda decir referente a él está vinculado al aprendizaje manipulador que la sociedad ha aportado desde siempre, e incluso la cuestión de la procreación está superada por la aplicación de la técnica que permitirá llegar a la generación de seres humanos sin la participación del hombre y la mujer, con lo que éstos podrán, una vez desvinculada totalmente la generación (procreación), del sexo y del amor, dedicarse exclusivamente al placer obsesivo que pueda recibir de su cuerpo.
Quizás, una de las últimas herramientas que necesitan para bloquear, si es necesario eliminar, la presencia y la visión crítica de la Iglesia Católica, y de cualquier otra (obstáculos fundamentales para el desarrollo desenfrenado de este estilo existencial e inmediato), y de las aportaciones morales que éstas hacen, es la ley de culto que se está preparando en Cataluña. Si se observa bien, más allá de verla como una herramienta de ordenación (como si al espíritu se le pudiese ordenar materialmente) podemos ver que puede resultar una herramienta de control, de regulación y, cuando sea necesario, de eliminación de lugares de culto, de manera que la Iglesia podrá acabar siendo reducida a los espacios de la interioridad y la privacidad, alejando, así, la posibilidad de que sea un elemento de llamada pública al respeto a la naturaleza y las necesidades profundas del ser humano, y de la inclinación natural que éste tiene hacia la trascendentalidad y el encuentro con Dios.
Quizás necesitemos tomar conciencia de lo que está pasando, quizás sea necesario que los cristianos más preparados se pongan a trabajar para contrarrestar y parar esta locura que, más allá de ayudar a la persona a desarrollarse, evolucionando hacia la superación de ella misma de manera que cada vez pueda ser un ser más perfecto, la aliena totalmente en el plano sensual, sin dejarla llegar al intelectual y menos aún al espiritual. Quizás, también, será necesario que nos preparemos, a corto plazo, para saber vivir nuestra fe sin renunciar a ella i sabiéndola transmitir a aquellos que queremos, desde la vivencia profunda, coherente y testimonial, posiblemente en la clandestinidad de las catacumbas modernas de la privacidad, plenamente insertados en la realidad más concreta del carácter martirial que supone el seguimiento de Cristo.
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